jueves, abril 16, 2026

La Carmen de Pablito / Rosario Segura

Fecha:

Machincuepas

Rosario Segura

Sábado 4 de abril de 2026

La Carmen de Pablito

En mi pueblo donde el polvo se levantaba antes que el sol y las esperanzas llegaban siempre tarde, otra vecina era la Carmen de Pablito. Así la conocían todos, por la herencia que le dejó su difunto marido y ya saben las mujeres hasta hace poco necesitaban colgarse de un nombre para existir.

Viuda desde joven, cargaba con tres hijos como quien carga un costal que no puede soltar. La Angelina, la mayor. Luego el Pablito. Y al último, el Juaneras.

La Carmen no tenía tiempo para el llanto. Desde que clareaba el día ya estaba con las manos metidas en agua fría, restregando ropa ajena, planchando camisas que nunca serían para sus hijos, remendando pantalones que no verían sus rodillas gastadas. Cuando no lavaba, hacía tortillas; cuando no hacía tortillas, barría, acarreaba agua o aceptaba cualquier encargo que dejara unas monedas. Todo servía, todo era urgente porque todo faltaba.

De los tres hijos, decían que la única que no había nacido enferma era la Angelina. Pero tampoco era cierto del todo. Nunca habló. Nunca pudo.

—Nació sorda muda— decía la nana Toña, la misma que los había recibido a todos en este mundo con manos firmes y mirada cansada.

La Angelina creció en silencio, con unos ojos grandes que parecían entender más de lo que cualquiera podía decir.

El Pablito, en cambio, no creció como los demás. Se quedó chiquito, con las piernas cortas, los brazos cortos y la cabeza grande, como si su cuerpo se hubiera quedado a medio camino. Caminaba con dificultad, dando pasitos inseguros, como si el suelo no fuera del todo confiable.

Y el Juaneras… bueno, el Juaneras estaba completo, pero así como que muy completo, tampoco.

—Se le vota un tornillo— decía la gente sin malicia, como quien habla del clima.

Aun así, era el que más se movía. Hacía mandados, cargaba cosas, iba y venía por lo que fuera. Lo que le pagaran, mucho o poco, lo gastaba casi siempre en la cantina. A veces trabajaba ahí mismo, limpiando mesas, recogiendo vasos, y de paso bebiéndose lo que quedaba en ellos, como si así pudiera completar algo que le faltaba por dentro.

La Carmen los veía crecer como ramas sueltas, sin guía, sin forma, cada quien torcido a su manera. Pero no había tiempo para corregir destinos cuando apenas alcanzaba para sobrevivir el día.

Nunca se le veía platicando con las vecinas. No se sentaba en las banquetas ni compartía chismes. Su mundo era su casa, y su casa era trabajo.

Hasta que un día alguien —nunca se supo bien quién— le dio una idea.

—Ponte a vender “pisto”, Carmen— le dijeron. Eso deja.

Y dejó.

Desde entonces, la cocina de su casa dejó de oler solo a tortillas y leña, y empezó a oler a alcohol, a risas pesadas y a conversaciones que se olvidaban al amanecer. La mesa donde antes se amasaba la masa se llenó de vasos. La puerta ya no se cerraba temprano.

La casa se volvió otra cantina más del pueblo.

Al principio, la Carmen dudó. Pero pronto entendió que el dinero rendía más. Ya no tenía que matarse tanto para juntar lo del día. Y aunque el ruido llenaba los espacios que antes eran silenciosos, también llenaba la olla de los frijoles.

Fue ahí, entre botellas y hombres, donde la Angelina empezó a mirar de otra forma el mundo.

Y donde alguien empezó a mirarla a ella.

Era Miguel, el hijo del Monchi. Un chamaco avispado, de esos que aprenden rápido dónde está la oportunidad.

Trabajador, decente dentro de lo que cabía en el pueblo, y con esa chispa que hacía que la gente confiara en él.

Al principio iba con su padre, como tantos otros. Se sentaban, pistiaban, se reían. Pero con el tiempo, Miguel empezó a quedarse más rato. No por el bacanora.

Por la Angelina.

Ella no hablaba, pero tampoco le hacía falta. Sus manos, sus ojos, su manera de estar, decían lo suficiente. Miguel empezó a entenderla sin palabras, y eso, en un lugar donde todos hablaban de más, era casi un milagro.

Pasaron los meses.

Y un día, sin mucho anuncio, Miguel se llevó a la Angelina.

Así, como se llevan las cosas que uno quiere para quedarse.

Ni la Carmen ni el pueblo dijeron nada en contra. Al contrario.

—Qué bueno— decían—. De otra forma, esa muchacha no hubiera encontrado marido.

La Carmen los vio irse sin lágrimas. No porque no le doliera, sino porque en su vida el dolor nunca tuvo espacio para detenerla.

Se quedó en la puerta, con las manos todavía oliendo a masa y alcohol, mirando cómo su hija se alejaba hacia algo que, con suerte, sería mejor.

Dentro de la casa, el ruido seguía. El Juaneras reía en algún rincón, el Pablito se movía despacio entre sombras conocidas.

Y la Carmen, sin decir nada, regresó a la cocina.

Porque al final, en ese pueblo donde todo faltaba, lo único que nunca se acababa era la necesidad de seguir.

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