domingo, febrero 8, 2026

La casa que parió a la Lola / Rosario Segura

Fecha:

Machincuepas

Rosario Segura

Domingo 8 de febrero de 2026

La casa que parió a la Lola

La María siempre fue costurera y soltera, como si ambas cosas se las hubieran cosido al cuerpo desde joven. Vivía en la casa heredada de sus padres con su hermana menor, Lola, a quien el pueblo llamaba Lola la loca con esa crueldad mansa que tienen los nombres repetidos. Sin maldad en ese apodo, más bien costumbre.

Lola era una mujer detenida en la infancia. Tenía manos grandes y mirada distraída, y el silencio de quienes no han aprendido a nombrar el mundo. Nunca la dejaban salir, ni siquiera al porche. La María era para ella madre, padre y frontera. Tal vez por eso nunca conoció hombre ni otra vida: cuidaba a la Lola como se cuida lo último que queda.

De La María se hablaba bien. Decían que sus manos sabían coser el principio y el final de las personas. De su máquina Singer salían ropones blancos para los recién nacidos y, con la misma paciencia, las prendas finales para los muertos. En cada puntada parecía dejar algo suyo, como si remendara también el tiempo. El presente de las dos hermanas y el futuro.

La Lola vivía hacia adentro, en un mundo muy propio reservado únicamente para ella en el cual reía o lloraba a la menor provocación, balbuceaba y gritaba de emoción y de enojo. Regaba las plantas del patio, recogía las frutas maduras del limonero, la higuera y del naranjo, pasaba horas escuchando el zumbido de las chicharras en verano. Su única ventana al afuera, a ese mundo prohibido y lejano, era el postigo de la puerta. Miraba por él durante horas, hasta que La María lo descubría y lo cerraba de un golpe seco, como quien ahuyenta una tentación.

Decían las vecinas que a la Lola le faltaba mundo. La María decía que el mundo hacía daño.

Un invierno, el frío se le metió a La María en los huesos. Las fiebres la dejaron varada en la cama, confundida entre sueños y escalofríos. La Clotilde, al ir a inyectarla, dejó la puerta mal cerrada, y por esa rendija entró lo que sería posiblemente principio y fin.

La Lola vio los rosales de la Guillermina, en la casa de enfrente. Eran grandes, desbordados de colores vivos, encendidos bajo el sol. Cruzó la calle descalza y se sentó en el suelo, rendida al perfume y al fulgor de las flores. El tiempo dejó de pasar. Después, un perro cruzó la calle y ella lo siguió, como si alguien la estuviera llamando desde muy lejos.

Durante dos días, La María no notó la ausencia de su hermana. Las fiebres la tenían perdida. Fue al tercer día, al volver en sí, cuando el silencio de la casa le pesó de golpe.

Salió a la calle llamando a la Lola. Su voz temblaba. El pueblo entero se unió a la búsqueda, como si todos sintieran que algo antiguo se había quebrado. Miraron caminos, huertas, márgenes del arroyo.

La encontraron al caer la tarde, en el arrollón. Estaba cubierta de tierra, descalza, con el cabello enmarañado. Parecía una aparición salida del agua y del lodazal. Tenía los ojos abiertos, serenos, como si hubiera visto algo que los demás no se atrevían a mirar.

La María no preguntó. La envolvió en sus brazos y la llevó de regreso a casa. Esa noche, con la voz cansada, le prometió que volvería a salir, pero que lo harían juntas.

Y así fue como la Lola, la que nunca había cruzado una calle sola ni acompañada, empezó a conocer el mundo, nació al mundo. Despacio. De la mano de su hermana. Y algunos en el pueblo, al verlas caminar juntas, pensaron que tal vez la locura no estaba en la Lola, sino en el miedo que durante años vivió encerrado detrás de una puerta.

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