jueves, abril 23, 2026

El Juaneras (antes de que el pueblo lo volviera historia) / Rosario Segura

Fecha:

Machincuepas

Rosario Segura

Jueves 23 de abril de 2026

El Juaneras (antes de que el pueblo lo volviera historia)

En los pueblos, la memoria no se escribe: se murmura. Y en esos murmullos vive la historia de la Carmen de Pablito, mujer viuda que cargó la vida como pudo, con tres hijos que parecían tres formas distintas de la misma desgracia.

La Angelina, muda desde niña, aprendió a hablar con las manos y con la mirada, como si el silencio fuera su única herencia segura. El Pablito, con su cuerpo detenido en la inocencia de unas piernitas que apenas sostenían la cabeza —más ajena que propia— vivía en otro tiempo, uno donde el dolor no siempre entiende de palabras ni de preguntas.

Y el tercero… el Juaneras, que venía a ser el más “completo” de los tres, aunque en él la vida se desajustó de otra manera: un tornillo flojo, dicen unos; el alcohol, dicen otros; la pura tristeza bien fermentada, dirían los que lo conocieron de cerca.

Así creció el Juaneras, entre la carencia y la costumbre de sobrevivir. Fue a la escuela, como van los niños que todavía no saben que la escuela también es una forma de destino. Pero se aburría. Las letras no le hablaban, los números no le alcanzaban, y el mundo sentado en pupitre le quedaba demasiado quieto para su vida inquieta. Un día dejó de ir, como si dejar la escuela fuera tan simple como dejar de crecer en un punto y empezar a crecer en otro.

Desde joven se le veía en lo suyo: hacer mandados, cargar encargos, barrer patios traseros, ir y venir como si el pueblo lo hubiera contratado sin contrato ni sueldo, pero con obligación moral. Cuando el alcohol no lo vencía a media calle, caminaba cantando a todo pulmón las de Antonio Aguilar, Irma Serrano o Chayito Valdés, como si en esas letras encontrara un orden que la vida nunca le dio.

Se enamoró una vez, o eso creyó él. Ella, en cambio, lo miraba como se mira a un niño que insiste en jugar a ser grande. Se reía de sus detalles, de sus intentos de quedar bien, de sus regalos raros a veces, pero sinceros.

Y esa risa, que para otros habría sido simple burla, en el Juaneras se le quedó pegada como se quedan las cosas que nunca se saben soltar del todo. Desde entonces, el amor en él no volvió a ser promesa: fue recuerdo mal acomodado.

El pueblo lo quería… a su manera. Es decir: lo necesitaba, pero no lo respetaba. Lo llamaban cuando hacía falta, se reían cuando pasaba, y lo olvidaban cuando dejaba de ser útil. Esa es una forma muy antigua de cariño, de esas que duelen, aunque uno no lo admita.

Los fines de semana, cuando el trago se le pasaba de la raya y el mundo se le ponía de canto, el Juaneras terminaba tras las rejas de la cárcel del pueblo por pleitos menores, discusiones sin fondo y orgullos mal defendidos afuera de la cantina. No duraba mucho ahí dentro. En los pueblos la justicia también es breve: se encierra lo suficiente para calmar el ruido, no para cambiar a nadie.

Y, sin embargo, en medio de su desorden, el Juaneras tenía momentos que incomodaban. Porque a veces —entre la cruda, el canto y la risa tosca— soltaba frases que no parecían suyas. Cosas simples, pero filosas.

Verdades sin barniz. Comentarios que dejaban callados a los “serios” del pueblo, como si por un segundo el que no entendía nada estuviera entendiendo todo.

Era ahí donde el pueblo prefería regresarlo a su lugar: el de “loco simpático”, el “borrachito bueno”, el que sirve para el mandado, pero no para la reflexión. Porque aceptar que el Juaneras pensaba, aunque fuera a su manera, era demasiado peligroso. Significaba admitir que la cordura no siempre anda bien vestida, ni sobria, ni con cargo público.

Así fue creciendo: entre la tragedia de su casa, el silencio de su hermana, la inmovilidad de su hermano, y la propia deriva de su existencia. Y tal vez por eso el Juaneras aprendió algo que nadie le enseñó: que en el pueblo todos sobreviven, pero pocos miran de frente.

Por eso reía, por eso cantaba, por eso bebía. Y por eso también, sin proponérselo, decía verdades que dolían más que una borrachera mal curada.

Y mientras el pueblo seguía su vida —entre trabajo, chisme y costumbre— la Carmen de Pablito siguió haciendo lo único que nunca dejó de hacer: sostener lo que quedaba de una familia donde la felicidad nunca fue visitante, ni siquiera de paso.

El pueblo lo apreciaba, sí… pero a distancia. Lo desdeñaba, sí… pero lo usaba. Y en esa contradicción vive el Juaneras, como viven los personajes que no caben en la historia oficial: sirviendo para todo, menos para ser tomados en serio.

Hasta que un día —como pasa en los pueblos donde todo parece juego hasta que deja de serlo— poco antes de las elecciones a Presidente Municipal, alguien decidió que ese hombre podía ser candidato.

Y entonces la risa cambió de peso.

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