Machincuepas
Rosario Segura
Sábado 6 de junio de 2026
Las Mujeres de la calle Rosales
La Luisa era una mujer que se distinguía de todas las otras vecinas de la calle Rosales por su gran estatura, aunque ahora que me pongo a pensar, todas aquellas mujeres tenían algo que las hacía distintas. La Clotilde Andrade, tenía la risa escandalosa, la Guillermina Cano el pelo colorado y la Lola de Pacheco aquella manera de caminar como si siempre anduviera enojada con el mundo. Pero la Luisa destacaba nomás de verla: flaca hasta parecer hecha de alambre y casi de dos metros de alto, con aquellos ojos rasgados y la piel amarillosa que delataban la sangre china que le venía de sus padres.
Sus padres habían llegado al pueblo mucho antes de que nosotros naciéramos. La gente decía que venían huyendo del hambre o de una guerra, aunque nadie sabía bien la historia completa porque los chinos de entonces hablaban poco y preguntaban menos. Se instalaron cerca de la estación y ahí hicieron su vida, trabajando como mulas hasta levantar casa y familia.
Y vaya que la Luisa formó familia.
Entre ella y Rogelio procrearon ocho hijos, puros hombres alborotados y una sola mujer: la Enriqueta. La muchacha había heredado la estatura de la madre, el pelo lacio y los ojos tristes del abuelo chino. Era callada igual que la Luisa, de esas personas que podían pasar horas enteras acompañándolo a uno sin necesidad de hablar.
La Luisa casi nunca descansaba.
Desde antes que clareara ya se oían ruidos en su casa. Primero el golpe seco de la leña, luego el rechinar del molino de mano y después el palmoteo de las tortillas naciendo entre sus manos largas y huesudas. Todo el santo día se le veía trajinando de un lado a otro: ya en la hornilla haciendo comida para aquella bola de muchachos, ya tostando café en el comal, cuando no lavando ropa de la chorcha o sentada frente a su vieja máquina Singer remendando pantalones.
El ruido de aquella máquina se escuchaba hasta detrás de la vía y a veces competía con el silbato del tren de las cuatro cuando, dando vuelta por el arroyón, anunciaba su llegada a la estación del pueblo.
Tac tac tac tac… Así sonaba la Singer durante las tardes enteras.
A la Luisa no se le conocían amistades. No porque fuera mala gente, sino porque nunca tenía tiempo. Las otras vecinas se sentaban por las tardes a platicar en las banquetas mientras bordaban los futuros limpia platos o limpiaban frijol, pero ella apenas salía para lo necesario.
Caminaba rápido, saludaba sin sonrisa y el mandado colgado del brazo, como si siempre trajera algo urgente esperándola en la casa.
Había aprendido de su madre a no desperdiciar nada. Los frascos vacíos servían para guardar manteca, los vestidos viejos terminaban convertidos en fundas de almohada y cualquier pedazo de tela acababa remendando ropa de trabajo. Decían las mujeres del barrio que los chinos tenían manos para hacer rendir el dinero y la Luisa les daba la razón sin darse cuenta.
A veces, mientras tostaba café, se quedaba mirando el humo como si recordara algo muy lejano. Tal vez pensaba en las historias que le contaban sus padres de aquel país al otro lado del mar que ella nunca conoció. Porque, aunque había nacido en el pueblo, siempre cargó encima eso de ser “la hija de los chinos”.
Y en aquellos años la gente nunca dejaba olvidar las diferencias.
Pero la Luisa parecía acostumbrada.
Nunca se le oyó pelear con nadie.
Nunca se le oyó quejarse.
Nomás trabajaba.
Una tarde mientras el pueblo dormía la siesta, la Enriqueta, la Toñita y yo jugábamos en el patio de la casa de la Toñita. En aquel tiempo uno podía pasar el día entero brincando entre corrales y árboles sin que nadie lo anduviera buscando a cada rato. Nuestro juego favorito era subirnos a los mezquites y quedarnos ahí como pájaros, cantando canciones o platicando tonterías mientras mascábamos pechitas tiernas.
Aquel mezquite crecía junto al trochil de los cochis. El corral estaba hecho con troncos viejos y estacas clavadas en la tierra, algunas chuecas por la humedad, pero todavía firmes como lanzas.
La Enriqueta era la más aventada de las tres.
Subía ligerito, como si no pesara.
Aquella tarde trepó más arriba de lo acostumbrado y comenzó a caminar sobre una rama gruesa que salía justo encima del corral.
—Mírenme nomás —nos gritó riéndose—. Ya mero toco el cielo.
Todavía me acuerdo del calor de aquella tarde. Las moscas zumbaban encima del lodo de los cochis y el aire olía a tierra caliente y a ramas secas.
La Enriqueta quiso avanzar un poco más agarrándose de una rama delgada.
Entonces pasó.
La rama tronó apenas y luego su cuerpo resbaló de golpe. Alcanzó a manotear en el aire queriéndose detener, pero todo fue rapidísimo. Cayó dentro del corral con un ruido seco.
La Toñita y yo bajamos del árbol raspándonos piernas y manos.
Y cuando llegamos abajo vimos a la Enriqueta atravesada sobre una de las estacas.
Por un instante ninguna entendió lo que estaba viendo.
La madera le había cruzado parte del muslo y la sangre comenzaba a correrle por las piernas empapándole el vestido. La Enriqueta no gritaba. Estaba pálida, con los ojos medio abiertos y la boca temblándole apenas, como si el dolor viniera de muy lejos.
Entonces gritamos nosotras.
Los gritos despertaron a la Guillermina y luego salieron otros vecinos. Todo el mundo hablaba al mismo tiempo. L
os cochis chillaban espantados y las gallinas corrían levantando tierra por todo el patio.
Alguien salió corriendo a avisarle a la Luisa.
No tardó mucho en llegar.
Me acuerdo verla entrar al patio junto con Rogelio y otros hombres. A pesar del apuro, no lloraba. Se veía más alta que nunca, flaca como un carrizo y con aquella cara seria que parecía hecha de piedra.
Cuando vio a la Enriqueta nomás se le movieron tantito los labios.
Luego se metió al corral sin pensarlo.
Con una fuerza que nadie hubiera imaginado en aquella mujer tan delgada, abrazó a su hija por encima de la sangre mientras Rogelio y los otros hombres trataban de cortar la estaca para poder sacarla.
La Queta, inconsciente como trapo viejo, apenas soltaba un quejido suave, como venido de otro mundo.
Y la Luisa seguía ahí.
Sosteniéndola.
Sin llorar. Sin gritar.
Como si toda la fuerza del mundo le hubiera caído encima de los hombros.
Después de aquel accidente la Queta duró meses sin poder caminar bien. La Luisa pasó noches enteras sentada junto a su cama cambiándole vendas, bajándole la fiebre con trapos mojados y espantándole moscas mientras la muchacha dormía.
Y aun así nunca dejó de trabajar.
Por las mañanas seguía oyéndose la Singer. Como si aquella máquina fuera el corazón mismo de la casa.
Con los años muchos se fueron del pueblo. El tren dejó de pasar y la calle Rosales ya nunca volvió a ser igual.
Las vecinas se murieron o se mudaron con los hijos y las casas fueron quedando vacías.
Pero yo todavía me acuerdo de la Luisa sentada junto a la ventana, remendando pantalones bajo la luz amarilla de la tarde.
Callada.
Alta.
Inquebrantable.
Mientras el pueblo entero seguía su vida allá afuera.
