lunes, agosto 31, 2026

La cueva del arroyo / Rosario Segura

Fecha:

Machincuepas

Rosario Segura

Lunes 31 de agosto de 2026

La cueva del arroyo

Las otrora bulliciosas tardes y noches del pueblo, cuando la muchachada corría de un lado a otro jugando a las escondidas, al bote robado o simplemente por el gusto de desfogar energías, desaparecieron de un día para otro.

Las madres dejaron de sacar las sillas a la banqueta para platicar mientras vigilaban a los hijos. Las risas infantiles fueron sustituidas por murmullos y puertas cerradas.

Todo comenzó cuando los rancheros empezaron a bajar con noticias cada vez más inquietantes. En los ranchos cercanos aparecían vacas, caballos, gallinas y hasta perros despescuezados, con las tripas de fuera cuando el cuerpo aún estaba completo; porque otras veces de ellos no quedaba más que un enorme charco de sangre y algunos restos esparcidos, como si la tierra misma se los hubiera querido tragar.

El miedo se fue instalando poco a poco en el pueblo.

Así que, en cuanto pardeaba la tarde y se servía la última taza de café del día, puertas y ventanas se atrancaban por dentro. La mesa que momentos antes había reunido a la familia para la cena se convertía en mesa de juegos.

Uno a uno desfilaban los personajes de la lotería para jugar a carta llena, esquina o chorrito. Los hombres se entretenían con el dominó o las cartas, mientras las mujeres, aferradas al rosario, rezaban letanías con toda la fuerza de sus pulmones.

Le pedían lo mismo a la Puerta del Cielo que al Manto Sagrado que protegieran las casas y cobijaran a las familias para que aquel ser antinatural no descendiera hasta el pueblo.

Decían que era una bestia de cuatro patas, alada y con ojos de fuego.

Por los ranchos de arriba ya la habían visto. A Luis Fontes le había devorado cuatro vacas y tres becerros. En otros lugares, las gallinas y los perros parecían ser su festín favorito. Hubo incluso quien juró haberla visto despedazar a un hombre mientras sujetaba un cerdo entre sus garras. Todo eso había ocurrido apenas a unas cuantas leguas del pueblo.

El miedo llegó a ser tan grande que el cine, recién inaugurado, canceló las funciones vespertinas y nocturnas. Para no perder clientes decidió proyectar las películas a media mañana. Aunque la claridad del sol se colaba por todos lados e impedía distinguir con nitidez los rostros de los artistas, la gente seguía llenando las bancas.

—Un descanso —decían los señores.

Mientras tanto, sus esposas adelantaban toda la faena de la casa para que, llegada la noche, no tuvieran otra preocupación que vigilar a los chamacos y esconderlos bajo la falda si era necesario.

La onza, porque así dijeron que se llamaba aquel animal del averno, apareció una noche sin anunciarse.

Al día siguiente mi nana juró haberla visto desde la ventana de la cocina, la que daba hacia el arroyo. Ahí, entre los mezquites y las chicuras, los matorrales formaban una especie de cueva donde los niños acostumbrábamos a escondernos cuando jugábamos a las escondidas.

En realidad, no era una cueva. Eran ramas dobladas y entrelazadas que dejaban un hueco amplio, fresco y seguro. Para nosotros era el escondite perfecto; para mi nana, desde aquella noche, era el refugio de la onza.

Los hombres del pueblo, armados con picos, palas y rastrillos, vencieron el miedo y entraron a revisar el matorral. Buscaron durante horas sin encontrar una sola huella.

Pero mi nana seguía jurando que todas las noches, desde aquel escondite, salía una figura completamente blanca con los ojos encendidos como brasas y que, mientras avanzaba hacia la calle, unas veces parecía medir apenas lo de un hombre y otras alcanzaba la altura de un mezquite.

Mi nana era mujer de armas tomar.

No estaba dispuesta a permitir que un animal del demonio acabara con las reuniones de las señoras, que ya no podían juntarse por las noches para rezar el rosario mientras bordaban y tomaban café.

Sin decirle nada a nadie —eso lo supimos muchos años después— decidió enfrentar ella sola a la famosa onza.

Una noche se escondió bajo otro matorral cercano. Se sentó en cuclillas dentro de un círculo de sal. Llevaba un rosario colgado al cuello, una botella de agua bendita y una bolsa con los cuetes que habían sobrado de alguna fiesta patriótica.

Mientras rezaba en voz baja permanecía atenta a cualquier ruido.

No tuvo que esperar mucho.

Las campanas de la iglesia tocaron anunciando la bendición de la noche. Como obedeciendo una orden silenciosa, el pueblo entero se encerró a cal y canto. Las calles quedaron vacías.

Mi nana apretó con fuerza el rosario. La botella de agua bendita estaba lista en su mano.

Todavía no terminaba el cuarto misterio cuando las ramas comenzaron a moverse.

Del otro lado del arroyo apareció una figura blanca.

Sus ojos parecían dos brasas encendidas.

Conforme avanzaba, crecía.

Cada paso la hacía más alta.

Cada sombra la volvía más monstruosa.

Sin pensarlo dos veces, mi nana se encomendó a todos los santos, cerró los ojos y lanzó con todas sus fuerzas el agua bendita.

Entonces escuchó un grito.

No era un grito del otro mundo.

Era perfectamente humano.

—¡María!… ¡Soy yo!

Después de aquella noche la criatura dejó de aparecer por la cueva del arroyo.

Las noticias de la onza continuaron llegando, pero siempre desde ranchos cada vez más lejanos.

Las tardes recuperaron poco a poco su alegría. Los niños volvimos a correr por las calles y las señoras otra vez sacaron las sillas para platicar mientras tomaban café.

Fue entonces cuando mi nana contó lo que realmente había sucedido.

El supuesto monstruo era un hombre casado del pueblo que aprovechaba el miedo para encontrarse con su “movida”. Seguro de que nadie saldría de casa, se cubría con una sábana blanca y, ayudándose con una escoba, levantaba y bajaba la tela para aparentar que aquella figura espectral crecía y encogía entre los matorrales.

Nunca supimos si la verdadera onza existió.

Lo que sí aprendimos fue que el miedo es capaz de agrandar cualquier sombra… y que, muchas veces, los monstruos más temidos no vienen del monte, sino del corazón de los hombres.

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