Machincuepas
Rosario Segura
Martes 12 de mayo de 2026
La que no se amarra
En el pueblo le decían simplemente así: la que no se amarra. Y con eso bastaba. No hacía falta nombre completo ni explicaciones, porque todos sabían de quién hablaban cuando la veían pasar, con su paso firme y esa forma suya de mirar como si el mundo no tuviera dueño.
La Queta, mujer de lengua suelta y voluntad de acero, siempre vivió como quiso y no como mandaban las buenas costumbres del pueblo, que para entonces eran más pesadas que el calor de mediodía. A ella nunca le quitó el sueño usar pantalones —los vaqueros de mezclilla que dejaban sus hermanos cuando ya les quedaban chicos o pochis— ni cambiar de novio como cambiaba de peinado. Porque eso sí: con su abundante cabellera negra, unas veces se la dejaba suelta, revuelta por el viento y el polvo, y otras se la recogía con prisa, dejando ver esa cara angulosa, afilada, como hecha para no agachar la mirada ante nadie.
Era distinta a todas las mujeres que uno conocía en ese tiempo. Libre como el viento que corre entre los mezquites sin pedir permiso, decidida como las lluvias de agosto que caen de golpe, sin avisar, y se llevan de paso lo que encuentran mal parado. Así era la Queta: de llegar y trastocar el aire, de irse y dejar a todos hablando de ella como si hubiera pasado un remolino.
Hermana de mi tía Lola, la cuñada de mi madre, la Queta era de esas personas que nadie terminaba de entender, pero que todos recordaban. Nunca supe bien a qué se dedicaba; parecía que su vida se le iba entre el rancho, el pueblo y el lejano Puerto Peñasco, como si no pudiera estarse quieta en un solo lugar. Lo cierto es que cada vez que aparecía traía consigo historias nuevas, un novio distinto y, con el tiempo, también un hijo más, como si la vida se le fuera multiplicando sin pedirle permiso.
En el pueblo decían muchas cosas de ella. Que si estaba mal de la cabeza, que si no tenía vergüenza, que si una mujer decente no hacía eso. Pero también, aunque no lo dijeran en voz alta, había quien la miraba con cierta envidia, como se mira a los pájaros cuando cruzan el cielo sin darle cuentas a nadie. Porque la Queta hacía lo que quería: hablaba fuerte, soltaba carcajadas o gritaba sin medida, entraba a la cantina empujando la puerta como cualquier hombre y se paraba frente a la mesa de billar con una seguridad que ya quisieran muchos. Y jugaba bien, eso sí, con pulso firme y mirada clara.
No le preocupaba verse femenina ni delicada; esas eran cosas de otras. Ella era más bien de pisar recio, de ensuciarse las manos, de decir lo que pensaba sin darle vueltas. Y aun así —o tal vez por eso— nunca le faltaba quien la quisiera de cerca, aunque pocos aguantaran el paso.
Porque la Queta no era fácil de seguir. Tenía algo inquieto por dentro, como si el mundo le quedara chico o como si el silencio le pesara demasiado. En esos tiempos nadie hablaba de esas cosas; no había nombres para lo que a algunos les revoloteaba en la cabeza o en el pecho. Se decía nomás que eran así, que así habían salido, y con eso bastaba. Y tal vez por eso, porque no había etiquetas ni diagnósticos, la Queta vivía sin preguntarse demasiado, dejándose llevar por lo que sentía en el momento, aunque luego vinieran las consecuencias.
Y, sin embargo, un día se enamoró. Del único hombre con el que llegó a casarse. Dicen que al principio la vieron distinta, más quedada, como si hubiera encontrado un lugar donde por fin descansar el alma. Por un tiempo pareció que sí, que el amor la había sentado, que ahora sí iba a hacer vida como las demás, con casa, marido y rutina.
Pero la Queta no estaba hecha para eso.
No tardó en darse cuenta de que el amor, cuando se vuelve costumbre, también aprieta. Que la casa, cuando se cierra mucho, empieza a sentirse como corral. Y ella no era animal de encierro. Así que un día, sin hacer mucho ruido —o tal vez haciéndolo como siempre, a su manera—, dejó al marido y siguió su camino con otro, o con ninguno, que para el caso era lo mismo.
Se fue como llegaba: sin pedir permiso, sin dar explicaciones, con esa forma suya de cortar de tajo y volver a empezar en otra parte. Porque la Queta no sabía quedarse, y quizá tampoco quería aprender.
Y así siguió, entre caminos de tierra, casas prestadas y amores que duraban lo que tenían que durar. Dejando hijos, historias y un rastro de polvo que todavía, a veces, parece levantarse cuando alguien la recuerda.
Porque hay mujeres que no nacieron para pertenecer a nadie ni a nada. Mujeres que son como el viento del desierto o como la lluvia brava de agosto: llegan, sacuden, dejan marca… y se van. Sin cadena, sin culpa, sin mirar atrás.
Y la Queta, eso sí, nunca fue infeliz. A su modo, la que no se amarra, la libre, la “pajuela”; con sus enredos y sus tempestades por dentro, vivió ligera. Como si el mundo, en lugar de pesarle, apenas le rozara y lo que de ella dijeran no le preocupara.
