domingo, octubre 25, 2026

Nachito / Rosario Segura

Fecha:

Machincuepas

Rosario Segura

Domingo 25 de octubre de 2026

Nachito

Cuando dejaron a Tere al cuidado de su madre y de las otras mujeres en la casa de la Luisa, los hombres que se habían organizado para la búsqueda siguieron recorriendo el barrio, preguntando, ofreciendo ayuda para recomponer, aunque fuera a medias, los jirones que la tormenta había dejado.

A medio enterrar en el lodo aparecían toda clase de objetos: los cuerpos de los que otrora habían sido guardianes del hogar, becerritos que la corriente había arrastrado desde los ranchos cercanos, cobijas, mesas, gallinas enredadas en los alambres. El paisaje resultaba desgarrador.

Las pérdidas de aquellas personas que con tanto esfuerzo habían logrado hacerse de unas pocas cosas eran casi totales. Había casas sin puertas, patios convertidos en lodazales, animales desaparecidos y pertenencias que ahora flotaban lejos de donde alguna vez habían tenido un lugar.

Había que empezar de nuevo.

Y para hacerlo necesitarían algo más que voluntad.

Necesitarían de todos.

Los hombres sacaban del lodo lo poco que todavía podía rescatarse. Una silla, una lámina, un costal, alguna herramienta. Cualquier cosa que pudiera volver a servir era separada y puesta a salvo.

De pronto, alguien gritó:

—¡Aquí, vengan!

Todos voltearon.

Entre un montón de basura acumulada contra una pared sobresalía algo que, al principio, nadie quiso reconocer.

Parecía un bulto más entre los desperdicios que la corriente había dejado a su paso.

Pero entonces alguien vio una mano.

Una mano que alzaba los dedos hacia el cielo, como si todavía estuviera pidiendo auxilio.

Los hombres se acercaron y comenzaron a quitar con las manos lo que cubría aquel cuerpo. Apartaron ramas, trapos, pedazos de madera, basura y lodo.

Hasta que apareció el rostro.

Era Nachito.

Un hombre mayor que vivía solo y que, desde hacía muchos años, tenía como única compañía la visita diaria de Manchas, el gato de Tere.

Nachito había llegado al pueblo con sus padres siendo apenas un adolescente. Como tantos otros jornaleros, siguió durante años los ires y venires de las temporadas de pizca. Llegaba cuando había trabajo y se marchaba cuando los campos quedaban vacíos.

Pero un día se quedó.

Quizá porque ya no había otro lugar al cual regresar.

Quizá porque, sin darse cuenta, el pueblo había terminado por convertirse en su casa.

Su vivienda fue, si no la primera, una de las primeras de Barrio Nuevo. Una casa humilde, levantada con lo que había y como se podía. Nunca se le conoció pareja.

Tampoco hijos.

Su vida cabía en poco.

En la mañana, el surco.

Por la tarde, el costal.

Y al final del día, el silencio de aquella casa que lo esperaba sin que nadie preguntara si había vuelto.

Durante muchos años cargó costales de algodón. El algodón era la única pizca que, con el paso del tiempo, todavía le permitían sus rodillas.

Tenía las manos desechas por las cicatrices que le habían dejado los capullos al piscar la mota. Manos duras, ásperas, acostumbradas a trabajar desde antes de saber qué otra cosa podía hacer un hombre para ganarse la vida.

Continuaba trabajando con el mismo entusiasmo con el que había llegado al pueblo.

Pero el cuerpo ya no era el mismo.

Primero fue la espalda.

Después las rodillas.

Cada día  le pesaban un poco más las piernas y cada día le costaba más llenar un costal.

Hasta que sus ilusiones comenzaron a parecerse a aquel costal que ya no podía llenar de algodón: vacías.

Los años y las enfermedades sin atender le fueron quitando, poco a poco, la única vida que conocía.

Decían que su madre lo había parido en el surco. Que había aprendido a gatear entre las plantas de algodón y que, cuando sus piernas le permitieron ponerse de pie, sus manos comenzaron a recoger los frutos, tal como lo había visto hacer a su madre mientras lo llevaba a él sobre la espalda.

Quizá por eso nunca aprendió a imaginarse lejos del campo.

El surco fue su cuna.

El algodón, su oficio.

Y el costal, la medida de sus fuerzas.

Hasta que sus propias piernas le fueron quitando aquello que había sido toda su vida.

Esas mismas piernas que se negaron a sostenerlo el día en que llegó el presagio de la tormenta.

Poco antes de que el cielo se ennegreciera, le habían dicho que no regresara al otro día.

—Si ya no rindes como antes, no nos interesa contratarte.

Nachito no discutió.

No reclamó.

No pidió otra oportunidad.

Simplemente se dio la vuelta y regresó a su casa.

Y no volvió.

Tal vez aquella tarde, mientras miraba cómo las nubes iban cubriendo el cielo, entendió que se había terminado el único lugar que había tenido para sentirse útil.

Tal vez por primera vez tuvo miedo.

O quizá, como había hecho durante toda su vida, simplemente aceptó lo que le tocaba.

La tormenta llegó con una furia que nadie esperaba.

El agua comenzó a correr por las calles, entró en las casas, arrancó puertas, derribó cercos y convirtió los caminos en corrientes que arrastraban todo a su paso.

Nachito estaba solo.

Como casi siempre.

Pero aquella noche su soledad fue distinta.

Porque ya no tenía las piernas para huir.

Ni las fuerzas para defenderse.

Ni siquiera un costal que cargar sobre los hombros.

Cuando el agua entró, la corriente lo encontró indefenso.

Lo arrastró junto con las pocas cosas que había logrado conservar durante toda una vida.

Hasta que terminó contra aquella pared.

Y allí quedó.

Debajo de la basura.

Debajo del lodo.

Debajo de todo aquello que la tormenta había arrancado de las casas de Barrio Nuevo.

Los hombres permanecieron unos segundos en silencio.

Nadie dijo nada.

Uno de ellos se quitó el sombrero.

Otro se persignó.

Habían salido a buscar sobrevivientes y ahora estaban levantando de entre la basura la vida entera de un hombre.

La vida de Nachito.

Una vida que había comenzado entre surcos de algodón y que terminaba allí, entre los desperdicios que la corriente había dejado.

Uno de los hombres se agachó y cubrió su rostro con un pedazo de tela.

—Pobre Nachito —dijo apenas.

Y entonces alguien preguntó:

—¿Y el gato?

Nadie respondió.

Pero en algún lugar de Barrio Nuevo, debajo de algún techo que todavía resistía la lluvia, Manchas esperaba.

Esperaba a Tere.

Esperaba a Nachito.

Y todavía no sabía que aquella tormenta también le había cambiado la vida para siempre.

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