Machincuepas
Rosario Segura
Jueves 16 de julio de 2026
Las suelas ajenas
Otra de las mujeres que vivían y convivían en la calle Rosales era mi madre. Trabajadora y generosa, siempre tenía una palabra amable para las vecinas, un taco y un vaso de agua para los “trampitas” que bajaban del tren con la única esperanza de hacer una pausa en su viaje hacia Estados Unidos, montados sobre el lomo de La Bestia, aquel viejo tren de carga que todas las tardes cruzaba el pueblo.
Desde antes de que despuntara el día, para ganarle al sol, mi madre, ya con el delantal puesto, se adueñaba del lavadero. Después tostaba el café y echaba a mano las tortillas. Para cuando los demás abríamos los ojos, la casa ya iba a medio hacerse y el desayuno esperaba humeante sobre la mesa.
A media mañana se regalaba un respiro. Entonces llegaba la Guillermina, su mejor amiga, y entre taza y taza de café —porque siempre parecía ser la enésima del día— hablaban de lo que faltaba por hacer: la comida, los pendientes, la posibilidad de escaparse al cine por la noche o las noticias que llegaban desde Mexicali junto con las cartas y los encargos de sus hermanos.
Más que amigas, eran confidentes; casi hermanas. Mi madre era algunos años mayor, pero la diferencia de edad nunca fue obstáculo para acompañarse en las buenas y en las malas. Se tenían tanta confianza que, cuando una salía de viaje, la otra se hacía cargo de la casa, de las plantas y hasta de las mascotas.
A mi madre le gustaba viajar. Ahorraba cuanto podía y, en cuanto llegaban las vacaciones, hacíamos la maleta para salir del pueblo. La Guillermina, en cambio, viajaba poco. Entre las muchas particularidades que tenía, había una que de niña siempre me llamó la atención: sus pies.
Sufría de juanetes desde muy joven. Aquellos huesitos rebeldes que sobresalían a los costados se le inflamaban cuando caminaba mucho o permanecía demasiado tiempo de pie, y le hacían la vida imposible cada vez que estrenaba zapatos.
Pero si algo tenía la Guillermina, además de aquellos juanetes tercos, era buen gusto. Siempre vestía un poco mejor que la mayoría de las vecinas de la calle Rosales y, cada cierto tiempo, sus hermanos le enviaban desde Mexicali un par de zapatos nuevos.
Los zapatos llegaban envueltos en papel de estraza, todavía oliendo a tienda. Eran de piel suave; algunos llevaban un pequeño tacón y otros tenían colores que rara vez se veían en el pueblo.
Pero había un problema.
La Guillermina no podía estrenarlos.
Al menos no de inmediato.
Antes tenían que pasar por las manos —o mejor dicho, por los pies— de mi madre.
Aquello se convirtió en una costumbre tan natural que a nadie le extrañaba y menos la cuestionaba.
Cuando llegaba un par nuevo, la Guillermina cruzaba la calle con la caja bajo el brazo y se plantaba en la puerta de nuestra casa.
—Chata, ¿me pisa estos zapatos?
Mi madre sonreía porque ya sabía de qué se trataba.
Recibía los zapatos como quien recibe un encargo importante. Durante varios días los usaba para barrer el patio, ir a la tienda, visitar alguna vecina o simplemente andar por la casa. Los caminaba, los doblaba apenas lo necesario, los iba amansando con paciencia hasta que el cuero cedía y aprendía la forma del pie.
A veces ese proceso duraba meses.
Mientras tanto, la Guillermina esperaba.
De vez en cuando preguntaba:
—¿Cómo van mis zapatos?
Y mi madre respondía:
—Ya casi están listos.
Como si entre las dos estuvieran criando una criatura.
Cuando por fin consideraba cumplida la tarea, mi madre cruzaba la calle y le devolvía el par.
La Guillermina los recibía con una mezcla de agradecimiento y esperanza.
Se los probaba.
Daba unos pasos.
Movía los dedos.
Y casi siempre terminaba sonriendo.
—Ahora sí.
Aquellos zapatos ya estaban domados.
Con los años entendí que no cualquiera le confía a otra persona unos zapatos recién comprados. Menos en un tiempo en que las cosas costaban tanto conseguirlas y duraban lo que uno fuera capaz de cuidarlas.
Pero así eran las mujeres de la calle Rosales.
Compartían recetas, remedios, preocupaciones, hijos ajenos, penas propias y, por lo visto, hasta los zapatos.
Con el tiempo comprendí que aquellas mujeres hacían algo más que prestarse las cosas: caminaban unas por otras cuando el camino se volvía difícil.
Mi madre gastó más las suelas de los zapatos ajenos que las de los suyos. Los propios apenas iban del ropero a la iglesia los domingos; los de la Guillermina, en cambio, tenían primero que aprender el oficio de ser zapatos. Y para eso estaba ella, caminándolos con la paciencia con que se ayuda a quien se quiere, hasta que dejaran de pelear con los juanetes y empezaran, por fin, a acompañar los pasos de su dueña.
