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Machincuepas

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La que no se amarra / Rosario Segura

En el pueblo le decían simplemente así: la que no se amarra. Y con eso bastaba. No hacía falta nombre completo ni explicaciones, porque todos sabían de quién hablaban cuando la veían pasar, con su paso firme y esa forma suya de mirar como si el mundo no tuviera dueño.

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La Angelina de Miguel / Rosario Segura

La Angelina no lloró el día que salió de la casa de la Carmen de Pablito, su madre. Nadie lo notó, pero tampoco hubiera importado. Ella nunca había hecho ruido para nada. Ni al nacer, ni al crecer, ni al irse.

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La Carmen de Pablito / Rosario Segura

En mi pueblo donde el polvo se levantaba antes que el sol y las esperanzas llegaban siempre tarde, otra vecina era la Carmen de Pablito. Así la conocían todos, por la herencia que le dejó su difunto marido y ya saben las mujeres hasta hace poco necesitaban colgarse de un nombre para existir.

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Leche gourmet con toque secreto / Rosario Segura

Y ni doña Pomposa sabía que aquella mañana el ingrediente estrella no venía de la cocina… sino de la milpa. En el pueblo, de esos donde el chisme llega antes que el sol, vivían doña Pomposa y don Manuel, vecinos de toda la vida y más firmes que promesa de borracho… pero estos sí cumplían.

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La luz que no era eléctrica / Rosario Segura

Dicen que cada día tiene su modo, como gallina que ya sabe dónde poner el huevo. Los sábados son de escoba en mano y trapo al hombro, de sacudir lo que se dejó “al ratito” entre semana. Pero el domingo… ah, el domingo es otra cosa.

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La casa que parió a la Lola / Rosario Segura

La María siempre fue costurera y soltera, como si ambas cosas se las hubieran cosido al cuerpo desde joven. Vivía en la casa heredada de sus padres con su hermana menor, Lola, a quien el pueblo llamaba Lola la loca con esa crueldad mansa que tienen los nombres repetidos.

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Vidas a Medio Remiendo / Rosario Segura

En mi pueblo, donde las calles se vuelven ríos de polvo en marzo y zoquetales en agosto, llegó un día una mujer que caminaba como quien arrastra toda una vida sobre los hombros. Era Doña Nachita, aunque nadie la llamó así al principio.

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La misma historia versión 2.0 / Rosario Segura

Ella estaba de pie, recargada en la pared exterior de una de las salidas del centro comercial, justo donde el viento pega como si cobrara renta. Se veía cansada, pero firme, como quien ya se acostumbró a esperar en ese mismo pedazo de sombra que nunca alcanza a cubrir nada.

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La complicidad del silencio / Rosario Segura

Una historia de infancia marcada por lo que se dijo y por lo que nunca se atrevió a nombrarse. La conocí desde chica, éramos de la misma edad y el corral de su casa colindaba con el corral de las vacas y las gallinas de la casa de mi nana.

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Copechis y estrellas / Rosario Segura

Las noches con el cielo limpio y estrellado siempre fueron mis favoritas, especialmente aquellas de mi infancia, cuando —como ya les he contado— no me gustaba dormir o, mejor dicho, no sabía cómo entregarme al sueño sin pelearlo primero.