lunes, octubre 19, 2026

Las veredas quitarán… pero la querencia ¿Cuándo? / Feliciano J. Espriella

Fecha:

Columna la ruta del 27

Por Feliciano J. Espriella

Lunes 19 de octubre de 2026

Las veredas quitarán… pero la querencia ¿Cuándo?

Cantaba Pedro Infante:

Dicen que me han de quitar

las veredas por donde ando,

las veredas quitarán,

pero la querencia cuándo.

La monumental marranada —la más grande que, en mi opinión, se ha cometido en la política sonorense cuando menos en lo que va del presente siglo— contra quienes aspiraban legítimamente a contender por la candidatura del oficialismo a la alcaldía de Hermosillo, me hizo recordar aquellos versos que Pedro Infante popularizó hace tantas décadas.

Porque una cosa es quitarles las veredas a los caminantes y otra, muy distinta, arrancarles del corazón de la gente la querencia que se han ganado.

Pero parece que los cerebros privilegiados que urdieron semejante infamia no alcanzaron a comprender tan elemental diferencia. En su infinita soberbia, seguramente calcularon que no llegaría la sangre al río.

Después de todo, los agraviados son políticos profesionales, gente curtida en estas lides, que conoce las reglas escritas y, sobre todo, las no escritas de ese maravilloso estercolero que suele ser la política.

Así que, según sus brillantes cálculos, tragarían sapos, sonreirían para la fotografía, levantarían la mano de la ungida y hasta agradecerían públicamente el privilegio de haber sido atropellados.

¡Qué conmovedora confianza en la capacidad digestiva de sus correligionarios!

Y probablemente acertaron en una parte. Los humillados podrán guardar las formas, tragarse el coraje y hasta aparecer en algún templete simulando una fraternidad que, después de semejante afrenta, resultaría digna de un premio Óscar.

Pero olvidaron un pequeño detalle: los dirigentes pueden disciplinarse; sus seguidores, no necesariamente.

Porque quienes fueron despojados de la posibilidad de competir no son figuras de cartón ni personajes inventados por una encuesta de escritorio. Tienen trayectoria, presencia, relaciones y, sobre todo, gente que les cree, les quiere y les guarda lealtad.

Lo digo porque personalmente he visto ese fenómeno.

No hablo de simpatizantes alquilados para llenar auditorios ni de entusiastas de ocasión que aplauden mientras haya tortas y refrescos. Hablo de ciudadanos que esperaban encontrarlos en las boletas y que ahora contemplan, entre indignados y estupefactos, cómo les cambiaron la jugada desde las alturas.

Son decenas, quizá cientos de miles, cuya querencia no se transfiere mediante una orden superior, por más que algunos iluminados crean que los afectos populares funcionan como las plazas burocráticas: se quita a uno, se pone a otro y asunto arreglado.

Y aquí viene lo verdaderamente delicioso de este disparate.

No conformes con imponer una candidatura mediante un procedimiento que dejó a tantos agraviados, terminaron favoreciendo a una aspirante cuya incontinencia verbal y temperamento pendenciero parecen diseñados especialmente para convertir aliados potenciales en adversarios irreconciliables.

Porque si algo necesitaba el oficialismo para restañar las heridas era prudencia, inteligencia política y una dosis industrial de humildad.

¿Y qué recibieron?

Una candidata que, lejos de tender puentes, parece disfrutar dinamitándolos.

Su arremetida contra Maloro Acosta constituye, a mi juicio, una demostración particularmente desafortunada de esa incapacidad para distinguir entre adversarios y correligionarios. Si quienes la impusieron conocían su temperamento y no podían ponerle un bozal político, cuando menos debieron advertirle que atacar a quienes podrían ayudarla no era precisamente una estrategia electoral brillante.

Aunque quizá estoy siendo injusto. Tal vez se trate de una sofisticadísima estrategia que consiste en ofender primero a los propios para después pedirles que salgan a conseguir votos. Una genialidad que seguramente todavía no enseñan en Harvard.

Yo apostaría a que una proporción altísima de esos seguidores agraviados terminará votando contra la candidata impuesta. No porque sus liderazgos se los ordenen, sino precisamente porque nadie podrá ordenarles lo contrario.

Y entonces los arquitectos de esta soberbia operación descubrirán que las imposiciones tienen costos, que las humillaciones dejan cicatrices y que la lealtad ciudadana no se hereda por decreto.

Podrán quitarles las veredas, cerrarles los caminos y hasta obligarlos a posar sonrientes junto a quien los desplazó.

Pero la querencia, señores, ¿cuándo?

Porque esa no se impone. Se gana.

Y, sobre todo, no se regala a quien llega pateando la puerta.

Me despido con un ¡síganme los buenos!, pero en serio, que los malos ya se repartieron las candidaturas.

Por hoy fue todo. Gracias por su tolerancia y hasta la próxima.

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