domingo, agosto 23, 2026

Cuando cantan los sapos / Rosario Segura

Fecha:

Machincuepas

Rosario Segura

Domingo 23 de agosto de 2026

Cuando cantan los sapos

La Consuelo, Chelo para todos desde que nació, era una de las mujeres de la calle Rosales. Era la misma a la que, años atrás, la mujer que se aparecía en el árbol le había robado al marido…

Sola, se quedó al frente de la casa y al cuidado de cuatro chamacos pequeños y uno en el vientre. Ella no era como la Lola de Pacheco; la Chelo sí salió buena para parir, aseguraba su madre, suegra de la Lola.

Sin una educación formal más allá de la secundaria, la Chelo sabía hacer de todo. Cocinaba para sus hijos, limpiaba las casas de los Arnold, Smit, Quin y Escalante, gente con dinero para pagar, pero codos para soltar, así que ganaba poco, aunque algo salía para la comida de los hijos. Cuando no estaba limpiando casas, hacía tortillas, pan, empanadas y quequis para salir a la calle a venderlos. Pedía fiado en el changarro de la Rosita y, además, criaba gallinas para tener pollos para un buen caldo y huevos para los desayunos y las cenas.

Que cocinar no le faltó nunca, porque las zanahorias, papas, repollo y tantas otras hortalizas y verduras salían de su patio. Varias veces se le escuchó decir:

—Lo que vuela, se arrastre o resolla, va pa’ la olla.

La Chelo estiraba el día y parte de la noche como si las horas también pudieran amasarse y rendir más entre sus manos. Hacía todo y más con tal de que a sus hijos, aunque pobres, no les faltara nada, sobre todo al más pequeño, quien no había tenido la oportunidad de conocer a su padre.

En ese niño volcó toda su atención, quizá para no tener que pensar demasiado en el abandono de su marido, quien cuando el pequeño nació ya tenía meses desaparecido. Por eso la Chelo no tuvo mucho tiempo para llorarlo; en aquellos tiempos el dolor también tenía que esperar, porque había mucho que hacer, cuatro chamacos que atender y uno más que criar.

Cuando un mal aire enfermaba al crío, la Chelo recorría el pueblo entero en busca de las yerbas que le calmaran las calenturas. Al lado de la cuna pasaba los días enteros, pendiente de cualquier cambio de color y hasta de la respiración, pues desde el primer mes de vida el niño había dado muestras de debilidad. Cuando no tenía fiebres altas, las ronchas purulentas tapizaban su cuerpo.

De ahí nació la devoción de Consuelo por el menor de sus hijos. Era el más chico, el más frágil y, quizá por eso mismo, el que más le ocupaba el pensamiento. Una madre de pueblo no necesitaba que nadie le explicara que los hijos se cuidan hasta de lo que no se ve.

Así pasaron los primeros años de vida, entre remedios caseros, cuidados maternales y, de vez en cuando, un doctor. Al parecer, todo fue haciendo su parte y el niño llegó a los cuatro años completo. Mocos en ocasiones, pero esos no asustaban a nadie, menos en invierno, cuando las capas de hielo cubrían las tinas que contenían agua y la tarea de los hijos menores era quebrarlas con sus propias manos hasta que las grietas aparecían tanto en el hielo como en los dedos y los cachetes, para después aparecer los mocos en la nariz.

En verano las cosas cambiaban. El calor se quedaba pegado a las paredes durante el día y, cuando por fin llegaba la lluvia, el pueblo parecía respirar de nuevo. El olor a tierra mojada se metía por las puertas y los patios se llenaban de agua, de lodo y de ese alboroto de ranas y sapos que anunciaba que la noche sería larga.

El fuerte calor no hacía daño. Los aguaceros, en cambio, podían arrastrar milpas, vacas y todo lo que encontraran a su paso, pero a buen resguardo hasta la tormenta podía ser benigna.

Fue uno de esos aguaceros de agosto, de los que parecían no tener cuándo acabar, el que hizo perder la cordura a la Chelo.

Después de llover dos días seguidos, los techos de las casas no pudieron detener el agua y empezaron a filtrarla hacia las habitaciones. Aquella tarde había escampado.

Con todos los tendidos mojados, la Chelo sacó cuanto trapo encontró seco y, para aprovechar el aire fresco que había dejado la lluvia, los tendió en el corredor.

Acomodó a los chamacos muy juntos, uno contra otro. Al pequeño lo puso en la orilla, junto a la puerta que daba a la calle, para que recibiera el aire más fresquecito.

Afuera el agua seguía corriendo por las calles, haciendo pequeños arroyos que se llevaban hojas, tierra y cuanto encontraban a su paso. En la oscuridad, el canto de las ranas y el llamado ronco de los sapos llenaban la noche y, para quien no conocía el miedo que vendría después, parecían apenas un arrullo de lluvia.

