lunes, febrero 9, 2026

Pueblos con potencial, gobiernos sin rumbo turístico / Feliciano J. Espriella

Fecha:

Olor a dinero

Por: Feliciano J. Espriella

Lunes 9 de febrero de 2026

Pueblos con potencial, gobiernos sin rumbo turístico

Sonora tiene historia, cultura y naturaleza para ser potencia turística regional, pero la falta de estrategia y visión institucional frena el desarrollo de sus pueblos.

En Sonora, hablar de turismo regional es entrar a un territorio donde el entusiasmo ciudadano suele chocar frontalmente con la inercia gubernamental. La narrativa oficial presume que se están “impulsando nuevos destinos”, “diversificando mercados” y “reconfigurando rutas de experiencia”, pero en los pueblos y regiones la realidad es mucho menos optimista: proyectos dispersos, poca promoción efectiva y una ausencia preocupante de cadenas locales de valor que permitan que el turismo se convierta en motor económico, no en discurso.

El contraste se aprecia con nitidez en Magdalena de Kino, Ures, Álamos y Caborca. Tres de ellos —Magdalena, Ures y Álamos— ostentan el nombramiento de Pueblo Mágico, una distinción que debería traer consigo planeación estratégica, infraestructura coherente y promoción especializada. Sin embargo, lo que prevalece es la improvisación institucional. Ninguno de estos pueblos cuenta con una política turística profesional que articule su identidad, su patrimonio y su oferta de servicios para convertirlos en destinos robustos.

Cada uno posee atributos diferenciados —historia religiosa y cultural en Magdalena; tradición agrícola y festividades centenarias en Ures; arquitectura, música y vocación colonial en Álamos; y un desierto monumental en Caborca— pero el potencial permanece subexplotado porque no existe quien lo traduzca en rutas, experiencias, productos turísticos y derrama económica.

En el caso de Álamos, el deterioro es más evidente y más doloroso. En lugar de apuntalar el desarrollo turístico sostenido, la presente administración estatal ha terminado por perjudicar gravemente al destino mediante la pésima organización de los últimos FAOT. El festival, que durante décadas fue una joya del bel canto con reconocimiento nacional e internacional, se ha ido transformando en una feria de pueblo disfrazada de gala cultural. Y mientras el discurso oficial proclama —echando espuma por la boca— que es “el evento más importante de bel canto en Latinoamérica”, la realidad es que la curaduría ha perdido coherencia, rigor y categoría. El resultado es un escaparate desordenado, guiado más por ocurrencias y compromisos políticos que por una visión artística. El daño para Álamos no es menor: sin un festival sólido, el pueblo pierde uno de sus principales anclajes turísticos y se diluye la marca que durante años le dio prestigio.

Magdalena y Ures, por su parte, siguen dependiendo del impulso comunitario. Magdalena vive de su flujo religioso y gastronómico; Ures, de sus tradiciones y de un enorme potencial rural que nadie ha sabido convertir en política pública. Caborca, aun sin el título de Pueblo Mágico, tendría todos los atributos para consolidarse como destino de turismo desértico de alto valor, pero la promoción institucional es tan insuficiente que el visitante llega por recomendación, no por estrategia.

La realidad es simple: no hay cadenas de valor. No existe una estructura que conecte a guías, productores locales, transporte, artesanos, restauranteros y servicios turísticos en una red económica sostenible. Cada quien hace lo que puede, como puede, sin un plan que unifique esfuerzos ni un ente gubernamental que acompañe profesionalmente.

En otros tiempos, incluso con limitaciones presupuestales, hubo intentos más serios. Durante la administración de Guillermo Padrés, el entonces responsable del área, Javier Tapia Camou, implementó los tours económicos regionales, que lograron algo muy básico pero muy importante: mover gente, activar economías pequeñas y dar visibilidad a destinos olvidados. Una estrategia sencilla, de bajo costo y de impacto directo. Paradójicamente, una década después Sonora no tiene nada similar.

Lo que domina hoy es la política turística de la simulación: campañas sin público meta, anuncios vacíos, páginas oficiales sin información útil, y presentaciones que se desvanecen al primer contacto con la realidad. El turismo regional requiere diagnóstico, continuidad, profesionalización, articulación y visión territorial. Nada de eso existe.

Sonora podría ser líder nacional en turismo de naturaleza, historia regional y experiencias culturales auténticas. Tiene la geografía, los pueblos, la identidad y los relatos. Lo único que falta —y es lo más grave— es una estrategia pública que deje atrás la improvisación y apueste por construir valor real.

Mientras no ocurra, seguiremos viendo lo mismo: pueblos con enorme potencial y gobiernos sin rumbo turístico.

Por hoy fue todo, gracias por su tolerancia y hasta la próxima

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