miércoles, mayo 20, 2026

La ramada del Güerito / Rosario Segura

Fecha:

Machincuepas

Rosario Segura

Miércoles 20 de mayo de 2026

La ramada del Güerito

La Licha, la del güero lechero, era mujer de mucho trabajar. Tenía tres hijos: el Güerito, que quién sabe cómo se llamaba de verdad porque en el pueblo nomás por güero lo conocían; la Anita, llorona y embustera como ella sola, de esas criaturas que uno apenas les alzaba la voz y ya andaban diciendo que las habían pellizcado; y el Chito el más chico, que creció medio de ladito entre tanto argüende casi ni cuenta se daban de él.

La Licha vivía entregada a los quehaceres de la casa; el marido, a la milpa y las vacas; la Anita, a la escuela y al chisme; y el Güerito… pues el Güerito andaba entregado a los negocios y a la vida, que para eso sí salió vivo.

La escuela nunca le gustó. Decía que los cuadernos no daban de comer y que era mejor aprender a mover las manos que llenar planas. Pero si algo tenía aquel muchacho era maña para sembrar. Lo que aventaba en la tierra, pegaba. Chile, tomate, cebolla, calabaza… hasta una rama seca parecía agarrar raíz nomás porque él la enterraba.

En el solarón de la casa, que parecía más monte que corral, tenía sus hortalizas bien acomodadas. Vendía en la verdulería y también a domicilio. Ya cuando caía la tarde empezaban a llegar clientes a tocarle la puerta.

Unos compraban tomates, otros un manojo de cilantro… y otros quién sabe qué, porque salían muy contentos y con los ojos medio pipisquis.

Allá mero al fondo del patio, escondida entre ramas de mezquite y un viejo palo fierro que daba buena sombra, el Güerito armó una ramada con cartones, costales y tela de guangochi. Ahí se metía por horas enteras y nadie tenía permiso de entrar. Ni la Licha. Y eso ya era mucho decir.

Con los meses, el muchacho empezó a cambiar. Siempre andaba sonriendo solo, como si trajera un chiste guardado en la cabeza. Se reía hasta de las moscas pegadas en la cola del toro y hablaba despacito, mirando pa’ quién sabe dónde. La gente decía:

—Ese muchacho parece que comió toloache ya se nos fue pa’ la luna.

Pero lo raro no era él. Lo raro fue que los demás jóvenes del pueblo empezaron igual: todos atarantados, con los ojos colorados y una flojera que ni pa’ barrer el patio servían. Los padres juraban que era culpa del pisto de la Carmen de Pablito o de aquella cerveza de barril que vendía el Jito, que sabía más a medicina que a cerveza.

Fueron y los denunciaron.

Los policías, muy responsables ellos, hicieron su investigación a conciencia: tres días seguidos tomando bacanora, en que la Carmen y cerveza en la cantina, hasta quedar viendo doble. Al final concluyeron que no, que aquellas bebidas no tenían la culpa del apendejamiento colectivo.

Entonces el comandante, ya preocupado porque medio pueblo andaba hecho menso, pidió apoyo a la capital. A los pocos días llegaron federales, soldados y hasta uno que cargaba libreta y se creía detective.

Catearon casas, corrales y cuartos de tiliches. Buscaban tónicos raros, yerbas del demonio o quién sabe qué menjurje culpable de la desgracia juvenil.

Cuando llegaron a casa de la Licha, sacaron del ropero una botella de bacanora curado con bellotas, uva lamas, albahaca y romero.

—Eso es pa’ las reumas — dijo la Licha, persignándose. Con eso me sobo las piernas. Los soldados la olieron, hicieron muecas y siguieron buscando.

Y fue entonces que dieron con la ramada.

A punta de culatazos tumbaron cartones, costales y maderas, hasta dejar al descubierto el gran tesoro del Güerito: unas matas verdes, olorosas y bien cuidaditas que no eran precisamente cilantro.

Dicen que los soldados arrasaron con todo. Pero también dicen —y eso lo cuenta la gente que vio salir el convoy— que aquellas plantas las envolvieron con mucho cariño en los mismos cartones que les servían de techo y se fueron bien contentos, más sonrientes de lo normal.

Así quedó el asunto: el pueblo siguió con sus muchachos atontados, el Güerito se quedó sin negocio y las autoridades del municipio nomás mirando, con un palmo de narices y sin entender todavía dónde había estado el verdadero negocio del muchacho.

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