Machincuepas
Rosario Segura
Domingo 14 de junio de 2026
La Clotilde Internacional
De las vecinas en la calle Rosales allá en el pueblo, la Clotilde era la internacional. Casada sin marido, con hijos de todas las edades, iba y venía muy seguido al otro lado; cruzaba la frontera como quien cruza la calle.
El pueblo le empezó a quedar chico desde que se aventuró a irse una temporada a la pizca de lechuga en California. Con su desenfado de siempre, un buen día le anunció a doña Mercedes, su madre, que ahí le encargaba a los chamacos, pues ella partiría al gabacho en busca del billete verde. Allá, según le habían contado los que regresaban de vacaciones o esperando la siguiente temporada de siembra, se vivía a todo dar; las cosas eran mejores y la vida más llevadera.
Así que, ilusionada con el canto de las sirenas, partió con una sola muda de ropa en la mochila al hombro y el mundo de la abundancia instalado en la cabeza. Buscó a Luis el coyote, le pagó la cantidad convenida y tomó su lugar en el troque que la cruzaría al nuevo mundo. De ella y de las que partieron aquella tarde durante muchos meses sólo quedó el recuerdo de la polvareda que levantó el vehículo rumbo al Oasis.
Doña Mercedes contaba los días para su regreso, esperanzada en que, al terminar la cosecha, volviera como había visto volver a tantos hombres y mujeres que regresaban al terruño para hacer una pausa antes de irse otra vez.
Una de esas tardes de agosto la Clotilde regresó.
Era otra.
Si no hubiera sido por la cicatriz de viruela que le marcaba una mejilla, pocos la habrían reconocido. El cabello rubio, los lentes oscuros y el cuerpo que antes escondían las faldas largas y amponas ahora se dejaba adivinar bajo unos pantalones entallados y una blusa que dejaba los hombros al sol.
La Clotilde era otra hasta para hablar. Su plática era una jeringonza incomprensible hecha de castellano maltratado e inglés aprendido a la carrera. Pero ella, orgullosa, sentía que había traído la modernidad al pueblo.
Al principio las vecinas la escuchaban embobadas. Contaba que en California las calles parecían recién barridas todos los días, que las tienda se llamaban supermercados y eran tan grandes que uno podía perderse entre los pasillos y que allá hasta los perros parecían tener mejor vida que mucha gente de este lado.
Entre más hablaba, más se le iba olvidando que apenas unos meses antes había andado correteando gallinas entre los corrales polvosos de la calle Rosales.
Ya no quería ser simplemente Clotilde. Ahora decía que le dijeran “Clou”, pronunciando el nombre con una seriedad que provocaba que las vecinas se mordieran los labios para no reírse.
—Ay, no —decía—, aquí todo está bien dusty.
Y señalaba las mismas calles de tierra donde había aprendido a caminar.
—Yo ya no puedo comer tanta tortilla de harina.
Decía eso mientras escondía que, apenas cruzando la frontera, lo primero que buscaba era una taquería mexicana.
—Allá el lifestyle es diferente.
La palabra le salía tan trabajosa que parecía que estuviera mascando un chicle.
Cada invierno regresaba cargada de maletas. Traía tenis blancos relucientes, chamarras acolchadas que parecían colchones y lentes oscuros, aunque estuviera nublado. Repartía perfumes baratos, paquetes de chicles y camisetas con frases en inglés que nadie entendía, y durante unas semanas paseaba por el pueblo como turista extranjera, observando todo con ojos de visita.
Nada le gustaba.
Si había polvo, se quejaba.
Si hacía calor, se quejaba.
Si la banda tocaba en la plaza, decía que hacía mucho ruido.
Si organizaban una kermés, comentaba que aquello era muy old fashion.
Las vecinas la escuchaban por educación, pero apenas desaparecía tras la esquina soltaba la carcajada.
—Mírala nomás —, decía doña Lupe. Dos temporadas pizcando lechuga y ya se siente la más gringa de las gringas.
—Ni los gabachos hablan como ella —, remataba otra.
Pero detrás de la burla había algo de admiración.
Porque ninguna olvidaba que la Clotilde había sido de las primeras en aventurarse sola. Había cruzado desiertos, soportado jornadas interminables bajo el sol, vivido con el miedo constante de la migra y trabajado hasta dejarse los riñones en los surcos para mandar dinero a su madre y a sus hijos. Lo que causaba gracia no era su esfuerzo, sino el empeño que parecía poner en olvidar de dónde había salido.
Sin impórtale el qué dirán, muchos años la Clotilde siguió cruzando la frontera cada temporada, hasta que un día encontró allá a un mojado igual que ella. Era un sonorense que llevaba tanto tiempo en el norte que pronunciaba su propio nombre como si fuera extranjero.
Se entendieron de inmediato. Ambos extrañaban el pueblo cuando estaban lejos y renegaban de él cuando estaban cerca.
Se juntaron, compraron una trailita y comenzaron a construir una vida del otro lado.
Desde entonces las visitas fueron cada vez más cortas.
Primero regresaba cada invierno.
Luego cada dos años.
Después sólo para algún bautizo, un funeral o una enfermedad de la doña Mercedes.
Hasta que un año ya no volvió.
La calle Rosales siguió igual que siempre: los mezquites dando sombra, los perros dormitando bajo las banquetas y las vecinas sentadas al atardecer, comentando las novedades del día.
De vez en cuando alguien preguntaba por la Clotilde.
—Dicen que sigue allá.
—Que ya compró casa. Y se llevó a los chamacos
—Que los hijos ya ni español quieren hablar.
—Que ahora hasta ciudadana es.
Entonces doña Mercedes, que nunca perdió la costumbre de defender a su hija, sonreía con resignación.
—Pues quién sabe si encontró el sueño americano —decía—. Lo que sí encontró fue trabajo para toda la vida.
Y las vecinas asentían en silencio.
Porque en el fondo todas sabían que el norte era así. A veces llenaba los bolsillos, a veces vaciaba la memoria y, en no pocas ocasiones, hacía las dos cosas al mismo tiempo.
