Machincuepas
Rosario Segura
Miércoles 4 de marzo de 2026
Entre más grande el hoyo…
En el pueblo —que no diré cuál porque luego se me ofenden— Jacinta y Francisco se conocían desde que eran unos mocosos con mocos secos y rodillas raspadas. Sus familias vivían pared con pared en aquellas casas grandes de adobe que los tatarabuelos levantaron “con sus propias manos”, frase que en el pueblo se usa más que el amén.
Francisco nació primero, como corresponde al que luego carga con las responsabilidades. Dos años después llegó la Jacinta, hija única, porque según la abuela, la Lupe —su madre— “no salió buena pa’ parir”, y eso que la propia abuela había tenido doce criaturas, incluida la Lupe, con quien, decía orgullosa, “cerré la fábrica”. Así son las matemáticas rurales: entre más hijos, más autoridad moral.
Francisco era el mayor de seis hermanos: tres hombres y tres mujeres, parejitos como si los hubieran encargado por catálogo. La Jacinta, en cambio, creció como reinita sin competencia. Y ya sabemos lo que pasa cuando en un pueblo hay una sola princesa: se le cumplen hasta los caprichos que Dios no autorizó.
Como aquella vez cuando se le metió en la cabeza a la chamaca que quería comer tamales de zorrillo.
Le dijeron que eso no se podía, que qué barbaridad, que ni los coyotes. Pero Jacinta lloró tanto y tan recio durante días que su padre —hombre trabajador pero débil ante el berrinche— terminó fabricando una trampa. Primero cayó un mapache, que no es lo mismo, aunque huela parecido. Luego, por fin, cayó el zorrillo.
Esa noche el pueblo entero despertó con un aroma que no figuraba en el recetario nacional. El pobre animal, acorralado, hizo lo que Dios le enseñó: roció para todos lados. Pero en aquella casa había una misión: matarlo y volverlo tamal.
Para soportar la peste se metieron hojas de naranjo en la nariz y se cubrieron la cara con bolsas transparentes.
Parecían fantasmas con propósito culinario. Y cuando al fin estuvieron listos los tamales… la Jacinta vomitó hasta el apellido. Se enfermó varios días, el pueblo entero quedó aromatizado por semanas y nadie se atrevió a probarlos. Ni siquiera el padre de la iglesia, que siempre gritaba que tirar comida era pecado. Hay pecados que huelen más fuerte que otros.
Por eso, cuando a los quince años —en un baile que duró tres días con sus tres noches, porque aquí se celebra hasta el cansancio— Francisco, ya de diecisiete, se la robó en plena tercera vuelta del vals, las vecinas casi se desmayan.
—Tan buen muchacho… tan trabajador… —cuchicheaban. —¿Y con esa muchachita voluntariosa, floja y chillona?
Y es que Francisco era callado. Callado al grado de que de niño parecía santo en vitrina. Nació en su casa, asistido por Dios y la vecina —que resultó ser la madre de la Jacinta, ironías del destino. No lloraba ni cuando se le olvidaba comer. El problema fue que nunca habló.
“Hablará cuando le dé la gana”, decía la madre, ocupada criando media docena. Nunca le dio la gana.
Un curandero que pasaba una vez al año por el pueblo, sentenció: —Al muchacho no le gusta hablar.
Y como en el pueblo un diagnóstico así tiene más peso que cualquier diploma, asunto resuelto.
Francisco creció fuerte, aprendió carpintería, albañilería, caza, todo menos letras, porque a la escuela no fue. Trabajador como pocos y silencioso como tumba reciente.
Así que cuando regresaron casados por lo civil, instalados en la vieja casa de la abuela de Francisco, el pueblo entero estaba más pendiente de ellos que de la lluvia.
El marido, ilusionado, arregló la casa. Que el techo, que la puerta, que la cama. La Jacinta, mientras tanto, se dedicaba al noble arte de contemplar el techo. No cocinaba, no lavaba, no barría. Francisco llegaba del trabajo y hacía lo que faltaba. Y faltaba todo.
Al año siguiente llegó el embarazo. Francisco se llenó de esperanza. “A lo mejor ahora madura”, pensó el pobre, que todavía creía en milagros domésticos.
Pero no.
Los antojos empezaron suaves: tunas, fresas, tortilla de harina con requesón, carne con chile cuando no era temporada de chiles. El hombre corría de un lado a otro.
Si no cumplía, la Jacinta lloraba como sirena en desgracia. De día y de noche.
Hasta que llegó el antojo supremo nunca antes antojado por nadie en ninguna parte.
Una tarde Francisco volvió del trabajo y encontró la casa en silencio. Se asustó. Pensó lo peor. Pero no: la Jacinta dormía plácidamente, agotada de no hacer nada. Él se acostó a su lado y cayó rendido.
Un grito lo lanzó al techo.
Ahí estaba ella, parada frente a la pared, mirando un pequeño hueco que él había dejado al sacar un clavo. —¿Qué haces, mujer? — preguntó. — Quiero comerme el hoyo. Francisco soltó una carcajada. Mala decisión.
La Jacinta no bromeaba. Suplicaba que le sacara el hueco para comérselo. El pobre hombre, dividido entre el amor y la cordura, intentó explicarle que los hoyos no se comen. Pero la lógica no es rival para un berrinche embarazado.
Ella lo arañaba, se jalaba el cabello, lloraba como si el mundo dependiera de ese agujero. Francisco, desesperado, tomó el martillo y comenzó a golpear la pared para “sacar el hoyo”. Lo único que logró fue agrandarlo. Y entre más grande, más hambre le daba a la Jacinta.
Pasaron días en aquella batalla absurda contra el muro. Hasta que, entre gritos y rabietas, se le rompió la fuente meses antes de tiempo. Las viejas del pueblo siempre habían advertido: si no se cumple un antojo, la criatura nace con cara de lo deseado.
Francisco, pálido como sábana recién lavada —que por cierto él mismo había lavado— salió corriendo a buscar a la partera, gritando con una desesperación que le clavó un dolor debajo de las costillas. Y justo cuando el dolor se hizo insoportable… abrió los ojos.
Un codazo de la Jacinta lo había despertado. La pared estaba intacta. El hueco seguía ahí. Y la Jacinta, medio dormida, murmuraba: —Francisco… tengo hambre.
Porque en este pueblo, señores, los hoyos no se comen… pero los sueños tampoco se digieren fácil.
