Olor a dinero
Por: Feliciano J. Espriella
Jueves 3 de septiembre de 2026
Cuando la misión es joder… se jode
La comentocracia encontró en el Segundo Informe otra oportunidad para decretar el fracaso de la 4T. Hay críticas atendibles, pero también omisiones deliberadas, interpretaciones presentadas como hechos y una animadversión que parece tener más de venganza que de periodismo.
Qué predecibles son los “monstruos sagrados” del periodismo nacional.
Mi entrega de ayer —escrita el lunes por la tarde, después del informe de la presidenta Claudia Sheinbaum— se refería a lo que suponía publicarían los más conspicuos integrantes de la comentocracia y miembros eméritos de la cofradía del chayote.
Escribí entonces: “Para los analistas de escritorio especializados en encontrarle mangas al chaleco a cualquier logro gubernamental, el Segundo Informe será otro magnífico pretexto para ejercitar el catastrofismo”.
No me equivoqué.
Joaquín López-Dóriga reconoce avances en seguridad y programas sociales, pero no pierde oportunidad de descalificar la herencia de López Obrador. Resulta contradictorio admitir resultados derivados de la continuidad de un proyecto y, al mismo tiempo, presentar su primera etapa como fracaso absoluto.
Carlos Marín selecciona cifras adversas y las convierte en sentencia definitiva sobre las obras de la 4T. La crítica es legítima; lo cuestionable es utilizar costos, subsidios o tropiezos como pruebas concluyentes, sin ponderar objetivos sociales, infraestructura construida, beneficios indirectos ni proyectos todavía en consolidación.
Salvador García Soto transforma una ausencia retórica en evidencia de un supuesto distanciamiento entre Sheinbaum y López Obrador. Es una interpretación posible, pero no una prueba. Que la presidenta no mencionara a su antecesor puede significar algo mucho más sencillo: que comienza a construir una narrativa política plenamente propia.
Raymundo Riva Palacio construye una atractiva teoría del “poder bicéfalo”, pero presenta varias afirmaciones prácticamente como hechos sin exhibir evidencias verificables. Que López Obrador conserve influencia es plausible; asegurar que controla Morena, define candidaturas y disputa sistemáticamente el poder a Sheinbaum exige algo más sólido que fuentes anónimas e interpretación política.
Carlos Loret reúne cifras negativas de las obras emblemáticas y las presenta como veredicto definitivo de todo un sexenio. Los datos deben revisarse y discutirse, pero reducir un proyecto político a costos, pérdidas operativas y tropiezos, ignorando beneficios sociales y objetivos estratégicos, también es construir una narrativa, no presentar un balance.
Pascal Beltrán del Río acierta al exigir atención a los desaparecidos, pero convierte una omisión discursiva en descalificación integral del informe. Ignora avances para sostener que existe una “realidad paralela” e insinúa que los programas sociales compran voluntades. Señalar pendientes es periodismo; atribuir intenciones sin demostrarlas es otra cosa.
Leo Zuckermann ofrece una crítica dura, aunque reconoce aspectos positivos: austeridad, brevedad y el estilo ecuánime de Sheinbaum, a quien observa comportándose como jefa de Estado. Su señalamiento sobre los desaparecidos merece atención; menos convincente resulta reducir las mañaneras a simple propaganda disfrazada de conferencia.
Eduardo Ruiz-Healy presenta una lectura más equilibrada. Reconoce resultados verificables en homicidios, salario mínimo e inversión extranjera, pero reclama las omisiones. Su exigencia de rendición de cuentas es válida; menos sólida resulta suponer cálculo electoral donde también existe una práctica elemental: ningún gobierno organiza un informe alrededor de sus propios fracasos.
¿Motivos? Venganza
En la jungla de los negocios se jode a alguien por tres razones: dinero, eliminación o venganza.
Los sicarios de la pluma y el micrófono —beneficiarios durante la época dorada del imperio prianista de generosos convenios y privilegios— saben que sus panfletos difícilmente les devolverán el dinero perdido.
También saben que, cuando menos en el corto plazo, no van a eliminar a la 4T.
Queda entonces la venganza.
Lo confirma el odio que destilan y la perseverancia con la que convierten cualquier dato adverso en catástrofe, cualquier omisión en confesión y cualquier logro en propaganda.
A ocho años del inicio de la 4T, la virulencia de los ataques demuestra que estamos ante una guerra sin cuartel. No son simples adversarios, como los llamaba López Obrador; se comportan como enemigos jurados del régimen.
Su misión es joder, joder y joder.
Pero la estrategia fundada en el rencor suele terminar devorando a quien la practica. A Sun Tzu se atribuye una advertencia pertinente: un soberano no debe emprender una guerra movido por la ira ni un general combatir por despecho.
Porque cuando la venganza sustituye al análisis, se pierde la estrategia.
Y, de paso, también el periodismo.
Por hoy fue todo. Gracias por su tolerancia y hasta la próxima.
