Machincuepas
Rosario Segura
Sábado 3 de octubre de 2026
El mismo cielo, la misma tierra
En aquella parte del pueblo donde antes cantaban las ranas cuando llovía y crecían frondosos los mezquites y los palo fierros, poco a poco el paisaje comenzó a cambiar.
Primero apareció una casita.
Después otra.
Luego una más, levantada quién sabe cómo, con tablas desiguales, cartones, láminas y todo aquello que pudiera servir para detener el viento y guarecerse del sol. Y cuando menos pensamos, donde antes sólo había monte, tierra y el concierto de las ranas después de la lluvia, ya se levantaban decenas de techos; algunos apenas asomándose entre las ramas de los árboles, como si también ellos quisieran pasar inadvertidos.
Las familias habían llegado de aquí y de allá.
Venían por temporadas, siguiendo el trabajo que daban los campos. Primero la pizca del algodón; después, cuando terminaba una cosecha, la uva. Llegaban con sus pocas pertenencias, con los hijos pequeños, con mujeres cargando niños en brazos y hombres dispuestos a trabajar desde que amanecía hasta que el sol se escondía.
Pero un día dejaron de irse.
Al parecer decidieron quedarse a vivir en mi pueblo y escogieron aquel rincón apartado para hacerlo suyo.
A nadie le pareció extraño.
Nadie dijo nada.
Ni siquiera el comisario fue a molestarlos pidiéndoles permisos, papeles o títulos de propiedad. Tal vez porque eran tan callados que parecían no existir. Llegaban, trabajaban, regresaban a sus casas y al día siguiente volvían a hacer lo mismo.
Eran vecinos y, sin embargo, eran desconocidos.
No hablaban como nosotros.
Y no es que vinieran de otro país, pero los vecinos decían que la gente del Barrio Nuevo venía de otro mundo.
Tal vez tenían razón.
Vestían diferente, se peinaban diferente y hasta preparaban comida diferente. Sus mujeres llevaban faldas largas, delantales gastados y pañuelos en la cabeza. Los hombres parecían tener siempre la misma ropa cubierta de polvo. Y sus niños, esos que tenían nuestra misma edad, casi nunca jugaban en las calles ni se detenían a mirar las cosas que a nosotros nos parecían importantes.
Mientras todos los menores del pueblo asistíamos a la escuela, ellos salían al campo acompañando a sus padres.
A la misma hora en que nosotros nos sentábamos frente al pizarrón, ellos ya iban camino a los sembradíos.
Algunos niños apenas podían caminar y, sin embargo, seguían el paso de los adultos entre los surcos. Los más pequeños iban colgados del pecho de sus madres o cargados en sus espaldas, dormidos mientras ellas trabajaban. Los mayores cuidaban a los menores, cargaban agua, ayudaban a recoger lo que sus pequeñas manos podían alcanzar y aprendían demasiado pronto cosas que a nosotros nos tomaría muchos años descubrir.
Ellos sabían a qué hora pegaba más fuerte el sol.
Sabían dónde buscar un poco de sombra.
Sabían del ardor de los pies cansados y de las manos lastimadas.
Sabían del sabor del sudor mezclado con la tierra que levantaban los carros al cruzar los sembradíos, cargados hasta el tope con lo que otros habían pizcado.
Nosotros también sudábamos salado, con sabor a tierra. Pero era distinto.
El nuestro era el sudor de salir a toda carrera de la escuela, de perseguirnos por las calles, de jugar hasta que alguna madre gritaba nuestro nombre desde la puerta. Corríamos hacia casa sabiendo que sobre la mesa ya nos esperaba un plato de sopa humeante, unas tortillas recién hechas y alguien preguntándonos cómo nos había ido en la escuela.
Era distinto sabor de una misma tierra.
Ellos eran niños, como nosotros.
Tenían la misma edad, las mismas rodillas raspadas, los mismos ojos curiosos y seguramente los mismos deseos de correr sin rumbo detrás de una pelota o de esconderse bajo las ramas de un árbol. Pero a ellos la vida les había puesto responsabilidades demasiado grandes sobre los hombros pequeños.
Nosotros éramos niños.
Ellos también.
Sólo que ellos tenían que trabajar.
Nosotros aprendíamos a leer.
Ellos aprendían a sobrevivir.
Y así crecimos unos junto a otros, pero separados por una distancia que no se medía en metros.
El Barrio Nuevo estaba ahí, al alcance de la vista, y sin embargo parecía pertenecer a otro pueblo.
Dos mundos bajo el mismo cielo.
El mismo sol quemando las espaldas.
La misma lluvia mojando los techos.
La misma tierra pegándose a los zapatos.
Pero dos maneras muy distintas de vivir la infancia.
Y quizá habríamos seguido así durante mucho tiempo: mirándonos de lejos, sabiendo que existíamos, pero sin conocernos realmente, nosotros de este lado y ellos del suyo.
Hasta que llegó aquella noche.
La noche en que el cielo pareció romperse sobre el pueblo.
La lluvia comenzó a caer con una furia que nadie recordaba haber visto. Los arroyos secos despertaron convertidos en corrientes rabiosas y la tierra, incapaz de beber tanta agua, comenzó a devolverla por todos lados.
Aquella noche el agua no reconoció calles ni barrios.
No supo cuál era la casa de los que habían nacido allí y cuál la de los recién llegados.
No distinguió entre el niño que había pasado la mañana en la escuela y el que había pasado el día bajo el sol de los campos.
Y cuando alguien gritó que Tere, la hijita de Manuel, había desaparecido entre la corriente, algo cambió para siempre.
Entonces nadie preguntó de qué barrio era.
Nadie preguntó de dónde venía su familia.
Nadie recordó que hablaban diferente o que vestían diferente.
De pronto, aquellos dos mundos que durante tanto tiempo habían vivido uno al lado del otro sin tocarse, se encontraron en medio de la oscuridad, bajo una lluvia torrencial, buscando desesperadamente a una niña.
Porque aquella noche Tere ya no era sólo la hija de Manuel.
Aquella noche Tere era una niña perdida.
Y todos, por primera vez, parecíamos pertenecer al mismo mundo.
