sábado, agosto 8, 2026

El heredero / Rosario Segura

Fecha:

Machincuepas

Rosario Segura

Sábado 8 de agosto de 2026

El heredero

Esa mañana, cuando el sol calentaba los techos y el té de manzanilla aminoraba los dolores, por fin, después de tres días de trabajo de parto, parecía que el octavo hijo de doña Naty vería la luz.

—Este será el último —había dicho la pobre mujer, quien, después de siete partos, y con las várices y los reumas que la aquejaban, ya no estaba para traer un hijo más al mundo.

En el quinto embarazo casi moría junto con la criatura, pero las buenas artes de la partera habían solucionado el problema. Así, medio tullida como había quedado doña Naty, todavía parió tres veces más y, al parecer, ahora sí llegaba el punto final a su obligación de traer hijos al mundo.

Había sido, además, el varoncito tan deseado por don Domingo, su marido, quien ese día dejó las labores a medio terminar en la milpa para correr a conocer al heredero que tanto había esperado.

Sin tocar la puerta y todavía cubierto de tierra por los trabajos del campo, llegó hasta la cama donde yacía su mujer, aún sin reponerse del esfuerzo ni de la hemorragia. Sin dirigirle una sola palabra, tomó al recién nacido entre sus brazos y lo revisó centímetro a centímetro, cerciorándose de que, en efecto, la naturaleza le hubiera concedido el hijo hombre que tanto había pedido.

Solo entonces respiró tranquilo.

Mandó traer a los músicos y ahí mismo, en el patio de la casa, comenzó la fiesta.

Mientras afuera sonaban los acordes y los hombres brindaban con el mejor bacanora que don Domingo guardaba celosamente en el fondo del ropero para una ocasión especial, adentro las mujeres corrían de la cocina a la recámara llevando agua tibia, sábanas limpias y cuanto remedio la partera recomendaba para detener el sangrado y bajar la fiebre de la parturienta.

Las hijas mayores preparaban la barbacoa a toda prisa para atender a los invitados que llegaban de todos los rincones del estado. Que al cacique del pueblo le hubiera nacido por fin un hijo hombre era un acontecimiento que nadie quería perderse.

La fiesta duró lo mismo que duró el alumbramiento y la recuperación de doña Naty, quien, cargando con sus “males propios de mujer”, como decía su marido, para el tercer día ya andaba de pie atendiendo a los visitantes.

Semanas después, el bautizo resultó todavía más fastuoso. La música llegó desde la capital, la casa y la iglesia se llenaron de flores, el arzobispo en persona ofició la misa, el bolo fue abundante y los abrazos tronadores.

Todo parecía anunciar que aquel niño estaba destinado a continuar el apellido y el poder de su padre.

Cuando aprendió a caminar, don Domingo comenzó a llevarlo a la milpa. Decía que la tierra era el mejor lugar para fabricar hombres. Quería enseñarle a sembrar, a ensillar caballos, a cargar costales y a empuñar el machete. Pero mientras el padre soñaba con heredarle surcos y ganado, el muchacho encontraba la felicidad en otras cosas.

Prefería quedarse en casa ayudando a su madre, jugar con sus hermanas, cuidar el jardín o pasar largos ratos viendo las mariposas revolotear entre las flores.

—Ese muchacho está muy chipileado —reclamaba don Domingo—. Tanto estar entre mujeres lo va a echar a perder.

Pero entre más intentaba endurecerlo, más evidente resultaba que había nacido con una ternura que ni el trabajo del campo conseguía borrar.

Los años hicieron lo suyo. Sus movimientos eran delicados, su voz conservaba una dulzura que desesperaba a su padre y sus mejillas se encendían como manzanas maduras cuando, aprovechando la ausencia de todos, abría la petaquilla de sus hermanas para probarse una blusa, un vestido o unas zapatillas gastadas.

Frente al espejo no fingía ser alguien más; simplemente parecía encontrarse consigo mismo.

El secreto duró hasta poco antes de cumplir diecisiete años.

Una tarde, don Domingo regresó antes de la milpa y lo sorprendió frente al espejo. No hubo explicación que alcanzara ni palabras que pudieran cambiar el destino.

Tomó la poca ropa que era suya, la arrojó al patio y le ordenó marcharse para no volver jamás.

Aquella noche el muchacho abordó el tren sin mirar hacia atrás.

Durante muchos meses aprendió que el mundo también podía ser tan duro como la sentencia de su padre.

Durmió donde pudo, hizo los trabajos que nadie quería y descubrió que, a veces, la vida termina regalándonos la familia que la sangre nos niega.

Meses después, una tarde polvosa, el tren de las cuatro, como de costumbre volvió a detenerse en mi pueblo. De uno de los vagones descendió una forastera.

Vestía pantalón vaquero ajustado, una blusa anudada a la cintura y unas chanclas de hule pata de gallo que anunciaban su llegada desde media cuadra. Se presentó simplemente como la Yoli. Dijo venir de muy lejos y dedicarse a vender fayuca.

En los pueblos las noticias siempre llegan antes que el tren. Muchos creyeron adivinar su historia, pero nadie volvió a preguntarle nada.

Su desparpajo, su risa contagiosa y esa facilidad para hacer amigas le abrieron las puertas de la calle Rosales.

Muy pronto las vecinas la esperaban para preguntarle qué había traído de la frontera: perfumes, cosméticos, telas, aretes, bolsas o cualquier cháchara capaz de alegrar la semana.

Si alguna muchacha no completaba para comprarse un perfume o unos aretes, la Yoli sonreía, le guiñaba un ojo y le decía que se los pagaría cuando pudiera. Más de una salió estrenando gracias a esa generosidad discreta que nunca hizo alarde de sí misma.

La Yoli encontró en aquel pueblo el hogar que le habían negado.

Con el tiempo dejó de ser la forastera para convertirse en una más de la calle Rosales.

Pero como suele suceder en los pueblos, nunca faltó quien intentara hacerla menos.

Cierta ocasión al pasar por la cantina un borracho, haciéndose el interesante, le lanzó un comentario cargado de desprecio con la intención de humillarla delante de todos.

La Yoli ni siquiera perdió la sonrisa.

Lo miró de arriba abajo, hizo una breve pausa y respondió con una sola palabra.

—Pior.

Las carcajadas fueron inmediatas.

Quien había querido ofender terminó siendo el hazmerreír de todos.

Desde entonces, cuando alguna situación podía empeorar o alguien quería poner punto final a una discusión con un poco de humor, en el pueblo comenzaron a repetir:

—Pior, dijo la Yoli.

Porque aquel heredero por el que un hombre hizo tocar música durante tres días nunca heredó las tierras, ni el ganado, ni el apellido que tanto presumía don Domingo.

Terminó heredando algo mucho más valioso.

El cariño de un pueblo entero.

Y aunque muchos de los que hoy repiten aquella frase ya no sepan quién fue la Yoli, ella sigue regresando cada vez que alguien sonríe y remata una conversación diciendo:

—Pior, dijo la Yoli.

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