sábado, junio 20, 2026

La espalda de los milagros / Rosario Segura

Fecha:

Machincuepas

Rosario Segura

Sábado 20 de junio de 2026

La espalda de los milagros

Así debieron llamar a doña Mercedes, porque sobre ella descansaban los sueños, las necesidades y los errores de toda una familia.

Doña Mercedes era de esas mujeres que nacieron para cargar. Cargó baldes con agua, cuando era muchacha, cargó hijos cuando se casó y terminó cargando nietos cuando los hijos se fueron buscando fortuna. Tenía los brazos fuertes para acunar chamacos, lavar ropa en la batea y esconder las lágrimas cuando nadie debía verlas.

Mientras la Clotilde aprendía a cruzar fronteras, doña Mercedes aprendió a estirar los días. Preparaba desayunos para una tropa de nietos siempre hambrientos, remendaba pantalones que parecían pelearse con los alambres de los cercos y por las noches hacía cuentas imposibles para que alcanzara el dinero que llegaba del norte.

Nunca se quejaba.

Si acaso suspiraba.

Las vecinas decían que tenía el corazón más grande que la casa donde vivía, y tal vez fuera cierto, porque en aquellos cuartos apretados siempre cabía un nieto más, una pena más o una esperanza más.

Cuando alguien le preguntaba si no le daba coraje que la Clotilde se hubiera ido dejándole toda la responsabilidad, doña Mercedes acomodaba el mandil y respondía:

—Más coraje me daría verla aquí batallando sin trabajo.

Y ahí terminaba la conversación.

Porque ella sabía algo que las demás apenas intuían: que a veces las mujeres no se van porque quieren irse, sino porque quedarse duele más.

Con los años, la espalda comenzó a cobrarle factura. Las rodillas crujían al levantarse y las manos se le fueron llenando de venas gruesas y nudillos torcidos. Pero nadie la escuchó decir que estaba cansada. Como si el cansancio fuera un lujo reservado para otras personas.

A veces despertaba antes que el sol y se quedaba unos minutos sentada al borde de la cama, viendo cómo la oscuridad se retiraba despacio por la ventana. Era el único momento del día que le pertenecía. Después venían los lonches, los uniformes, las mochilas olvidadas, los niños enfermos, las tareas escolares y las preocupaciones de todos los demás.

Porque doña Mercedes había terminado convirtiéndose en algo más que una madre.

Era abuela, cocinera, enfermera, consejera, niñera, maga, bruja y refugio.

Era la mujer a la que todos acudían cuando algo salía mal.

Y también la que se quedaba sola cuando todo volvía a estar en orden.

Había aprendido a medir el amor de una forma distinta. No por las palabras bonitas ni por los abrazos de ocasión, sino por los platos servidos, las noches sin dormir y los sacrificios que nadie anotaba en ninguna parte.

Por eso nunca pidió agradecimientos.

Tampoco los esperaba.

Le bastaba ver a sus hijos avanzar, aunque ese avance significara verla cada vez menos.

En el fondo, había aceptado una verdad silenciosa: que muchas mujeres de su generación fueron educadas para sostener el mundo de otros mientras el suyo quedaba pendiente.

Y sin embargo no guardaba rencor.

O al menos eso parecía.

Porque algunas noches, cuando los nietos por fin se dormían y la casa quedaba en silencio, se quedaba mirando una fotografía vieja donde aparecía joven, sonriente y llena de planes. Entonces una sombra breve le cruzaba los ojos, como quien recuerda una vida que pudo haber sido distinta.

Pero el momento duraba poco.

Al día siguiente volvía a levantarse antes que todos.

Volvía a preparar el desayuno, tostar el café y hacer las tortillas.

Volvía a echarse la familia a cuestas.

Con la misma resignación tranquila de los santos y la misma fortaleza silenciosa de las mujeres que nunca tuvieron permiso de pensar primero en ellas.

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