jueves, abril 9, 2026

Les voy a contar un cuento… Mi arbolón y yo / José María Cerecer Sánchez

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Por José María Cerecer Sánchez

(Lios inchaniabo, Ketchemalella)

Jueves 9 de abril de 2026

Les voy a contar un cuento… Mi arbolón y yo

Así le llamaba, estaba plantado en el límite del traspatio donde terminaba la casa y sepa Dios quien lo plantó, no fuimos ni mi madre ni yo.

Este colindaba con la casa de la familia Borquez Garcés de aquel mi primer barrio, yo era apenas un mocoso de 8 o 9 años que quería cazar pájaros con mi resortera (tirador)

Los Artee, eran otra familia de mi segundo barrio el patio trasero de su casa colindaba con el callejón Cuba por donde ya vivía, al que nos cambiamos dejando detrás a la otra casa donde estaba mi arbolón.

Ellos, los Artee, muchos viernes, se juntaban en el patio grandes y chicos, yo veía un buen relajo y un día me acerqué, la puerta que estaba abierta, don David el jefe de la familia juntaba y acomodaba en una gran mesa, doña Elenita la matriarca sentada en su poltrona de patrona observaba y con su mirada autorizaba, alguien asaba carne, ahí estaba el “chori” un chamaco de mi edad, su padre le decía así por chaparrito,  en inglés shorty, lo saludé y me dijo pásale, ¿qué hacen?, hacemos maletas y atados con las carpas y los rifles vamos mañana muy temprano de cacería, ¿Qué cazan?, venado, ¡ah!.

Y yo también quería ir de cacería, casualmente ya tenía la horqueta que había cortado de un viejo árbol de guamúchil, que estaba en el baldío donde después construiría el restaurantero Juan “Rurico” López lo que hoy es Restaurante El Bronco; cercené la “lengua” de unos viejos zapatos de cuero de mi padre para amacizar las piedras, conseguí unos hules de “cámaras” de llantas viejas que corté convenientemente con unas tijeras que tomé de la máquina de coser de  mi madre doña panchita, se estiraban maravillosamente y enseguida lengua, hules y  horqueta los fijé fuertemente con ligas, quedando muy bien, profesionalmente diría; en el traspatio de mi casa practiqué mis tiros contra uno tambos de Milo y Choco Milk, además le atiné a unas botellas de Gerolan y de emulsión de Scott, todos enveses desocupados porque si no… esto a 8 metros de distancia, ya estaba listo.

Solo que al arbolón, no llegaba ni un solo pájaro para matar y es que las gallinas de mi mamá se subían a dormir ahí, me los “espantaban” y ni modo de apedrear a las gallinas, me hubiera ido “como en feria” con mami, de tal manera que al arbolón lo convertí en árbol off.

Pero había que salir de cacería ¿A dónde?, el monte estaba muy lejos, hasta allá solo iban los más grandes del barrio, el Diego, el Rodolfo, el Wuaye y el Pedazo, yo había visto en la zona norte de la ciudad grandes árboles plagados de pájaros, tantos que armaban una algarabía al amanecer o cuando se iban a dormir, no lo pensé dos veces, escogí la tarde, tomé mi resortera y sin decirle nada a nadie, agarré camino.

Me fui por la calle Coahuila, siempre hacia el norte, llevaba mi tirador y piedras suficientes para aguantar un buen rato disparando, esos pajarracos iban a conocer mi puntería.

Durante el camino me ponía abusado volteando mirada para todos lados, pero no aparecía ningún árbol “cargado” de pájaros y hacerlos mis víctimas como yo lo veía en mi retorcida e infantil mente.

Así llegue a la gran calle Náinari, me dirigí a la esquina nor-oeste con Coahuila, ahí era la espléndida casa de don Fracisco (Pancho) Obregón, hoy es el Museo Sonora en la Revolución (MUSOR), y el árbol creo que ahí permanece todavía, este sí que era un gigante arbolón super cargado de pájaros, pardeaba y ya se traían un escándalo; saqué mi tirador, preparé, apunté y dese la banqueta tiré y pácatelas que le doy un pájaro zanate, no lo hubiera hecho, le pegué en el pecho, el zanate cayó al césped aleteando pero haciendo un tremendo escándalo, era tan grande su estridencia que hasta me apené, ya cállate le decía en voz baja y este más gritaba, me reclamaba, yo le escuchaba decir “por qué me atacas insensato”, baja la voz le suplicaba, yo temía que don Francisco saliera de su casa y me reprendiera poniéndose del lado del pájaro prieto y no lo hubiera culpado, afortunadamente no salió; el pájaro prieto como que se alivianó, yo mejor me fui con un “patitas para cuando las quiero”, ya no supe más, llegué a mi casa corriendo, guardé el tirador y ya nunca más lo volví a usar, un cazador menos en la ciudad.

El canijo Chanate me gritaba, yo no sabía que son muy ruidosos, que emiten una amplia gama de sonidos ásperos, estridentes, chasquidos y silbidos más fuertes que los graznidos del cuervo, con esos gritos se comunican, defienden su territorio y hasta cortejan a las pájaras los muy canijos, les encantan las zonas urbanas y lanzan tonos que son llamadas de alarma.

Con razón este infernal bicho me reclamaba tan fuerte, que me dejó en calidad de cazador retirado, tampoco sabía lo que era un zanate mexicano, un Qiscalus Mexicanus, picho o urraca, un ave paseriforme de plumaje iridiscente, mi víctima era un macho por su color negro, (la hembra es café) y para mi desgracia es inteligente, sociable y ruidoso y que los Nahuatl les decían Tzanatl, si hubiera sabido todo eso antes, no le tiro con mi tirador.

En mi arbolón, no perdí ninguna inocencia, nunca me quiso decir mira estoy llenó de nidos, tenía más bien gallinas cacareadoras y gallos bravos que las defendían, en mi arbolón tampoco yo hubiera cazado una celebridad de estas, no tuve regresos a menudo pues en mi largo viaje solo de ida el pasaje, no fue con plena conciencia pues mi padre dijo vámonos y nos fuimos y sí, me llegó la ausencia, nada más por eso no pudimos tener recuerdos mi arbolón y yo.

Ya no lo volví a ver, uno o un par de años después nos cambiamos de casa allá cerca de los Artee y al poco tiempo llegó Comisión Federal de Electricidad (CFE), tumbó la casa, tumbó mi arbolón para construir un centro de atención a clientes, este se localiza en la esquina nor-este de las calles Guerrero y 5 de febrero en Ciudad Obregón, donde fue primer mi barrio.

Chiocoeutesia into Tibetne

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