martes, junio 2, 2026

Doña Erlinda y el Musta / Rosario Segura

Fecha:

Machincuepas

Rosario Segura

Lunes 1 de junio de 2026

Doña Erlinda y el Musta

Mi Tata sacó la escopeta después del desayuno. La limpió sentado a la mesa mientras nadie hablaba. Solo se escuchaba el roce del trapo contra el metal y, afuera, el jadeo cansado del Musta.

Yo nunca había odiado tanto una mañana.

Mi tata salió al patio despacio. Detrás de él fue mi madre llorando y mi nana rezando un rosario entre dientes. Los vecinos, que también querían al perro, miraban desde lejos sin animarse a acercarse mucho.

El Musta apenas levantó la vista cuando mi padre se le arrimó. Ya no gruñó. Ya no jaló la cuerda. Solo movió otra vez la cola, despacito, como si todavía creyera que iban a desamarrarlo para irse a rondar las calles.

Mi tata se quedó quieto un momento.

Después sonó el disparo.

Las gallinas se alborotaron por todo el patio y los pájaros salieron huyendo del naranjo. Mi madre se tapó la cara con el mandil. Mi nana siguió rezando. Y nosotros, los chamacos, entendimos ese día que también los perros buenos se mueren.

Doña Erlinda cargando su humanidad llegó como pudo a ver al perro, se acercó a él cuando lleno de baba blanca y ojos desorbitados yacía amarrado bajo el naranjo, y es que para doña Erlinda el perro fue compañía en las buenas y las malas, muchos lo vimos abrazarla cuando sus hijos buscando mejores condiciones de vida cruzaron la frontera a la pizca de lechuga en California, desde ese día todas las tardes el perro visitaba a la señora y sin decir nada se echaba a sus pies mirándola de vez en cuando y lamiendo sus gruesas piernas.

Doña Erlinda, era una señora chaparrita y muy gorda, de esas personas que casi ya no podían caminar sin detenerse a descansar. Vivía sola en una casita de adobe al final de la calle, junto a un mezquite grande que daba sombra todo el día. Sus hijos hacía años que se habían ido a Estados Unidos, como tantos otros del pueblo, buscando trabajo en lo que fuera para sobrevivir.

De vez en cuando llegaba una carta o algún dinerito, pero la mayor parte del tiempo la doña se la pasaba sola, sentada afuera de su casa mirando pasar la tarde.

Y ahí aparecía el Musta.

Todas las tardes iba a visitarla como si también tuviera el deber de cuidarla. Doña Erlinda le guardaba tortillas duras, huesos o cualquier sobra del día, y el perro se echaba a sus pies mientras ella le platicaba de sus hijos, del calor o de los dolores que ya no la dejaban dormir.

Dicen que los animales saben cuándo alguien necesita compañía.

El Musta parecía saberlo muy bien.

Por eso, cuando comenzaron los rumores de que el perro había sido mordido por un coyote enfermo, varios recordaron que en sus últimos días todavía alcanzó a ir hasta casa de doña Erlinda. Ella misma contaba que el animal llegó raro, cansado y con espuma en el hocico, pero aun así se acercó a saludarla moviendo la cola.

Hasta le lamió una cortadita que traía en la mano de tanto batallar en la cocina.

Nadie pensó que aquello fuera peligroso.

En el pueblo todavía se confiaba más en la suerte que en los doctores.

Semanas después comenzaron las calenturas de doña Erlinda.

Luego los gritos.

Luego el miedo al agua.

Y entonces todos volvieron a pronunciar aquella palabra:

Rabia.

A nosotros nos prohibieron acercarnos a su casa, pero aun así alcanzábamos a escuchar los gritos desde lejos, sobre todo por las noches, cuando el silencio del pueblo hacía más triste todo.

Cuentan que terminaron amarrándola bajo el mezquite porque se golpeaba sola y quería salir corriendo quién sabe para dónde. Igual que hicieron con el Musta.

Mi madre lloró mucho cuando supo eso.

—Pobre mujer —decía—. Ni los animales merecen sufrir así.

Doña Erlinda murió pocos días después.

Se querían tanto ella y el Musta que de tanta bondad y fidelidad entre la vieja sola y olvidada, y el perro dueño de todos y de nadie, decidieron hacerse compañía por siempre en el más allá.

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