lunes, julio 6, 2026

La paradoja de Trump / Feliciano J. Espriella

Fecha:

Olor a dinero

Por: Feliciano J. Espriella

Lunes 6 de julio de 2026

La paradoja de Trump

Donald Trump ha convertido la política latinoamericana en una extensión de su batalla ideológica.

Paradójicamente, mientras impulsa el ascenso de la derecha en varios países, en Estados Unidos resurgen con fuerza nuevas generaciones de políticos progresistas.

Durante décadas, Estados Unidos exportó democracia. Hoy parece exportar polarización.

Donald Trump ha logrado algo que pocos presidentes estadounidenses consiguieron después de la Guerra Fría: convertirse en un actor político cotidiano dentro de América Latina. Ya no sólo influye mediante acuerdos comerciales, sanciones económicas o decisiones diplomáticas. Ahora también participa —directa o indirectamente— en la disputa ideológica de la región, respaldando a líderes y movimientos identificados con la nueva derecha continental.

Los hechos recientes confirman esa influencia con una nitidez que hace apenas un año era escasamente intuición periodística. En diciembre de 2025, José Antonio Kast se impuso con contundencia sobre la izquierdista Jeannette Jara en la segunda vuelta presidencial de Chile, y entre las primeras felicitaciones llegó la de Trump, junto a la de Javier Milei. Pero el caso más elocuente ocurrió en Colombia: en junio de 2026, Abelardo de la Espriella derrotó por un margen mínimo al izquierdista Iván Cepeda, tras una campaña marcada por el respaldo público de Trump. El propio De la Espriella confirmó, ya como presidente electo, haber recibido una llamada de felicitación de Washington. Cepeda, al reconocer su derrota, fue todavía más directo: denunció “la abierta e indebida injerencia” del gobierno estadounidense a favor de su rival.

Ya no se trata sólo de afinidades ideológicas ni de una narrativa compartida. Hay ahora evidencia concreta de intervención activa: llamadas telefónicas, respaldos públicos, felicitaciones inmediatas entre mandatarios de un mismo bloque. Una narrativa que presenta a la izquierda como responsable del estancamiento económico, la inseguridad y la pérdida de valores tradicionales, y que ha permitido a la derecha recuperar terreno en varios países de la región.

Hasta aquí, parecería que Trump está ganando la batalla política continental.

Pero ocurre algo inesperado.

Mientras la derecha avanza en buena parte de América Latina, dentro de Estados Unidos sucede exactamente lo contrario.

La elección de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York, confirmada en noviembre de 2025 con más de un millón de votos —una cifra sin precedentes desde 1969— y una participación que casi duplicó la de la elección anterior, no fue un accidente estadístico. Su campaña, centrada en vivienda, transporte público y desigualdad, se construyó explícitamente como contrapunto a Trump: en su discurso de victoria le habló directamente, acusándolo de proteger a “los malos propietarios” y a los multimillonarios que evaden impuestos.

No es un caso aislado. En distintos estados aparecen legisladores, alcaldes y candidatos menores de cuarenta años que reivindican propuestas progresistas que hace apenas una década eran consideradas políticamente inviables: impuestos más altos para los grandes patrimonios, educación gratuita, fortalecimiento sindical, cobertura universal de salud y regulación más estricta sobre grandes corporaciones.

Paradójicamente, mientras Trump combate el “socialismo” fuera de sus fronteras, éste gana espacio dentro del propio país que gobierna.

La explicación quizá no sea tan compleja. Las nuevas generaciones estadounidenses crecieron después de la crisis financiera de 2008. Vivieron el incremento descontrolado del costo de la vivienda, el endeudamiento universitario, salarios insuficientes y una concentración de riqueza sin precedentes. Para millones de ellos, el capitalismo estadounidense dejó de representar movilidad social y comenzó a simbolizar desigualdad. Frente a ese escenario, propuestas que hace veinte años parecían radicales hoy resultan razonables para amplios sectores del electorado.

Trump continúa siendo un extraordinario movilizador político, probablemente ninguno como él en la derecha contemporánea. Sin embargo, también genera un poderoso efecto espejo: mientras fortalece a sus simpatizantes en el sur, estimula igualmente la organización de sus adversarios en casa. Los hechos de este último año —Chile, Colombia y Nueva York— no hacen sino confirmarlo.

La historia demuestra que los movimientos políticos rara vez producen únicamente el efecto que buscan. Con frecuencia generan la reacción contraria. Quizá esa sea la mayor paradoja de Donald Trump: mientras impulsa el rumbo político de América Latina hacia la derecha, dentro de Estados Unidos podría estar acelerando exactamente el proceso inverso, el nacimiento de una nueva generación progresista decidida a disputar el poder.

Y si eso termina ocurriendo, el mayor impulsor del socialismo estadounidense no habrá sido Bernie Sanders. Habrá sido, paradójicamente, Donald Trump.

Por hoy fue todo. Gracias por su tolerancia y hasta la próxima.

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