viernes, abril 17, 2026

Pablito, el hijo de la Carmen: guardián de un mundo pequeño / Rosario Segura

Fecha:

Machincuepas

Rosario Segura

Viernes 17 de abril de 2026

Pablito, el hijo de la Carmen: guardián de un mundo pequeño

El Pablito, el segundo hijo de la Carmen de Pablito, también nació con un problema: no creció como los demás. Se quedó chiquito, con las piernas cortas, los brazos cortos y la cabeza grande, como si su cuerpo se hubiera quedado a medio camino. Caminaba con dificultad, dando pasitos inseguros, como si el suelo no fuera del todo confiable.

La mayoría de las veces prefería arrastrarse para llegar más rápido al huerto que tenía la casa por la parte de atrás, único lugar donde se movía y disfrutaba de estar, y donde podía pasarse horas tirado bajo el naranjo, jugando con las hormigas que pasaban a un lado, como sacándole la vuelta para no molestarlo.

Su única compañía en ese lugar siempre fue el Pinto, un perro que, como él, también caminaba con dificultad desde la tarde en que fue atropellado por uno de los tres carros que circulaban por el pueblo.

Por eso tal vez el Pablito y el Pinto se entendían. Hablaban el mismo idioma y compartían la indiferencia de los demás. Su madre, cargada siempre de trabajo, se sentía tranquila de saber siempre el lugar donde se encontraba su hijo, sin correr peligro alguno.

Con el tiempo, el huerto se volvió su mundo entero.

Ahí aprendió a medir los días por la sombra del naranjo, que se alargaba despacio como si también estuviera cansada. Aprendió a reconocer el paso del tiempo en la caída de las hojas, en el zumbido de los insectos, en el calor de la tierra. Las hormigas dejaron de ser solo compañía: se volvieron su rutina, su forma de entender que algo, aunque pequeño, siempre seguía en movimiento.

Y el Pinto, echado a su lado, completaba ese mundo.

Pero un día el Pinto no se levantó.

Desde la tarde anterior ya se le veía más cansado. Apenas si siguió a Pablito hasta el naranjo y se echó antes de tiempo, con un suspiro largo, como si algo dentro de él ya supiera. Pablito se arrastró hasta quedar a su lado y le puso la mano sobre el lomo. Sintió su respiración lenta, cada vez más bajita… hasta desaparecer.

Al amanecer, el huerto ya no era el mismo.

Pablito le habló en su idioma, ese que no tenía palabras. Le empujó el hocico con cuidado. Esperó. Pero el Pinto ya no respondió.

Entonces lloró.

Un llanto torcido, quebrado, que no parecía de niño ni de hombre. Se quedó abrazado al cuerpo del perro, como si al apretarlo pudiera devolverle el calor.

Desde la muerte del Pinto, el Pablito ya no volvió a ser el mismo.

Se acostaba bajo el naranjo desde que amanecía, en el mismo lugar donde el perro había dado su último suspiro. Ya no seguía la sombra ni el paso del día. Se quedaba ahí, fijo, como si el tiempo no tuviera prisa.

Las hormigas siguieron llegando.

Pero ahora, cuando se acercaban, Pablito las aplastaba. Una por una. Sin enojo, sin prisa, sin juego. Como si buscara algo en ese gesto que no alcanzaba a entender. Como si en ese pequeño crujido hubiera una respuesta que nunca llegaba.

De su boca salían sonidos bajos, enredados. Balbuceos que querían ser llanto, pero se quedaban atorados en la garganta. Un dolor sin forma.

La Carmen lo escuchaba desde la casa. Con los días entendió que eso no era un llamado. Era otra cosa. Algo más hondo.

Y dejó de interrumpirlo.

Con el tiempo, los balbuceos se fueron haciendo más bajos.

Hasta casi desaparecer.

Su mano también se fue cansando.

Las hormigas volvieron a pasar sin que él las detuviera.

Le subían por los dedos, por el brazo, y él ya no reaccionaba. Solo miraba, sin seguirlas.

El huerto siguió creciendo.

Las naranjas maduraron, cayeron, se pudrieron en la tierra. Las hojas se amontonaron alrededor de su cuerpo pequeño, que cada vez se movía menos. El lugar que antes cuidaba empezó a desordenarse, como si también hubiera perdido a quien lo miraba.

La Carmen lo seguía encontrando ahí.

Más flaco. Más callado. Más lejos.

A veces intentaba levantarlo, llevarlo adentro. Pero era como cargar algo que ya no estaba del todo ahí.

Terminaba dejándolo otra vez bajo el naranjo, acomodándole la cabeza con cuidado.

Una tarde se dio cuenta de que ya no lo escuchaba.

Se asomó desde la puerta.

Ahí estaba.

En el mismo lugar de siempre.

Con los ojos abiertos, mirando hacia las ramas del naranjo, donde la luz se colaba en pedazos pequeños.

Una fila de hormigas cruzaba despacio junto a su mejilla.

No se movió.

La Carmen no gritó.

Solo se quedó mirándolo desde lejos.

Y el huerto, por primera vez en mucho tiempo, se quedó completamente en silencio.

El Pablito, pequeño y quieto bajo el naranjo, terminó de volverse parte de la tierra que nunca dejó.

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