martes, mayo 26, 2026

El Mustafá / Rosario Segura

Fecha:

Machincuepas

Rosario Segura

Lunes 25 de mayo de 2026

El Mustafá

En mi casa siempre hubo más de un perro y un gato. A uno de los perros alguien lo bautizó con el rimbombante nombre de Mustafá, aunque siempre entendió por Musta. Era de los catalogados perros criollos, sin pedigrí, pero muy fiel con la familia.

Cuidaba la casa, a los chamacos o hasta las gallinas cuando se salían del corral y se metían en otro; entonces el Musta, con un ladrido amenazador, las correteaba hasta que volvían al redil. Después, satisfecho del deber cumplido, se recostaba bajo el naranjo y dormitaba esperando la siguiente tarea.

En una ocasión, extraño a su costumbre, el Musta no apareció en la cocina a la hora del desayuno como acostumbraba a hacerlo en cuanto escuchaba ruido de trastes o tal vez, el olor a café recién colado también lo despertaba y presuroso, se apersonaba para recibir su pedazo de tortilla habitual mientras esperaba las sobras que quedaban en los platos.

Pasó medio día y el perro no regresó.

Pasaron varios días y tampoco volvía. Mi madre, preocupada por su desaparición, salió a las casas aledañas a preguntar si lo habían visto, pero nadie supo darle una pista. Lo buscó junto con otros niños que se unieron a la tarea de dar con él, y es que el Musta no nada más cuidaba nuestra casa; hacía rondas por todo el vecindario anunciando con su ladrido cuando un extraño se aproximaba por la calle.

Él conocía a todos y todos lo conocían a él. Era tan dedicado a ser guardián que todos nos decíamos su dueño, pero no, el can era nuestro. Llegó a nuestra casa como llegan las nubes las tardes de agosto, sin hacer ruido, pero llenando el paisaje.

Después de varios días de no estar, llegó cansado y famélico.

Mi madre lo recibió con un banquete a base de pedacitos de tortilla revueltos con huevo, “periquitos” le llamaba, y siempre fue desayuno de domingo y también de regreso del Musta. Comió poco, sin tomarse la leche que formaba parte del menú ese día. No ladró ni correteó chamacos anunciando su presencia; en cambio se echó bajo el naranjo con la mirada cansada y una espesa baba blanca colgando de su hocico.

—Este perro está enyerbado —dijo mi nana—. Hay que darle sábila para que basquee y se alivie.

Se pusieron manos a la obra, pero ni siquiera pudieron acercarse. El Musta se había transformado. Toda la paciencia demostrada siempre se volvió una cólera temible. Como pudieron lo amarraron mientras el perro ladraba y se retorcía como nunca lo habíamos visto hacerlo.

Mi madre lloraba de impotencia mientras mi nana rezaba en voz baja buscando entre las yerbas del patio algo que pudiera aliviarlo. El Musta enseñaba los dientes, pero no como perro bravo, sino como animal asustado. Los ojos se le habían puesto vidriosos y desconocidos, como si ya no mirara a nadie de este mundo.

Una vecina llegó atraída por el escándalo y se quedó viendo desde lejos, llorando en silencio ver al animal en aquellas condiciones él siempre tan amigable.

—Capaz lo mordió un coyote —dijo quedito—. Ya ven que allá por el arroyo han salido unos con rabia. Se medio acercó al perro y este al tratar de morderla solo le dejó parte de la baba en su brazo.

Nadie dijo nada después de escuchar aquello.

En el pueblo todos sabían lo que significaba esa enfermedad. Se contaban historias de animales que se volvían locos, de vacas que mordían hasta los alambres y de gente que terminaba muriendo entre fiebres y espantos. Historias de esas que los niños escuchábamos creyendo que eran cuentos para asustar.

Pero aquella tarde el miedo estaba amarrado bajo nuestro naranjo.

El Musta jalaba la cuerda hasta lastimarse el pescuezo. A ratos gruñía hacia la calle vacía y otras veces se quedaba quieto, respirando rápido, con la lengua reseca colgándole de lado. Ya entrada la noche dejó de ladrar y eso nos asustó más.

Mi tata llegó cuando ya estaba oscuro. Desde la entrada se escuchaban los gemidos roncos del perro. Se acercó despacio y se quedó largo rato mirándolo sin decir palabra. El Musta levantó apenas la cabeza al sentirlo y quiso mover la cola, pero ya ni fuerzas tenía.

—Hay que matarlo —dijo mi tata al fin.

Nadie respondió.

Mi madre comenzó a llorar bajito para que nosotros no la escucháramos, aunque todos la escuchábamos. Mi nana se persignó varias veces y dijo que tal vez amanecía mejor, que a veces los animales se curaban solos.

Pero ni ella se creyó aquello.

Esa noche nadie cenó. La tristeza invadía a todos lo que queríamos al noble animal.

Y subía a la garganta al escuchar rechinar la cuerda contra el tronco del naranjo y de vez en cuando aquel aullido triste que enchinaba la piel. Ya no parecía el perro bravo que cuidaba casas ni el compañero de los chamacos; sonaba más bien como criatura perdida.

Al amanecer fui la primera en asomarme por la ventana.

Ahí seguía.

Tirado sobre la tierra húmeda, respirando apenas. La baba blanca le había manchado todo el hocico y las moscas comenzaban a rondarle las patas. Cuando escuchó movimiento levantó poquito la cabeza y por un instante volvió a ser el mismo Musta de siempre. Alcanzó a mover la cola despacito, queriendo saludarnos.

Eso fue lo más triste.

Porque todavía seguía siendo nuestro perro.

Mi tata decidido y en contra de todos sacó la escopeta después del desayuno. La limpió sentado a la mesa mientras nadie hablaba. Solo se escuchaba el roce del trapo contra el metal y, afuera, el jadeo cansado del Musta.

Yo nunca había odiado tanto una mañana.

Mi tata salió al patio despacio. Detrás de él fue mi madre llorando y mi nana rezando un rosario entre dientes. Los vecinos, que también querían al perro, miraban desde lejos sin animarse a acercarse mucho.

El Musta apenas levantó la vista cuando mi tata se le arrimó. Ya no gruñó. Ya no jaló la cuerda. Solo movió otra vez la cola, despacito, como si todavía creyera que iban a desamarrarlo para irse a rondar las calles y corretear gallinas.

Mi tata se quedó quieto un momento.

Después sonó el disparo.

Las gallinas se alborotaron por todo el patio y los pájaros salieron huyendo del naranjo. Mi madre se tapó la cara con el mandil. Mi nana siguió rezando. Y nosotros, los chamacos, entendimos ese día que también los perros buenos se mueren.

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