Machincuepas
Rosario Segura
Miércoles 4 de noviembre de 2026
La reconstrucción
La mañana después de la tormenta inició la reconstrucción.
No hubo una orden que dijera por dónde empezar. El pueblo parecía saberlo. Se formaron varios grupos y cada quien tomó el camino que podía, con lo que tenía y con lo que sabía hacer.
Unos salieron a buscar posibles víctimas. Fueron ellos quienes encontraron el cuerpo de Nachito, en un recodo del arroyo, entre el lodo y los restos que la corriente había ido dejando a su paso.
Otros comenzaron a recorrer las casas para ver qué podía rescatarse. Los que levantaban otra vez una pared de adobe, remendando donde antes había una pared. Los que sacaban de entre el lodo una olla, una cobija, una silla, cualquier cosa que fuera útil que aun pudiera tener un lugar en la vida de alguien.
Otra cuadrilla quitaba tierra de las puertas para poder abrirlas y otros eran quienes recogían las láminas que el agua había movido. Los hombres regresaban a reparar corrales, a revisar cercos, a levantar portones. Las mujeres volvían a entrar a las cocinas y, antes de pensar en cualquier otra cosa, buscaban la manera de encender otra vez la hornilla.
Y estaban también los que simplemente llegaban con una mano para ayudar.
No había mucho que decir. Después de una noche como aquella, cuando todavía había personas desaparecidas y familias que no sabían qué había sido de los suyos, bastaba con llegar y preguntar dónde hacía falta una mano.
Porque después de una desgracia así, a veces no hace falta preguntar de quién es la casa ni quién vive ahí. Se llega, se mira qué hace falta y se empieza.
La tormenta había arrasado Barrio Nuevo. Había dejado casas abiertas, corrales destruidos, caminos convertidos en arroyos y a varias familias buscando a los suyos.
Pero había hecho algo más.
Había borrado, aunque fuera por un momento, aquella frontera que durante tanto tiempo había separado a los fundadores del pueblo de los que había traído el tren; a los que nacimos y crecimos entre aquellas calles, de los que llegaban cada temporada siguiendo el trabajo del campo.
Esa mañana ya no importaba de qué lado se había nacido.
Los niños que asistíamos a la escuela buscábamos también entre el lodo, cargábamos lo que podíamos, mirábamos las casas de Barrio Nuevo y entendíamos, quizá por primera vez, que aquellos niños que vivían allí no eran tan distintos de nosotros.
Ellos sabían cosas que nosotros no.
Sabían mirar el sol para adivinar el tiempo, sentir el aire y reconocer cuándo venía la lluvia. Vigilaban los surcos y conocían la tierra como quien conoce el rostro de alguien querido. Sabían cuándo sembrar y cuándo esperar.
Nosotros sabíamos otras cosas.
Y aquella mañana, entre el lodo, empezamos a aprender unos de otros.
El pueblo volvió poco a poco a la vida después de aquella noche de tormenta.
Los niños volvimos a la escuela.
Volvimos a jugar cuando todavía quedaban charcos y el suelo se pegaba a los zapatos. Poco a poco regresaron los sonidos conocidos: alguna puerta que se abría, una gallina que reclamaba su lugar, los hombres hablando mientras reparaban un cerco, el golpe de una herramienta contra la madera.
La vida, como siempre, no pidió permiso para volver.
Y estaban también los que, como Manchas, encontraban una manera de sobrevivir cuando parecía que todo alrededor se había terminado.
Porque quizá eso era lo que aquella tormenta nos estaba enseñando.
Que el agua puede llevarse una pared, un techo, una silla, una cosecha. Puede borrar caminos y convertir una calle en arroyo.
Pero hay cosas que no se lleva.
Quedan las manos.
Quedan los brazos.
Quedan quienes regresan.
Quedan quienes levantan lo que cayó, quienes encienden de nuevo una hornilla, quienes comparten una cobija, quienes buscan a otro entre el lodo y quienes llegan sin que nadie los llame.
La lluvia había dejado a Barrio Nuevo casi desnudo.
Pero todavía quedaba el pueblo.
Y mientras hubiera manos dispuestas a levantarlo, brazos para sostenerlo y ganas de volver a empezar, aquello no era el final. Era apenas el principio de volver a casa.
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