Una vez acostados, la mujer, cansada de trajinar todo el día tratando de sacar el agua que se había metido por todas partes y poniendo cuanto traste encontró debajo de las goteras, se quedó profundamente dormida.

La luz de los relámpagos, ni el trueno de los rayos que poco a poco se alejaban, perturbó su sueño. Afuera, el agua todavía goteaba de los aleros y, de vez en cuando, algún sapo soltaba su croar grave desde el patio.

Hasta la mañana.

Algo la hizo reaccionar.

Se levantó como siempre. Lo primero fue ir a la cocina a prender la leña para poner el agua del café. Después barrió el agua que todavía caía del techo y recogió algunas cosas que la tormenta había dejado fuera de lugar.

Cuando le pareció que ya era hora de despertar a sus hijos, caminó hacia el corredor.

Apartó uno de los trapos húmedos.

Luego otro.

Y entonces levantó la sábana que había puesto sobre los niños para protegerlos de los zancudos.

Lo que vio le cortó el aliento.

Sobre la garganta de su hijo pequeño había un enorme sapo.

Estaba acomodado justo ahí, pesado, inmóvil, como si durante la noche hubiera entrado buscando un lugar tibio donde esconderse y hubiese encontrado, sin saberlo, el peor sitio posible.

Por un instante la Chelo no respiró. Sintió que la sangre se le iba de la cara y que el mundo entero se había quedado quieto alrededor de aquel pequeño cuerpo.

Tampoco el sapo se movió.

La mujer miró a su hijo. Miró al animal. Volvió a mirar a su hijo.

Y entonces gritó.

No fue un grito de sorpresa.

Fue un grito que salió desde un lugar mucho más profundo, desde el mismo lugar donde durante años había guardado el abandono de su marido, el miedo de perder a sus hijos, las noches junto a la cuna, las calenturas, las ronchas y todas las veces que había pensado que aquel niño podía morírsele entre los brazos.

El grito atravesó la casa y se escuchó, decían, hasta la estación del tren.

Los chamacos despertaron asustados. Los vecinos que escucharon el alarido corrieron hasta la casa.

—¡El niño! ¡El niño! —alcanzaba a repetir la Chelo.

Entre varios lograron desprender al tremendo animal del cuello del pequeño.

Pero ya era demasiado tarde.

El niño estaba muerto.

La Chelo lo tomó entre sus brazos, como tantas otras veces lo había hecho cuando la fiebre le quemaba el cuerpo. Pero esta vez no había yerba, remedio ni oración que pudiera devolverle el aliento. Lo apretó contra su pecho y soltó un llanto que ya no parecía de este mundo.

Decían que el sapo lo había ahorcado. Y aunque con los años hubo quien contara la historia como una de tantas cosas terribles que pasan en los pueblos, para la Chelo no fue una historia: fue su hijo, el mismo por el que había velado noches enteras, el que había cuidado de las calenturas y las ronchas, el que había criado casi a fuerza de puro amor, y que ahora se le iba de los brazos.

Dicen que aquel día se le quebró algo por dentro que ya nunca volvió a acomodarse.  Porque perder al marido duele, pero con los años la herida aprende a cerrar.

Perder un hijo es otra cosa; esa herida no cierra, se aprende a vivir con ella.

Desde aquel día, cada vez que comenzaban las lluvias y en la oscuridad del patio se escuchaba el primer croar, Consuelo sentía que el corazón se le salía del pecho.

Revisaba las camas, levantaba las sábanas, miraba debajo de los catres, detrás de las puertas y en cada rincón donde pudiera esconderse uno de aquellos animales.

Nunca más permitió que sus hijos durmieran en el suelo durante un aguacero.

Nunca más dejó una puerta abierta por la noche.

Y desde entonces, los sapos dejaron de ser parte del ruido de la lluvia.

Se convirtieron en otra cosa.

En una amenaza.

En el recuerdo de una sábana levantada demasiado temprano.

En el miedo de una madre que, no volvió a ser la misma por qué los sapos quedaron asociados para siempre con aquella pérdida. Y los sapos…

Los sapos se quedaron para siempre con ella.

A mí también se me quedaron.

Quizá porque era apenas una niña y no entendía la muerte, pero sí entendía el miedo de los grandes. Desde entonces, cuando escucho el croar de un sapo después de la lluvia, algo dentro de mí vuelve a aquella casa, a aquella mañana y a aquella sábana que la Chelo levantó sin imaginar lo que iba a encontrar.

Por eso nunca me han gustado los sapos.

Y creo que nunca me gustarán.

Porque hay miedos que no nacen de lo que vemos, sino de aquello que una vez vimos y jamás pudimos olvidar.

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