martes, septiembre 1, 2026

El día del presidente / Feliciano J. Espriella

Fecha:

Olor a dinero

Por: Feliciano J. Espriella

Martes 1 de septiembre de 2026

El día del presidente

Sumario:

Hubo un tiempo en que cada 1 de septiembre México prácticamente se detenía. Era el Día del Presidente: discursos interminables, aplausos, besamanos y culto al poder. Pero también era una jornada esperada con nerviosismo: desde aquella tribuna podían anunciarse decisiones capaces de cambiarle la vida al país.

Hubo un tiempo en México en que el 1 de septiembre no era simplemente una fecha en el calendario político. Era EL DÍA DEL PRESIDENTE.

Y así, con mayúsculas.

Era día de descanso obligatorio y el país prácticamente se detenía. Millones de mexicanos aguardaban la jornada con una curiosa mezcla de expectación, curiosidad, nerviosismo y, en ocasiones, hasta temor.

Porque aquel día hablaba el Presidente de la República.

Y cuando hablaba el Presidente, México escuchaba.

La radio y la televisión se encadenaban durante horas; se suspendían actividades y la jornada adquiría características de ceremonia nacional. El mandatario recorría las calles rumbo al recinto legislativo y alrededor de su figura se desplegaba toda la parafernalia del presidencialismo mexicano.

Hoy puede resultar difícil imaginar hasta dónde llegaba aquella liturgia.

Los informes podían prolongarse durante horas. Luis Echeverría convirtió algunos en verdaderas pruebas de resistencia física, con discursos que llegaron a superar las cinco horas y un interminable desfile de vasos de agua sobre la tribuna.

Cada determinado número de párrafos aparecía el aplauso.

Y otra vez.

Y otra.

Diputados y senadores de la mayoría oficialista parecían competir por demostrar quién celebraba con mayor entusiasmo las palabras del mandatario.

Después venía la respuesta del Congreso, durante décadas generalmente respetuosa hasta la obsecuencia. Y posteriormente comenzaba otro espectáculo: el besamanos.

Políticos, gobernadores, empresarios, dirigentes sindicales y representantes de prácticamente todos los sectores formaban kilométricas filas para acercarse unos segundos al hombre que concentraba un poder que hoy resulta difícil dimensionar.

Pero el Día del Presidente no era solamente boato.

También podía provocar miedo.

Porque desde aquella tribuna podían anunciarse decisiones capaces de modificar de golpe la economía y, con ella, la vida de millones de mexicanos.

Uno de los ejemplos más dramáticos ocurrió en 1976.

Durante 22 años el peso había mantenido una paridad prácticamente sagrada de 12.50 por dólar. Era mucho más que un tipo de cambio: se había convertido en símbolo de estabilidad y orgullo económico nacional.

El 31 de agosto, unas horas antes del último informe de Echeverría, el gobierno anunció que abandonaba aquella paridad y colocaba al peso en “flotación”.

La palabra devaluación era demasiado desagradable.

El resultado no.

La moneda pasó rápidamente de 12.50 a alrededor de 20 y posteriormente 22 pesos por dólar. Se desataron compras de pánico y millones de mexicanos descubrieron brutalmente que sus pesos podían perder valor de la noche a la mañana.

Pero si algún Día del Presidente alcanzó dimensiones de tragedia económica fue el 1 de septiembre de 1982.

José López Portillo llegó a su Sexto Informe con el país sumergido en una crisis de deuda, fuga de capitales y fuertes devaluaciones.

Y soltó la bomba.

Anunció el control generalizado de cambios y la nacionalización de la banca privada.

Fue además uno de los momentos más teatrales del presidencialismo mexicano. López Portillo golpeó la tribuna, denunció el saqueo del país y terminó llorando al pedir perdón a los pobres por no haber logrado sacarlos de su miseria.

Aquella ceremonia que pretendía mostrar la fortaleza del Presidente terminó exhibiendo la magnitud del desastre.

Los tiempos, afortunadamente, comenzaron a cambiar.

En 1988 ocurrió algo que pocos años antes habría parecido sacrilegio: Porfirio Muñoz Ledo interrumpió el último informe de Miguel de la Madrid y pidió públicamente interpelarlo.

El recinto estalló.

Los priistas le gritaron “¡traidor!” y el solemne ritual presidencial comenzó a resquebrajarse.

Después vendrían las protestas contra Carlos Salinas, las pancartas, los legisladores dando la espalda y hasta Marco Rascón colocándose una máscara de cerdo durante un informe de Ernesto Zedillo.

El presidencialismo ya no podía mantener intacta su escenografía.

En 1997 el PRI perdió la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados y ocurrió algo todavía más simbólico: Muñoz Ledo, ahora como presidente de la Cámara, respondió el informe de Zedillo desde la oposición y le recordó que gobernar también significaba escuchar.

El viejo Día del Presidente agonizaba.

Fox ya no pudo siquiera subir a la tribuna en 2006; Calderón entregó su informe en 2007 entre protestas y, finalmente, la reforma constitucional de 2008 eliminó la obligación presidencial de acudir al Congreso.

México ganó pluralidad y el Presidente dejó de ser aquel personaje casi omnipotente ante quien se inclinaba buena parte del sistema político.

Pero quienes vivimos aquellos años difícilmente olvidamos los primeros de septiembre.

Era día feriado.

México descansaba.

El único que no descansaba era el presidencialismo. Ese día se vestía de gala para recordarnos quién mandaba.

Por hoy fue todo. Gracias por su tolerancia y hasta la próxima.

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