Olor a dinero
Por: Feliciano J. Espriella
Lunes 13 de julio de 2026
La otra versión de Fernando Rojo de la Vega
El pasado 11 de mayo publiqué en este mismo espacio una columna titulada Hermosillo no está para curvas de aprendizaje. En ella escribí una frase que generó diversas reacciones: “Cuando alguien llega a una posición de poder relevante por situaciones al margen de sus resultados personales o de una trayectoria lógica, no es otra cosa que un accidente. Y es lo que, desde mi perspectiva, le sucedería a Hermosillo si Fernando Rojo de la Vega lograra sus propósitos de gobernar la capital de Sonora.”
Días después, uno de sus colaboradores me buscó para invitarme a conversar con el secretario. En ese momento me encontraba fuera del país y la reunión tuvo que posponerse hasta el pasado 3 de julio, cuando finalmente nos encontramos en sus oficinas de la Secretaría del Bienestar.
La reunión nunca fue planteada como un ejercicio formal de derecho de réplica. Sin embargo, después de escuchar sus argumentos y conocer con mayor detalle su trayectoria, consideré que era justo presentar a los lectores la otra versión.
El trabajo del periodismo no consiste únicamente en cuestionar a los personajes públicos, sino también en escuchar cuando existen elementos que enriquecen el análisis. Esa conversación me permitió conocer aspectos que no había considerado cuando escribí mi columna de mayo.
Uno de los principales señalamientos que se hacen alrededor de Fernando Rojo de la Vega es que su crecimiento político obedece principalmente a la amistad que mantiene con el hijo del gobernador Alfonso Durazo. Él no niega esa relación; por el contrario, la reconoce abiertamente. Lo que rechaza es que ésa sea la explicación de su trayectoria.
Su argumento es sencillo: si todo dependiera de esa cercanía, habría ocupado cargos relevantes desde hace varios años. En cambio, asegura que comenzó como brigadista en 2017, posteriormente fue subcoordinador de estructura en el proceso electoral de 2021 y afirma que su responsabilidad actual deriva del trabajo realizado durante la campaña presidencial de Claudia Sheinbaum en Sonora.
Otro aspecto que llamó mi atención fue su visión sobre la administración pública. Proveniente de la iniciativa privada, sostiene que el gobierno debe operar bajo criterios de eficiencia y evaluación permanente, utilizando indicadores de desempeño para medir resultados y no solamente buenas intenciones.
Para ilustrarlo utiliza una analogía interesante. Dice que muchos gobiernos se limitan a tapar baches cuando el verdadero problema está debajo del pavimento, en tuberías deterioradas que tarde o temprano volverán a provocar el mismo daño. Lo mismo ocurre con el agua: de poco sirve buscar nuevas fuentes de abastecimiento si antes no se corrigen las fugas que desperdician cerca de la mitad del líquido distribuido.
Rojo de la Vega también sostiene que su paso por la administración pública puede medirse con datos verificables. Afirma no tener observaciones administrativas, fiscales o de infraestructura por parte de los órganos de control y presume que Sonora ocupa actualmente el primer lugar nacional en el Plan Nacional de Vivienda, con alrededor de 31 mil viviendas ya garantizadas de una meta estatal de 33 mil 800.
En el terreno político sostiene igualmente que ha construido una estructura propia. Como ejemplo menciona la realización de una asamblea con aproximadamente dos mil quinientos asistentes, organizada —según asegura— sin utilizar recursos públicos ni movilización institucional. Su intención es demostrar que su capacidad de convocatoria no depende exclusivamente de la estructura gubernamental.
Quizá el aspecto más interesante de la conversación fue escuchar su concepto de infraestructura pública.
Mientras muchos gobiernos privilegian las obras espectaculares que generan rentabilidad política inmediata, él sostiene que alrededor del 80 por ciento de los recursos bajo su responsabilidad se han destinado a infraestructura hidráulica y sanitaria, obras prácticamente invisibles para el ciudadano, pero fundamentales para mejorar la calidad de vida.
¿Cambió mi opinión sobre Fernando Rojo de la Vega? No necesariamente. Pero sí encontré argumentos que merecen ser conocidos por quienes siguen la política sonorense. Presentar esta versión no significa compartirla en su totalidad; significa reconocer que el periodismo también exige escuchar antes de emitir un juicio definitivo.
Confieso además que Fernando Rojo de la Vega, a quien no conocía personalmente, me causó una buena impresión. Lo encontré empático, aparentemente humanista, inteligente y bien preparado. Pertenece a una nueva generación de políticos que podría construir una carrera relevante en los próximos años. En mi opinión, buena parte de ese futuro dependerá de la decisión que tome: construir un proyecto propio, con identidad y liderazgo propios, o permanecer cobijado bajo la sombra de otros. Ahí, probablemente, estará la diferencia entre convertirse en un político más… o en un verdadero referente para Sonora.
Por hoy fue todo. Gracias por su tolerancia y hasta la próxima.
