La marca de los 11 meses de gobierno

La marca de los 11 meses de gobierno

Bulmaro Pacheco

 

Domingo 27 de octubre de 2019

 

A punto de cumplirse los primeros 11 meses del nuevo gobierno, la economía no crece, la inseguridad sigue cobrando víctimas y cada vez más sectores afectados por las políticas públicas manifiestan su inconformidad por los recortes presupuestales, la exclusión de los programas de gobierno y el regateo de los programas sociales a nombre de que "los recursos deben ir directamente a la gente, sin intermediarios".

 

Alegan que los recursos no los deben recibir los gobiernos (municipales y estatales) porque se presta a malos manejos.

Los maltratados de estos 11 meses han sido fundamentalmente los presidentes municipales de todos los partidos, los gobernadores de los estados, una parte muy importante de los empresarios, los productores del campo, las instituciones de educación superior, los sindicatos no oficialistas, las oposiciones partidistas, los ex presidentes de la República y todos aquellos que se atreven a expresar alguna opinión contraria a las decisiones del nuevo gobierno.

 

Términos como "conservadores", "fifís" y "neoliberales" han sido los más comunes para tratar de descalificar a los críticos, y para mandar señales acerca de la intolerancia y la cerrazón del nuevo gobierno hacia las expresiones de disidencia.

 

Esto no es novedad. En cada debate con los simpatizantes de Morena, quien no coincida con ellos o no esté en sintonía con sus ideas dominantes, a lo primero que se expone es a la descalificación. "Critican porque no se resignan haber perdido", dicen, o "por ser parte del pasado de corrupción y autoritarismo que padeció México en los últimos años"; como si en la conformación del equipo del nuevo gobierno no existieran numerosos representantes de aquellos tiempos, que con una admirable capacidad de conversión política, transfuguismo y de ideas, han pasado a formar parte del equipo de gobierno, unos ya afiliados a Morena, otros no.

 

Los recientes hechos de violencia desatados en Culiacán Sinaloa, Michoacán y Guerrero, así como la proximidad del primer año de gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, hacen necesaria la reflexión –obligada- de un primer balance sobre el nuevo gobierno que se ha autoproclamado como "cuarta transformación"; un concepto poco definido y mucho menos entendido para la gente común y corriente.

 

Se trata de un gobierno que llegó -convenciendo al electorado- con la expectativa de un cambio social y político, y atacando con furia a los gobiernos del pasado inmediato.

 

En su tercera campaña presidencial, López Obrador tuvo el suficiente olfato político para detectar el ánimo social que lo llevó a la victoria e hizo las necesarias alianzas con los actores políticos que se sumaron a su estrategia. Por eso lo variopinto de su gabinete y la diversidad de sus acuerdos.

 

A todos los niveles y conscientes de la fuerza que les dio la mayoría en el Congreso de la Unión y en los congresos locales, no han reparado en señalamientos y en excesos como la ampliación del período de gobierno en Baja California, algo nunca visto, ni en los peores tiempos del PRI.

 

Tampoco en estos meses han hecho autocrítica. Hasta hoy, ninguna de las pifias y los errores cometidos (que ya son muchos) ha sido culpa de ellos, (faltaba más) porque dicen que se trata de reminiscencias y herencias del pasado.  Un pasado del que hay muy poco que rescatar según ellos, porque todo en ese pasado se hizo mal: Mucha corrupción y autoritarismo. Un argumento muy gastado que usó también Vicente Fox contra los gobiernos que lo antecedieron.

 

Para justificarse han utilizado hasta el exceso la teoría del péndulo, poniendo como fecha de inicio del cambio de modelo al inicio del sexenio del presidente Miguel De la Madrid (1983). De los gobiernos de la Revolución mexicana a los inicios del neoliberalismo. Esa es su tesis principal para explicar y atacar la realidad que les ha tocado vivir. También para fundamentar sus decisiones aún en aquellos espacios de la administración ajenos a consideraciones ideológicas o de camisa de fuerza, como los programas contra la corrupción, por ejemplo.

 

Entraron a nombre de un cambio y en la relación con los poderes no han rediseñado un nuevo modelo. Su apabullante mayoría en la Cámara de diputados la han utilizado principalmente para servirse con reformas legales a modo, como autorizar nombramientos que no cumplían los requisitos en el gabinete, o para dispensar trámites en las diversas tareas del Gobierno (autorizar obras y eludir licitaciones).

