jueves, febrero 26, 2026

Donde la lluvia borra los pasos, el pueblo aprende a olvidar despacio / Rosario Segura

Fecha:

Machincuepas

Rosario Segura

Miércoles 25 de febrero de 2026

Donde la lluvia borra los pasos, el pueblo aprende a olvidar despacio

Aquella noche —aunque era martes— tenía la calma engañosa de un domingo. No habría función de cine ni visitas tardías; desde la tarde el cielo venía anunciando lo suyo: una lluvia de esas que obligan a sacar las ollas para las goteras y a amarrar los muebles para que la corriente no los arrastre calle abajo. Nadie lo sabía entonces, pero no solo el lodo sería lavado.

La tormenta todavía no llegaba, pero ya caminaba sobre nosotros.

Los perros dormitaban alertas con cada relámpago que alumbraba el pueblo entero. No dormían del todo: abrían un ojo, levantaban el hocico al aire cargado de electricidad y volvían a echarse, resignados. Sabían, quizá mejor que nosotros, que algo grande se estaba gestando detrás de los cerros.

En las casas, las madres repetían antiguos rituales contra lo inevitable. Después de tapar los espejos y subir a los chamacos a las camas, rezaban un rosario para que la tormenta que aún no llegaba se pasara pronto sin dejar desgracias. El murmullo de las oraciones se mezclaba con el crujido de las puertas y el silbido del viento que empezaba a probar las rendijas.

Mi madre, lámpara en mano, recorría los cuartos vigilando que todo estuviera en orden. La llama temblaba como si también presintiera algo. Cerraba ventanas, tocaba nuestras frentes, acomodaba cobijas.

En su paso dejaba una estela de luz breve, como si espantara sombras que querían instalarse antes de tiempo.

Y entonces la tormenta decidió entrar.

Un tremendo rayo rasgó la quietud de la calle y la lluvia, como desesperada, se dejó venir. No fue una lluvia suave, sino una que caía con furia antigua, golpeando techos, reventando canaletas, bajando en arroyos improvisados por las banquetas. El cielo partió la noche en dos.

Nadie escuchó nada más que el trueno que siguió del gran relámpago. Un estruendo ancho, redondo, que hizo vibrar vidrios y corazones. Después de eso, solo el agua. El agua borrándolo todo.

Fue en ese instante —dirían después— cuando la muerte cruzó la calle.

Al otro día, en la tienda de Monchito, entre el olor a pan y café, aun remojados y lodosos todos comentaban la muerte. Hablaban bajo, como si el trueno aún pudiera responderles. Y es que con el estruendo del rayo nadie se percató de que la muerte recorrió la calle y se metió en la casa de Marina.

Nadie supo cómo ni quién había empuñado el arma que le arrancó la vida. La tormenta había servido de cómplice perfecta: gritó más fuerte que cualquier auxilio, cegó con su luz, ensordeció con su furia.

Huellas no encontraron; los arroyos se las habían llevado lejos junto con las piedras y la basura acumulada en las aceras. La lluvia limpió el suelo y también las certezas.

No quedó más que el rumor. Y el rumor necesitaba un rostro.

Marina era una mujer sin edad; parecía niña, pero su gran estructura y las canas que pintaban su pelo denunciaban algo más que los cincuenta. Tenía la mirada perdida y a la vez fija, como quien observa un mundo que los demás no alcanzamos a ver.

Había nacido loca, dijo el doctor cuando con los años no demostraba la madurez que se va adquiriendo. Así la nombraron, y el nombre se volvió destino.

Su madre la trataba diferente a sus hermanos; no la tomaban mucho en cuenta. Marina creció en los márgenes de su propia casa, como una sombra dócil que no estorba, pero tampoco cuenta.

Se pasaba el día sentada en una poltrona mirando a la nada, platicando con las moscas que le rondaban la cabeza y se posaban en sus manos. Les sonreía como si entendiera su zumbido. A veces parecía escuchar música donde solo había silencio.

Hablaba poco y mal; nunca le enseñaron y nunca aprendió. Las palabras se le atoraban, pero sus gestos eran claros como el agua antes de enturbiarse.

Jugaba con el gato y trataba de imitar al perro al rascarse tras la oreja. En los animales encontraba una complicidad que el pueblo le negaba.

Esa tarde, sin embargo, algo fue distinto.

Marina, lejos de lo que acostumbraba, estuvo muy inquieta; por la amenaza de tormenta supuso su madre.

Caminaba del patio a la puerta, de la puerta a la cocina. Miraba el cielo como si pudiera leer en las nubes un mensaje urgente.

Cuando el primer trueno desgajó la lluvia, su grito —si es que gritó— se ahogó. La tormenta cayó encima con toda su fuerza y nadie distinguió un sonido humano entre el estrépito del cielo.

Durante la tormenta nadie se percató de su ausencia; la suponían dormida, como siempre, ajena al mundo. Cada familia cuidaba lo suyo mientras el agua golpeaba sin tregua.

Hasta que amaneció.

Muy temprano, con el barro todavía fresco y el aire oliendo a tierra lavada, su madre, doña Fina, la encontró en el patio. Cuatro puñaladas le arrebataron la vida. El agua había borrado casi todo, menos la quietud definitiva de su cuerpo.

Del asesino nunca se supo nada, el motivo no se investigó. El pueblo prefirió una explicación más cómoda: que el trueno le partió el alma. Que fue la tormenta. Que fue el cielo.

Pero cada vez que un relámpago vuelve a encender el pueblo entero, yo recuerdo aquella noche. Y pienso que la tormenta no solo cayó del cielo: también caminó entre nosotros, encontró una puerta sin cerrojo y dejó, en medio del agua, una historia que nadie quiso mirar de frente, porque donde la lluvia borra los pasos, también borra las preguntas… y el pueblo, limpio de huellas, aprendió a seguir viviendo como si nada hubiera cruzado la calle aquella noche.

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