Machincuepas
Rosario Segura
Sábado 15 de agosto de 2026
Las puertas de la calle Rosales
Como las vecinas, las casas de la calle Rosales eran sencillas, pero protectoras. Pintadas todas de blanco, desde la punta donde iniciaba la calle hasta la esquina donde dejaba de llamarse Rosales, lucían a la entrada flores de todos los colores; principalmente rosales cargados de fragantes rosas, además de macetas con geranios colgando de las ventanas. Su aroma, sobre todo cuando corría el aire tibio de la tarde, despertaba la envidia de las demás calles, que con sus árboles de piochas ofrecían otro paisaje.
Las flores y aquellas casitas encaladas la hacían distinta de todas las demás.
Aunque las casas compartían la misma estructura —muros de adobe, dos ventanas al frente, una a cada lado de la puerta de madera y techos de vigas—, cada una tenía algo que la hacía especial. Las puertas, aun siendo todas de madera, eran diferentes entre sí, como si cada una hubiera adquirido el carácter de la familia que resguardaba.
La puerta de mi casa mi madre la mandó hacer con don Iván, el carpintero. Unió varias tablas hasta darle la medida exacta, pero entre un listón y otro quedaban pequeñas rendijas por donde, al cerrarla, se colaban delgados rayos de luz. Poco importaba, porque casi siempre permanecía abierta. Lo malo era en tiempo de aguas, cuando los moscos entraban sin pedir permiso.
Para asegurarla por dentro, don Iván le colocó dos soportes donde descansaba un grueso travesaño. Una vez puesta la tranca, la puerta quedaba tan firme que ni el mismo elefante del circo, aquel que una ocasión se soltó y se paseó por el pueblo como Pedro por su casa, habría podido abrirla.
Por fuera, dos armellas permitían colocar un candado cuando la casa quedaba sola.
Era una puerta fuerte y transmitía tranquilidad por las noches. No porque el pueblo fuera peligroso; al contrario, era un lugar tranquilo. El verdadero temor era que algún perro ajeno se metiera a hacer destrozos en la cocina mientras todos dormíamos en el patio, bajo un cielo lleno de estrellas. Por eso se cerraban las puertas: únicamente por eso.
La puerta de la casa de Guillermina también era de madera, pero tenía un postigo que permitía mantenerla entreabierta, aun con el riesgo de convertirse en pasaporte para lagartijas, ratones o cualquier otra alimaña. Por lo demás era igual: la misma tranca por dentro y las mismas armellas por fuera, hasta que uno de sus hermanos le trajo de Mexicali un candado tamaño jumbo, con combinación, igualito al de la caja fuerte de La Favorita, la tienda más grande del pueblo, donde decía el chino Alfonso que podía comprarse desde una aguja para coser a mano hasta un tractor con arado para la siembra.
La puerta de La Favorita era otra cosa.
En cambio, la puerta de la casa de Marillita, la costurera, era verde y de una sola pieza. Ni una brizna de claridad entraba ni salía por ella. Esa puerta protegía del mundo exterior a Lola, hasta el día en que alguien olvidó cerrarla bien y ella encontró la oportunidad de salir a descubrir el mundo.
La puerta blanca, casi perdida entre el color de la fachada, era la de Licha, la mamá del Güerito Lechero. Parecía que el tiempo se hubiera ensañado con ella. Las rendijas entre tabla y tabla eran más notorias que las de mi casa; las armellas del candado estaban molachas y, por dentro, la tranca no era más que un palo de escoba. Siempre pensé que esa puerta sufría, que le dolía existir, como si estuviera enferma de algo.
La casa de la Luisa, la china, lucía al frente un animal extraño. Con los años supe que era un dragón chino. Aquella puerta no había sido hecha por el mismo carpintero. Uno de los hermanos de Luisa llegó una Navidad cargándola quién sabe de dónde. Se convirtió en un verdadero atractivo del pueblo. Gente de todos los barrios pasaba a verla, sobre todo cuando la Luisa, siguiendo el consejo de su hermano, se le ocurrió pintarla de rojo. “La puerta del diablo”, le decían algunos, aunque a mí siempre me pareció la más valiente de toda la calle.
Ya de grande entendí que aquellas puertas nunca fueron simples tablas unidas con clavos. Eran el primer abrazo de la casa. Rechinaban, envejecían, se cuarteaban con el sol y la lluvia, pero seguían ahí, firmes, haciendo guardia mientras adentro crecían los hijos, se horneaba el pan, se curaban las tristezas y se dormía en los patios mirando las estrellas. No protegían únicamente del perro ajeno o del viento del invierno; resguardaban las risas, las enfermedades, los secretos, los regaños y los sueños de quienes vivíamos detrás de ellas.
Quizá por eso todas eran distintas. Porque, igual que las madres, cada una protegía a su familia a su manera. Unas con fuerza, otras con paciencia; algunas con silencios, pero todas con el mismo propósito: impedir que el miedo entrara y procurar que la esperanza nunca encontrara cerrada la salida. Eran una prolongación de las manos de nuestras madres: siempre abiertas para recibirnos, siempre listas para defendernos y, aun cuando el tiempo las fue llenando de grietas, jamás dejaron de cumplir su oficio. Por eso, cuando cierro los ojos y regreso a la calle Rosales, antes de recordar las paredes vuelvo a escuchar el crujido de aquellas viejas puertas diciéndome, con la misma ternura con que lo hacía mi madre al caer la tarde:
—Ya estás en casa.
