Olor a dinero
Por: Feliciano J. Espriella
Lunes 29 de junio de 2026
La generación que Echeverría domesticó
Con el título “El poder nunca se jubila”, publiqué una columna el pasado 5 de junio. En ella destaqué una característica que la historia mexicana ha demostrado una y otra vez: el poder rara vez acepta jubilarse por completo. Para lograrlo, algunos mandatarios han recurrido a la promoción acelerada de jóvenes cuadros que crecen bajo la sombra del gobernante en turno. Lo ejemplificaré con Luis Echeverría Álvarez, para continuar con Eduardo Bours y su “Sub 17”, cerrando con Alfonso Durazo y la “Sub 27”.
Después de la matanza de Tlatelolco en 1968 y del Halconazo de 1971, el sistema político mexicano entendió algo fundamental: la represión podía contener temporalmente a la juventud, pero ya no garantizaba estabilidad duradera.
Echeverría comprendió que el viejo régimen priista enfrentaba una crisis de legitimidad que no era solamente electoral, sino generacional. Universidades, clases medias urbanas y sectores intelectuales habían dejado de creer en el discurso revolucionario oficial. Ahí nació una de las operaciones políticas más sofisticadas del viejo PRI: la cooptación masiva de jóvenes profesionistas, líderes estudiantiles e intelectuales críticos.
No se trataba de democratizar al país. Se trataba de absorber el descontento.
La llamada “apertura democrática” echeverrista funcionó como válvula de escape controlada. La lógica era simple: convertir potenciales opositores en funcionarios, asesores, diplomáticos o legisladores. La estrategia tuvo tanto éxito que incluso surgió un término para describir el fenómeno: efobocracia, el gobierno de los jóvenes.
El IEPES del PRI se convirtió en una auténtica fábrica de cuadros: universitarios formados en la UNAM, economistas, abogados y especialistas en planeación desplazaron a los viejos caciques sindicales y agrarios. Paradójicamente, aquel intento por salvar al nacionalismo revolucionario terminó incubando a la futura tecnocracia que años después desmantelaría buena parte del viejo modelo estatista.
Los resultados fueron dispares. Ignacio Ovalle atravesó gobiernos populistas y neoliberales y terminó en Morena bajo el escándalo de Segalmex. Juan José Bremer se convirtió en diplomático prácticamente permanente del Estado mexicano. Beatriz Paredes consolidó quizá la trayectoria más sólida y profesional de aquella generación. Mario Moya Palencia y Pedro Ojeda Paullada sobrevivieron institucionalmente, pero nunca pudieron desprenderse del estigma de los años de represión y Guerra Sucia.
Pero el caso más fascinante fue el de Porfirio Muñoz Ledo. Brillante, culto y dueño de una inteligencia política poco común, fue probablemente el personaje más talentoso surgido de aquella generación. Transitó del PRI al nacionalismo democrático, luego a la oposición de izquierda y finalmente al obradorismo, manteniéndose vigente durante décadas. Sin embargo, su carrera exhibe una constante incómoda: su extraordinaria capacidad para romper lealtades cuando el poder cambiaba de dirección. Tal vez por eso sobrevivió tanto. Tal vez por eso mismo nunca terminó de pertenecer completamente a ningún proyecto.
En el extremo opuesto está Carlos Armando Biebrich: el ascenso prematuro consumido por la velocidad del poder. Echeverría lo impulsó a la gubernatura de Sonora siendo extraordinariamente joven, tanto que hubo que reformar la Constitución estatal para permitirle competir. Pero el conflicto agrario de San Ignacio Río Muerto y la brutal represión contra campesinos en 1975 destruyeron políticamente a Biebrich. Su caída fue tan aparatosa como meteórico había sido su ascenso: una advertencia sobre los riesgos del presidencialismo protector. Cuando el poder te construye demasiado rápido, también puede derrumbarte con la misma velocidad.
Y ahí está la verdadera herencia del echeverrismo.
Echeverría entendió antes que nadie que el régimen necesitaba rejuvenecerse para sobrevivir. Pero en lugar de democratizar genuinamente al país, decidió modernizar los mecanismos de control. El sistema aprendió a incorporar la disidencia, administrarla, financiarla y eventualmente domesticarla.
Muchos de aquellos jóvenes creyeron que estaban transformando al régimen desde dentro.
Con el tiempo, el régimen terminó transformándolos a ellos.
Por hoy fue todo. Gracias por su tolerancia y hasta la próxima.
