Machincuepas
Rosario Segura
Viernes 16 de octubre de 2026
Cuando el cielo se rompió
La mañana se sentía pesada, bochornosa.
Desde muy temprano comenzaron a aparecer las primeras nubes.
Primero fueron unas cuantas nubes blancas, redondas, quietas, que parecían no tener ninguna prisa. Después comenzaron a juntarse, a crecer, a engordar sobre nuestras cabezas hasta volverse oscuras y pesadas.
No era extraño. Agosto era así.
Pero también era preocupante.
El pueblo entero sabía que aquel mes podía pasar del calor infernal, ese con el que nos regalaba los largos días de vacaciones escolares y los juegos bajo el sol abrasador, a los chubascos y tormentas que, por las tardes, por las noches y, algunas veces, durante días enteros, ponían en peligro las siembras y la tranquilidad de las familias.
Por eso, desde que las primeras hornillas comenzaron a encenderse para preparar el café de la mañana, nadie pudo dejar de mirar hacia el cielo y sentir la amenaza que aquellas nubes traían consigo.
Nadie podía imaginar que mientras el pueblo se preparaba para comenzar sus labores y el Barrio Nuevo despertaba entre el monte, el cielo estaba preparando algo.
Para cuando alguien dijo que aquella tarde iba a llover, el cielo ya parecía saberlo desde mucho antes.
Nadie, sin embargo, imaginó cuánto.
Al mediodía, las nubes ya eran gordas, oscuras, panzonas y amenazantes.
Los adultos miraban hacia arriba y decían:
—Ya casi va a llover.
Y algunos, antes de volver a sus quehaceres, se persignaban.
Los niños, en cambio, esperábamos la lluvia como quien espera el comienzo de un juego. Para nosotros significaba brincar en los charcos y, cuando los arroyos bajaran un poco su nivel, correr a bañarnos en ellos.
Las mujeres corrían a recoger la ropa, asegurar ventanas, meter animales y amarrar trapos rojos en los árboles, como amuletos contra los fuertes vientos que solían arrancar ramas y tumbar los tallos nuevos.
En el Barrio Nuevo, donde las casas eran más frágiles y las pertenencias podían contarse con los dedos de una mano, la preocupación comenzaba mucho antes.
Era una preocupación con tintes de resignación.
Primero había que cumplir con la chamba en las milpas, proteger la siembra para que la tormenta no la maltratara. Lo demás podía esperar.
Así que mientras unos guarecían la cosecha, las casas y las pocas pertenencias quedaban encomendadas a Dios.
Protegiendo esto, encargando aquello y dejando lo demás a la suerte, el día fue haciéndose tarde al mismo tiempo que el cielo se oscurecía.
Una ligera ventisca comenzó a recorrer el pueblo.
Era el aviso.
De un momento a otro, el cielo se reventaría con la crueldad de un diluvio.
Y así fue.
Después del aire, que golpeaba las paredes como si quisiera arrancarlas de sus cimientos, llegaron las primeras gotas. Pesadas, frías, furiosas, como pequeñas pedradas.
No respetaron los moños rojos de los frutales ni los ruegos de nadie.
Poco a poco, los duraznos, las granadas y los limones comenzaron a desprenderse de las ramas y a flotar en el agua que se acumulaba bajo la fronda de los árboles.
Después vino un ruido profundo, parecido a un quejido surgido de las mismas entrañas de la tierra.
Los arroyos despertaron.
Y despertaron bravos.
El agua comenzó a correr con una fuerza desconocida, arrastrando gallinas, perros, ramas, animales y todo cuanto encontraba a su paso.
Manuel apenas pudo llegar a su casa en el Barrio Nuevo.
El patrón, viendo que la tormenta no daba tregua, les había dado permiso para retirarse.
Cuando estuvo cerca, alcanzó a ver a Esperanza, su esposa, y a Tere, la hija mayor, de apenas siete años, afanadas tratando de meter las pocas gallinas que tenían y que representaban una parte importante del sustento familiar.
Apresuró el paso.
Luchando contra el viento y el agua llegó hasta ellas y, entre aguaceros y truenos, los tres hicieron lo posible por poner a buen recaudo lo que pudieron.
Pero aquella tormenta no parecía tener intención de detenerse.
La oscuridad de la tarde se confundió con la noche y, poco a poco, el agua comenzó a entrar a la casa.
Primero fue un hilo.
Después un pequeño cauce.
Luego una corriente que atravesaba de puerta a puerta como un animal enfurecido.
Las pocas pertenencias de la familia comenzaron a flotar buscando una salida.
Una silla.
Una cubeta.
Unos trapos.
Una olla.
Todo parecía tener vida propia sobre aquella corriente oscura que iba ganando terreno.
Manchas, el gato de Tere, maullaba desesperado mientras trataba de mantenerse a salvo.
Tere lo escuchó.
Había pasado un buen rato encaramada en la cama junto a sus hermanos, a quienes su madre había subido allí para alejarlos del agua.
Pero al escuchar los maullidos de Manchas, no pensó.
Brincó de la cama.
—¡Tere! —gritó Esperanza.
La niña ya estaba dentro del agua.
Estiró los brazos para alcanzar al gato.
Afuera, la lluvia golpeaba el techo con tanta fuerza que apenas podían escucharse entre ellos.
Manchas se movió.
Tere como pudo y luchando con las cosas que flotaba, avanzó otro paso.
Entonces una corriente más fuerte entró por la puerta.
La niña perdió el equilibrio.
Esperanza gritó.
Manuel se lanzó hacia ella, pero el agua ya había hecho su voluntad.
En medio de la oscuridad, los maullidos de Manchas comenzaron a escucharse cada vez más lejos.
Después se perdieron los gritos de Tere.
Y por unos segundos que parecieron eternos, dentro de aquella casa solo quedaron el estruendo de la lluvia, el rugido del agua y los gritos desesperados de sus padres.
El Barrio Nuevo había dejado de ser un barrio.
Era apenas un puñado de casas perdidas en medio del diluvio.
