Machincuepas
Rosario Segura
Martes 28 de julio de 2026
La casa donde siempre había café
*Hogar de los que iban de paso
En mi pueblo la hora no la marcaba el reloj. Existían pocos, sin embargo, todos sabían la hora.
Primero y a temprana hora, la iglesia con sus campanadas anunciaba la misa de seis. Para esa hora ya todos andaban en pie. El día iniciaba con el canto de los gallos, quienes de alguna forma marcaban el momento de levantarse al despuntar el día.
Después, la campanada de la escuela decía que eran las ocho, y si aún no estábamos en los patios corríamos antes de que el prefecto cerrara la puerta.
El pitido del tren entrando a la redonda, la estación del ferrocarril anunciaba las diez de la mañana y la hora de hacer un espacio en lo cotidiano para sentarse a tomar otro café mañanero. Pero este era especial, pues de alguna forma el tren y el café marcaban lo que seguiría de la rutina de ese día.
Para esa hora, mi madre junto con otras vecinas de la calle Rosales adelantaban, entre charla y mitote, lo que se prepararía al mediodía y, sobre todo, lo que entregarían a las cuatro de la tarde, cuando el tren pasaba de vuelta.
El primer pitido al entrar a la curva del arroyón daba tregua para despabilarse de la modorra y salir corriendo hacia la estación.
Cuando mi madre preparaba el lonche, siempre hacía de más. Si en el morral de mi tata ponía tres burros de papa con huevo o, en el peor de los casos, de frijoles con asientos, en el comal quedaban a la espera casi siempre más de una docena.
En los tiempos difíciles, cuando no alcanzaba para más, el comal daba espacio para tostar las tortillas que luego serían untadas con frijoles.
Esas eran intocables.
Estaban listas para “los trampitas” que, sobre el lomo de la Bestia, seguían su sueño hacia la frontera esperando cruzar al gabacho.
Desde abajo, aprovechando que el tren bajaba su velocidad, mi madre alzaba los brazos otorgando a hombres y mujeres desesperados aquellas bolsas de estraza con los lonches que en mi casa siempre aguardaban.
En algunas ocasiones “los trampitas” brincaban del tren para tomar un respiro en el pueblo mientras esperaban el siguiente, para continuar su camino.
Para muchos de ellos, mi madre y mi casa fueron hogar y esperanza. Curaba sus heridas físicas y calmaba las heridas del alma. Para ella eran una especie de hijos desesperados tratando de remediar la pobre vida que les había tocado vivir.
A veces eran totales desconocidos que sobre el lomo de la Bestia se habían convertido en familia, y en otras ocasiones eran familias carnales que estaban lejos, muy lejos del hogar.
Pero en mi casa siempre encontraban café caliente y un vaso de agua.
Mi madre, mientras les servía un taco, les decía:
-Que Dios los acompañe. Ojalá lleguen con bien-.
Les preparaba más tacos para el camino y entre las vecinas juntaba otra muda de ropa, pues algunos cargaban más miedo que equipaje.
Ella era quien hacía que algunos sintieran que, aunque fuera por unos minutos, habían llegado a casa.
Era como los mezquites del desierto: parecen discretos, pero sostienen mucha vida alrededor. Dan sombra sin anunciarla. Esperan sin exigir. Ayudan sin llevar la cuenta.
Años después, algunos regresaban rumbo al sur. El tren apenas disminuía la velocidad y ellos brincaban al terraplén.
No bajaban por comida.
Bajaban a saludar a mi madre.
Quizá por eso, cuando el tren volvía a pasar y alguien saltaba del vagón solo para verla, no era la comida lo que buscaban.
Buscaban a mi madre.
Buscaban a esa mujer que, entre café, tortillas con frijoles y palabras de bendición les recordó que, aun en los caminos más difíciles, todavía había bondad esperando.
Porque algunos nacen para tener una casa, pero otros nacen para convertirse en casa de los demás.
Y mi madre fue eso: el hogar de muchos que solo iban de paso.
