Machincuepas
Rosario Segura
Lunes 6 de julio de 2026
La Guillermina: un pedacito de mundo en la calle Rosales
Otra de las mujeres que habitaban las casas de la calle Rosales era la Guillermina Cano. Bastaba verla caminar para saber que no había nacido en el pueblo. Tenía la piel clara, el cabello rojo como cobre recién pulido y una manera de hablar que mezclaba palabras del norte con expresiones que nadie más utilizaba. Hasta cuando se reía parecía distinta.
Llegó desde Mexicali siendo apenas una adolescente. Venía tomada de la mano de su madre, doña Panchita, una mujer recia que había decidido probar suerte en aquellas tierras después de que la vida le cerrara varias puertas en la frontera. Los acompañaban dos muchachos altos y callados, hermanos de la Guillermina, que nunca terminaron de acostumbrarse al polvo de los caminos ni al ritmo lento del pueblo.
La calle Rosales la recibió con la curiosidad con la que se reciben todas las novedades. Durante semanas las vecinas encontraban cualquier pretexto para asomarse a verla. Unas admiraban su cabello rojizo, otras su ropa, diferente a la que se acostumbraba por aquellos rumbos. Algunas más comentaban, en voz baja, que la muchacha se parecía a las imágenes de las vírgenes que adornaban las paredes de la iglesia.
Y quizá tenían razón.
La Guillermina había terminado la secundaria, cosa extraordinaria para una mujer de aquellos tiempos. Sabía leer con soltura, escribir cartas con pocas faltas de ortografía y sacar cuentas de memoria, eso sí como lo hacían todas las mujeres que con lo que les daban sus maridos tenían que repartir el gasto antes de entrar al changarro.
Cuando llegaba algún recibo complicado o una carta enviada por familiares lejanos, más de una vecina tocaba a su puerta para pedirle ayuda.
—A ver, Guillermina, dime qué dice aquí porque nomás no le entiendo.
Ella acomodaba los lentes sobre la nariz, aclaraba la garganta y leía despacio, como si fuera maestra de escuela.
Aquello le daba una especie de autoridad silenciosa. No era la más rica ni la más importante, pero sí una de las pocas mujeres que podía entender documentos, periódicos y anuncios sin depender de nadie.
Cuando se casó, volvió a dar de qué hablar.
Lo hizo de blanco y por la iglesia.
Todavía años después algunas vecinas recordaban aquel vestido como si hubiera sido una aparición. No era tanto por lo elegante sino por lo raro. En aquellos tiempos muchas parejas se juntaban sin ceremonia o apenas pasaban por el registro civil cuando podían.
La Guillermina quiso boda.
Y la tuvo.
Quizá porque venía de otro lugar. Quizá porque soñaba con una vida distinta.
Su marido tampoco se parecía mucho a los demás hombres del pueblo. Trabajaba en las oficinas del ferrocarril y tenía un empleo fijo, de esos que permitían hacer planes para el mes siguiente sin vivir con el sobresalto de las malas cosechas o de las temporadas de trabajo escaso.
Era un hombre tranquilo.
No levantaba la voz.
No desaparecía durante días.
No llegaba oliendo a cantina.
Y aunque nadie lo decía abiertamente, muchas mujeres de la calle Rosales observaban aquella situación con una mezcla de admiración y resignación a veces y otra de chisme y choteo.
Mientras ellas criaban a los hijos prácticamente solas, el esposo de la Guillermina estaba presente.
Lo mismo cargaba un niño dormido que arreglaba una silla rota o ayudaba a regar el huerto.
Parecía poca cosa.
Pero en aquellos años era mucho.
La casa de la Guillermina comenzó a prosperar poco a poco.
No de golpe.
No con lujos.
Simplemente prosperó.
Primero llegó una mesa grande donde todos podían sentarse a comer juntos. Luego aparecieron algunas comodidades que nadie más tenía. Más tarde llegó la electricidad y con ella un refrigerador de segunda mano, traído desde Estados Unidos por sus hermanos.
El aparato causó sensación.
Los niños iban a verlo como si fuera una atracción de feria.
Algunos no podían creer que una caja metálica fuera capaz de fabricar hielo en pleno verano.
La Guillermina aprovechó la novedad mejor que nadie.
Preparaba limonada con los frutos de su patio, la congelaba en pequeños moldes y vendía hielitos durante las tardes.
Aquellos hielitos terminaron siendo parte de la infancia de varias generaciones.
Todavía años después algunos hombres hechos y derechos recordaban el sabor exacto de aquellos cuadritos de hielo que les refrescaban la boca cuando el calor parecía derretir el pueblo entero.
Sin embargo, no todo era dicha.
Como muchas mujeres de su tiempo, la Guillermina conoció el dolor en silencio.
Tuvo ocho embarazos.
Cinco hijos crecieron sanos.
Tres se quedaron en el camino.
No existían entonces las explicaciones médicas que hoy abundan. Las pérdidas simplemente ocurrían y las mujeres aprendían a tragarse las lágrimas para seguir adelante.
La Guillermina nunca hablaba de aquellos hijos.
Pero algunas noches, cuando las conversaciones terminaban y la calle quedaba vacía, se le podía ver sentada en el corredor mirando hacia ninguna parte.
Como si contara ausencias.
Como si estuviera recordando nombres que nunca alcanzaron a pronunciarse.
A pesar de todo, jamás se permitió la tristeza por mucho tiempo.
Era una mujer inquieta.
Las manos nunca descansaban.
Hacía tortillas al amanecer, tostaba café al mediodía, preparaba conservas por la tarde y bordaba por las noches.
Sus manteles parecían jardines.
Sus fundas de almohada tenían flores tan bien hechas que daba pena usarlas.
Y mientras trabajaba hablaba.
Contaba historias de Mexicali.
Hablaba de las tiendas americanas.
De las calles pavimentadas.
De los carros que cruzaban la frontera.
De palabras en inglés que pronunciaba con orgullo y que las demás repetían entre risas, aunque nadie supiera exactamente qué significaban.
Para los niños de la calle Rosales, la Guillermina era una ventana al mundo.
Para las mujeres, una amiga.
Para algunos hombres, una mujer demasiado adelantada a su tiempo.
Y para ella misma, quizá, no era ninguna de esas cosas.
Era simplemente una mujer tratando de construir una buena vida para los suyos.
Como todas las demás.
La diferencia era que la Guillermina había aprendido que el mundo era mucho más grande que la calle Rosales.
Y aun así eligió quedarse allí.
