viernes, marzo 13, 2026

La luz que no era eléctrica / Rosario Segura

Fecha:

Machincuepas

Rosario Segura

Viernes 13 de marzo de 2026

La luz que no era eléctrica

Dicen que cada día tiene su modo, como gallina que ya sabe dónde poner el huevo. Los sábados son de escoba en mano y trapo al hombro, de sacudir lo que se dejó “al ratito” entre semana. Pero el domingo… ah, el domingo es otra cosa. Domingo es de levantarse tarde, de quedarse otro poquito en la cama con el cafecito humeando, viendo cómo entra el sol por la ventana como si también viniera a descansar.

Después, uno se arregla para ir a misa, saluda a medio mundo en la puerta del templo y regresa con antojo de algo sabroso. Se sale a comer, se alarga la sobremesa y, ya de vuelta en casa, pues no queda de otra que rematar el día con la tele: seguir la serie coreana que trae a una suspirando o, de perdida, buscar videítos para matar la tarde.

Pero ese domingo fue distinto.

Recién regresaba yo de la comida dominical cuando me topé con la novedad: el transformador había tronado. Así, como cuete de fiesta patronal. Y no había luz en toda la colonia.

—¡Fue el hotdoguero! —dijo don Chuy, bien seguro—. Tanto diablito que cuelga en el poste de la esquina, ya se sabía que un día iba a pasar.

—¡Qué va! —respondió doña Licha—. Yo vi un pichón medio atarantado que se estampó en los cables. Pobrecito, quedó más desplumado que pollo en rosticería.

Pero mi vecina, la que todo lo sabe, juraba y perjuraba que fue un borracho el que se llevó el poste con todo y transformador, y que por eso nos quedamos sin luz, sin tele y, según ella, “desconectados del mundo”.

Y así, entre chisme y chisme, la tarde empezó a ponerse oscura. Oscura de verdad, no nomás por el sol que se iba, sino porque en las casas no prendía ni un foco. Yo entré a la mía, le piqué al apagador por pura costumbre… y nada. Negro completo.

Fue entonces cuando me cayó el veinte: sin luz no hay tele, sin tele no hay serie, sin internet no hay videos, sin compu no hay nada. Sentí que se me acababa el mundo. Así, tal cual.

Y me dio risa acordarme de cuando vivía en el pueblo, allá por mis años mozos, cuando se iba la luz —que era más seguido que las lluvias— nadie hacía drama.

Sacaban las sillas a la banqueta, se sentaban a tomar el fresco y se armaba la plática. Que si el hijo de fulano se fue al norte, que si la comadre anda estrenando olla, que si en la radio dijeron que en otros países pasan cosas rarísimas.

Y luego estaban los espantos. ¡Jesús bendito! Que la llorona se oía por el arroyo, que la mujer del árbol se volvió a llevar a otro hombre. A nosotros los niños se nos ponía la piel chinita y luego ni podíamos dormir, pero era un gusto morboso escuchar aquellas historias.

Ahora no. Ahora, sin luz, parecía que nos habían quitado el aire. Nadie sabía qué hacer. Algunos salieron a la puerta, pero nomás para ver si ya había regresado la electricidad. Otros, con el celular en alto, buscando una rayita de señal como si estuvieran invocando espíritus modernos.

Yo me senté en la sala, viendo mi reflejo en la pantalla negra de la tele. Y en mi cabeza solo daba vueltas la gran pregunta existencial:

—¿Y ora qué hago?

Porque qué rápido nos malacostumbramos. Si la compu no prende, si la tableta no carga, si el wifi no aparece, nos entra una desesperación como la de la canción de la mochila azul: nada nos entretiene, todo nos enfada.

Al rato, sin tener de otra, saqué una silla a la banqueta. Ahí estaba ya doña Licha, abanicándose con una revista vieja. Don Chuy contaba por quinta vez lo del hotdoguero. Los niños lloraban aburridos sin pantalla que los hipnotizara.

Y sin darme cuenta, empecé a platicar. Que si era cierto lo del borracho, que si el pichón fue mártir eléctrico, que si a ver a qué hora llegaba la cuadrilla.

La noche cayó despacito, y aunque seguíamos en tinieblas, ya no se sentía tan feo. Las risas alumbraban más que cualquier foco. Y por un momento, nomás por un momento, el mundo no estaba en la tele ni en la compu.

Estaba ahí, en la banqueta, entre vecinos.

Cuando por fin regresó la luz, todos aplaudieron. Cada quien se metió a su casa como hormiga que vuelve al hormiguero. Yo también entré, prendí la tele… y la apagué.

Porque me quedé pensando que a lo mejor no es que no sepamos vivir sin conectividad. Es que se nos olvidó cómo.

Y a veces, para acordarnos, tiene que tronar un transformador.

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