jueves, febrero 19, 2026

María Canaria, guardiana del canto / Rosario Segura

Fecha:

Machincuepas

Rosario Segura

Jueves 19 de febrero de 2026

María Canaria, guardiana del canto

Dicen que mientras ella vivió, el pueblo nunca despertó en silencio.

En la casa de doña María Canaria nunca se oyó el llanto de un recién nacido. En su lugar, desde muy temprano y hasta que el sol se rendía, el canto de los pájaros llenaba el aire como si ahí, en ese rincón del pueblo, hubiera decidido instalarse la mañana para siempre. Era un canto tan abundante que rebasaba la curva del tren, se metía entre los mezquites y regresaba hecho eco.

María cuidaba a sus pájaros como otros cuidan recuerdos. Con paciencia, con constancia, sin alardes. Si en los changarros del barrio no encontraba semillas, tomaba camino a la capital. No iba por gusto ni por paseo: iba para que a sus aves no les faltara el alimento. Volvía con las manos llenas y el cuerpo cansado, pero con la tranquilidad de quien ha cumplido con lo que ama.

Su nombre verdadero era María Candelaria Briseño, aunque ese nombre solo figuró en algún papel viejo. Para el pueblo entero fue siempre María Canaria. No porque viniera de tierras lejanas, como alguna vez se rumoró, sino porque su casa estaba habitada por pájaros. Jaulas improvisadas, ramas colgadas, rincones convertidos en nido: de ahí brotaban plumas de todos los colores y cantos que alegraban el barrio y marcaban las horas mejor que cualquier reloj.

Así como dicen que el dinero llama al dinero, en casa de doña María los pájaros llamaban a los pájaros. Nunca puso trampas ni los compró. Llegaban solos, como si supieran. Empollaban entre las vigas, volaban bajito, rozando el suelo, toreando al gato que, tras un rato de persecución más por juego que por instinto, terminaba rendido, dormitando con ellos sobre la cabeza.

Si alguien encontraba un chanate herido, un polluelo caído o un ave recién nacida, no había duda: el destino era la casa de la Canaria. Ahí siempre había un plato con semillas, un trapo tibio, una mano paciente.

De María se supo poco. Nadie pudo decir con certeza de dónde venía ni cuándo llegó. Unos aseguraban que una tarde bajó del tren de las cuatro, cargando una petaquilla con todas sus pertenencias y una jaula con dos canarios azules y amarillos. Otros decían que fue parte de un circo y que, cansada de andar de pueblo en pueblo, se quedó para siempre. Los más atrevidos afirmaban que se enamoró de Manuel Othón y que vivió con él hasta que el destino, siempre puntual, se lo llevó al otro mundo.

Fuera cual fuera su historia, María siempre se vio sola. No así su casa, que se volvió punto de referencia. Nadie sabía señalar el norte sin decir: “más allá, más acá, detrás o enfrente de donde vive María Canaria”. Su hogar era brújula y señal.

Mientras fue joven y las piernas respondieron, toda su atención y su vida estuvieron volcadas en los pájaros. Cuando los reumas comenzaron a doblarle el paso, arrastraba los pies sin quejarse para seguir alimentándolos y atenderlos. Ellos parecían agradecerlo con cantos que rozaban lo celestial. Por esos trinos el pueblo sabía si María había despertado con fuerza o si la mañana le había pesado.

Una madrugada, ya muy entrada la noche, el canto despertó al pueblo entero. No era trino ni canto común: era un gorjeo profundo, extraño, como un aviso.

Conforme aclaraba el día, el sonido se fue intensificando. La curiosidad pudo más que el sueño y la gente salió a la calle en pijama, despeinada, sin entender bien qué los llamaba. Caminaban como hipnotizados por aquel sonido irregular.

Al acercarse a la casa, vieron el revoloteo: pájaros entrando y saliendo sin descanso. Entonces el canto cambió, se volvió dulce, pausado, casi agradecido.

Dicen que, al entrar a la recámara, María parecía dormida, tranquila, con un remolino de colores arropándola. Y que el día de su entierro, el canto de los canarios acompañó su camino, cubriéndole el alma hasta el mismísimo cielo. Después de eso, uno a uno, los pájaros dejaron de cantar y se dejaron morir en sus nidos, como si sin ella el mundo hubiera perdido la música.

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