Machincuepas
Rosario Segura
Miércoles 21 de enero de 2026
“Cuando el amor tumbó al santo”
La llegada del circo al pueblo no era cualquier cosa: era acontecimiento mayor, casi fiesta patronal sin misa.
Desde días antes, chicos y grandes andaban con el alma inquieta esperando ver qué novedades traían ahora esos señores que vivían entre lonas, risas y secretos. Siempre llegaban con algo nuevo: actos nunca vistos, animales sorprendentes… y, cómo no, el cinito.
El cine se instalaba en el baldío junto a la cancha, con bancas prestadas, una sábana, por pantalla, que dejaban ver una blancura lejana y un proyector que rugía como tos de un viejo cascado. Las funciones estaban muy bien organizadas, porque en el pueblo hasta el entretenimiento llevaba orden celestial.
Por la tarde, películas para niños: santos milagrosos, animalitos rescatados y un Jesús que ya todos conocían, pero que igual volvía a sufrir como si fuera estreno.
Por la noche, cine para grandes: vaqueros, balazos y los hermanos Almada repartiendo justicia con más plomo que palabras.
Pero ir al cine no era solo ir a ver películas. Era ir a verse. Ver y que te vieran.
Las muchachas asistían escoltadas por la hermana mayor, sentada a medio metro de distancia, vigilante, fingiendo atención absoluta a la pantalla mientras cuidaba que ningún muchacho se pasara de inspirado.
Aquella tarde, Ana —o Anita, como todavía le decían— fue con una sola idea rondándole la cabeza: ver al Chemalito. El mismo que meses atrás, al salir de la secundaria, le había pedido que fuera su novia con voz temblorosa y manos sudadas, justo antes de salir corriendo como si hubiera cometido un pecado grave.
La película era de santos. En la pantalla, San Martín de Porres cuidaba animalitos de la calle con paciencia infinita, mientras el proyector zumbaba y la sábana se movía con el aire. En las gradas, sin embargo, se estaba proyectando otra historia.
—Pensé que no vendrías — susurró Chemalito, acercándose a la Anita un poco más de lo permitido.
—Pues aquí estoy — contestó Anita, con el corazón latiéndole más fuerte que el proyector.
Hablaban bajito, tan bajito que parecía que respetaban no solo la película, sino el momento. Las manos se rozaron “sin querer”, las risas se escaparon en silencio y los suspiros se escondieron entre el murmullo del público. San Martín seguía cuidando animalitos, sin sospechar que detrás de él se estaban perdiendo otras cosas igual de inocentes.
Hasta que el proyector dibujó en la sábana una gran figura, la de don Manuel.
El papá de Anita surgió en lo alto de las gradas como aparición bíblica, pero de las que hacen temblar. Miró la escena: la cercanía, las sonrisas, el exceso de confianza… y entonces soltó un grito que retumbó hasta en el campanario.
La gente dejó de ver la película para ver el verdadero espectáculo. Chemalito palideció, se levantó de un salto y salió corriendo como si el mismísimo infierno le pisara los talones. En su huida desesperada tropezó con el proyector, lo tumbó y, de golpe, San Martín de Porres desapareció, como si también hubiera salido corriendo a esconderse.
El público gritaba de todo: unos reclamaban la interrupción, otros animaban al muchacho.
—¡Escóndete! —¡Corre, chamaco! —¡Bríncate la cerca!
Ante tanto escándalo la función se canceló.
A Anita la mandaron castigada a otro pueblo “a que se le bajara lo romántica”.
Y Chemalito terminó yéndose con el circo, trabajando de lo que fuera necesario para pagar el proyector que había tirado en su carrera por el amor.
Con el tiempo, el cine volvió… pero nunca fue igual.
Cada vez que se apagaban las luces, las muchachas hablaban bajito, los muchachos se sentaban derechos —al menos al principio— y el proyector vibraba como si tuviera memoria.
Dicen que Anita creció, se enamoró de verdad y aprendió que el amor no siempre se anuncia ni se pide permiso.
Del Chemalito quedaron historias: que besaba como acróbata, que huía rápido y que jamás volvió a sentarse en primera fila.
Y todavía hoy, cuando el proyector falla o la sábana se mueve de más, alguien suelta la carcajada y dice que no fue culpa del aparato, que fue el recuerdo de aquella tarde cuando un santo cuidaba animalitos, un papá perdió la paciencia y dos muchachos descubrieron que el cine también era bueno… Pero solo hasta que empezaban los arrumacos.