 

No hay una buena relación con los partidos políticos, mucho menos con sus dirigencias. Los más descalificados miembros de Morena han revivido la añeja tesis de reducir financiamiento público a los partidos y a través de Morena buscan quitarles cuando menos el 50% del otorgado por el INE. Nada dicen de la representación proporcional, lo que más les benefició de las políticas "neoliberales", cuando las izquierdas no ganaban elecciones.

 

Con los gobernadores existe una relación normal, sin apoyos notables y sin mayores acercamientos. Los primeros meses sirvieron para abuchearlos y debilitarlos en eventos con el presidente, como para dejarles claro sobre "quién mandaba en México" y que la concentración del poder político iba en serio ampliando facultades y decisiones, sin dejarlos opinar sobre el nombramiento de representantes ni superdelegados, que hasta la fecha sigue sin atenderse. Un alto porcentaje de las representaciones federales en los estados siguen sin responsables (delegados) de su operación impactando el deterioro y la calidad del gobierno.

 

Tampoco los anunciados traslados de las secretarías de Estado a las capitales de los Estados se han realizado.

 

Desde el principio hubo un constante enfrentamiento con los ex presidentes de la República, a grado tal de que a uno de ellos (Felipe Calderón) se ha referido con el mote de "comandante Borolas", a otro (Salinas) como el verdadero culpable de la pobreza en México, y cancelaron los beneficios de las pensiones a Vicente Fox y a las viudas de Miguel De la Madrid y José López Portillo.

 

En el Gobierno se siguen manejando los símbolos que le acarrearon apoyo popular, tales como como el avión presidencial, la "apertura cívica" de Los Pinos, la cancelación de las pensiones a los ex presidentes, la desaparición del Estado Mayor Presidencial y los viajes en línea comercial. Ninguno de esos símbolos y su manejo frecuente le ha servido al gobierno para incrementar la certidumbre política y generar mayores inversiones. Simbología nada más y nada menos.

 

Con los empresarios se da una relación ambivalente de crítica y apoyos, que no ha servido para borrar la sensación de incertidumbre y desconfianza que por ahora mantiene en vilo el crecimiento económico. "Mucha discordia y poca administración" han dicho algunos de ellos.

 

En once meses no existe todavía una teoría formal del gobierno de la cuarta transformación. El llamado Plan Nacional de Desarrollo solo es un catálogo de buenas intenciones.

 

¿Qué es la cuarta transformación? Nadie lo sabe. Tampoco existe un rediseño constitucional del Gobierno, que lleve al fortalecimiento de las instituciones. Por ahora lucen debilitados tanto el federalismo como los gobiernos municipales y los órganos autónomos, y una cuestionada Suprema Corte de Justicia, donde de seguro tratan de influir para incrementar el número de ministros solidarios.

 

Las políticas de seguridad del Gobierno ponen de manifiesto que a pesar del programa de trabajo diario muy temprano y el análisis de la problemática nacional caso por caso, no se ha captado en su justa dimensión y a cabalidad el fenómeno de la violencia y la inseguridad, que han puesto a prueba a todos los gobiernos de 1990 a la fecha.

 

En México aprendemos cada vez más de lo inédito, también de la improvisación y del permanente sentimiento oficial de que siempre se llega para reinventar a México después de eliminar no solo lo hecho en el pasado sino condenándolo como fracaso, a juicio de los opositores.

 

¿Qué hacer? Al cierre del año y a casi uno del actual gobierno, vienen las cifras del cierre en lo económico y nos mostrarán la cruda realidad de la falta de crecimiento, la caída del empleo y la inversión y sus impactos en los niveles de pobreza y atraso.

 

Le toca a los partidos políticos y a las organizaciones empresariales y sociales hacer su papel, no solo de contrapeso político sino también de generar propuestas para salir de la crisis.

 

México no se reinventa cada seis años, aunque por ahora eso creen los del gobierno de la pomposamente llamada Cuarta Transformación. Hay mucho por hacer todavía por parte de quienes sostienen una crítica realista, que no se venden, ni se encandilan con la venta de ilusiones de corto plazo.

 

¿Qué hacer? Decía Don Jesús Reyes Heroles, que en política "lo que resiste, apoya" y tenía razón. O Baltazar Garzón que afirma; "que la democracia no se conquista para siempre y no resiste si no la defendemos". La crítica suele ser un ingrediente indispensable para que los gobiernos corrijan y valoren la realidad que -como el caso que nos ocupa- sus concepciones ideológicas y sus fobias no les permiten ver.

 

bulmarop@gmail.com