Olor a dinero
Por: Feliciano J. Espriella
Miércoles 19 de agosto de 2026
La gasolina de diez pesos
Una frase condicional pronunciada por López Obrador en 2016 fue transformada en una promesa de campaña. La crítica al poder es indispensable, pero inventarle compromisos no cumplidos es amarillismo, no periodismo.
En las últimas semanas he leído por lo menos a tres columnistas repetir que Andrés Manuel López Obrador engañó a los mexicanos porque prometió que, al llegar a la Presidencia, bajaría la gasolina a diez pesos por litro.
No son los únicos. Desde diciembre de 2018, periodistas, comentaristas, conductores, usuarios de redes sociales y una muchedumbre de chayoteros, han repetido la misma versión hasta convertirla prácticamente en dogma de fe.
El problema es que los hechos exigen algo más incómodo que repetir consignas: exigen acudir a las fuentes y respetar el contexto.
El 20 de noviembre de 2016, durante el Segundo Congreso Nacional Extraordinario de Morena, López Obrador presentó los lineamientos del Proyecto Alternativo de Nación 2018-2024. Ahí expresó el compromiso de bajar los precios de las gasolinas, el diésel, el gas y la energía eléctrica. Y agregó:
“Si ya estuviésemos en el gobierno, si Morena estuviese gobernando México en estos momentos, la gasolina no costaría 14 pesos por litro; costaría, cuando mucho, lo que cuesta en Estados Unidos: 10 pesos el litro”.
La frase existe. Negarla sería tan poco serio como tergiversarla.
Pero una cosa es comprometerse a bajar el precio de los combustibles y emplear los diez pesos como referencia dentro de una afirmación condicional formulada en 2016, y otra muy distinta convertir aquello en la promesa específica de que, una vez presidente, vendería la gasolina a diez pesos el litro.
Puede parecer una diferencia semántica. No lo es. Para un periodista serio debería ser una distinción elemental.
Durante la campaña presidencial y después de asumir el gobierno, el compromiso reiterado por López Obrador fue que los combustibles no aumentarían por encima de la inflación. El 1 de diciembre de 2018, en el Zócalo de la Ciudad de México, lo formuló expresamente: los precios de las gasolinas, el gas, el diésel y la electricidad no aumentarían en términos reales; solamente se actualizarían conforme a la inflación.
Eso sí puede medirse.
Al concluir el gobierno de Enrique Peña Nieto, el 30 de noviembre de 2018, la gasolina regular tenía un precio promedio nacional de 19.31 pesos por litro. Actualizado conforme a la inflación acumulada desde entonces, aquel precio equivaldría actualmente a alrededor de 27.40 pesos, considerablemente más de lo que paga la inmensa mayoría de los consumidores.
En junio pasado, la Procuraduría Federal del Consumidor informó que 90 por ciento de las estaciones del país vendía la gasolina regular por debajo de 24 pesos por litro y que el promedio nacional se ubicaba en 23.68 pesos.
¿Significa esto que la política energética de López Obrador fue impecable? Por supuesto que no. Hay mucho que discutir sobre Pemex, Dos Bocas, los estímulos fiscales, la producción petrolera, las importaciones y el enorme costo de sostener determinada política de precios. Material crítico sobra. Lo que no debería faltar es rigor.
Porque el problema trasciende a López Obrador.
Un periodista puede ser opositor, simpatizante o feroz crítico de cualquier gobierno. Lo que no puede hacer, sin traicionar su oficio, es acomodar los hechos a sus preferencias y después repetirlos como dogma. Cuando una afirmación se reproduce durante años sin acudir a la fuente original, deja de ser periodismo y se convierte en propaganda, aunque quien la pronuncie se presente como paladín de la objetividad.
Resulta particularmente penoso observar a comunicadores que exigen precisión al poder mientras se conceden a sí mismos licencia para prescindir de ella. Critican “los otros datos” del político, pero fabrican alegremente los propios. Nada más cómodo que una mentira repetida, sobre todo cuando coincide con la línea editorial, genera aplausos y evita el extenuante trabajo de verificar.
López Obrador dijo muchas cosas cuestionables, incumplió compromisos y dejó abundante material para el escrutinio periodístico. No hace falta inventarle ninguno.
El periodismo serio comienza precisamente ahí: verificando incluso aquello que confirma nuestros prejuicios. Porque cuando el periodista sustituye la evidencia por la consigna, deja de fiscalizar al poder y empieza simplemente a competir con él en propaganda.
Por hoy fue todo. Gracias por su tolerancia y hasta la próxima.
