Machincuepas
Rosario Segura
Sábado 27 de junio de 2026
El pecado de la Lola
La Lola de Pancho Pacheco era una mujer chaparrita, de amplias caderas y poco frente, es decir poca pechuga, la cual parecía querer compensar con sus largos rizos que le llegaban exactamente a la altura del busto. Ella no salió buena para parir, decía su suegra como si la única función de una mujer en la vida fuera traer al mundo un titipuchal de chamacos.
La Lola parió dos veces y en cada una la nana Toña casi salía con cuentas mochas por no poder salvar a la mujer ni al crío. Sobre todo, con el primero, el cual, después de tres o cuatro días de trabajo de parto, vio por fin la luz del mundo. El chamaco nació regordete y prieto como su padre, mientras la Lola, exhausta y amarilla por la pérdida de sangre, apenas tuvo fuerzas para sostenerlo.
Sólo permaneció en cama los días necesarios para reponerse, y esos fueron dos, pues según su suegra y las amigas de ésta, el sanar no era motivo para quedarse acostada. Una mujer podía recuperarse colgada de un árbol si ahí la agarraban los dolores y después seguir cumpliendo con sus obligaciones.
Con el segundo vástago, que resultó ser una mujercita, le fue un poco menos mal. Como la niña venía de nalgas, la suegra sugirió que, con dolores y todo, se pusiera a hacer oficio para que la criatura cambiara de posición. Total, no era la primera ni la última mujer que tendría un alumbramiento complicado. Como ejemplo siempre mencionaba a una abuela suya que había parido veintidós buquis sin hacer gestos ni quejarse. Pero la Lola, según decía la vieja Pura, era muy exagerada y de todo se lamentaba.
La Lola no era del pueblo. Había llegado siendo muy chica junto con sus padres y, al ser hija única, recibió de su madre toda clase de cuidados. La mujer padecía una enfermedad de los pulmones y temía que su hija heredara aquel mal. Sin embargo, eso nunca impidió que la muchacha cumpliera con sus tareas y ayudara en todo lo necesario dentro del hogar.
Cuando se casó con Pancho Pacheco, el mecánico del pueblo, procuró tener siempre la casa como espejo. Todo estaba en su lugar y al hombre jamás le faltó una camisa limpia ni un pantalón bien planchado. Aunque para lograrlo dejara los pulmones en el lavadero de piedra, tallando la grasa y la mugre que el trabajo dejaba pegadas a la ropa de su marido.
Pero para la suegra aquello nunca fue suficiente. Ella quería más nietos, y en eso sí que la nuera le había fallado. Dos hijos eran muy poca cosa para una mujer joven y sana, según su manera de ver las cosas. Por eso Pura no tenía a la Lola en muy buena estima. Además, parecía competir con ella por la atención de Pancho, que era hijo antes que esposo y padre.
Con los años, la Lola terminó creyendo que aquella falta era realmente suya. De tanto escuchar que no servía para parir, acabó cargando esa culpa como quien lleva una piedra amarrada al cuello. Nunca respondía cuando la suegra la comparaba con mujeres que habían llenado la casa de hijos ni cuando le recordaba, delante de cualquiera, que dos criaturas eran una cosecha demasiado pobre. Bajaba la cabeza, apretaba los labios y seguía trabajando, convencida de que discutir sólo le traería más problemas.
Pancho tampoco ayudaba mucho. Cada vez que surgía alguna diferencia entre su madre y su mujer, encontraba la manera de ponerse del lado de la vieja Pura. Decía que ella tenía más experiencia, que sabía de la vida y que sólo buscaba el bien de la familia. Así, poco a poco, la palabra de la Lola fue perdiendo valor dentro de la misma casa que ella mantenía limpia, ordenada y en pie con el esfuerzo de sus manos.
La mujer vivía atrapada entre el deber y la resignación. Atendía a sus hijos, servía a su marido y soportaba los desplantes de la suegra sin esperar agradecimiento alguno. Su pecado, si es que podía llamársele así, había sido parir solamente dos veces. Y aunque nadie la condenó de manera abierta, la Lola sentía que aquella sentencia la acompañaba a todas partes, como una sombra silenciosa de la que jamás lograría desprenderse.
