Cuando el cielo se rompió / Rosario Segura
La mañana se sentía pesada, bochornosa. Desde muy temprano comenzaron a aparecer las primeras nubes. Primero fueron unas cuantas nubes blancas, redondas, quietas, que parecían no tener ninguna prisa.
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La mañana se sentía pesada, bochornosa. Desde muy temprano comenzaron a aparecer las primeras nubes. Primero fueron unas cuantas nubes blancas, redondas, quietas, que parecían no tener ninguna prisa.
En aquella parte del pueblo donde antes cantaban las ranas cuando llovía y crecían frondosos los mezquites y los palo fierros, poco a poco el paisaje comenzó a cambiar.
La noche anterior había caído un aguacero tremendo. Había iniciado desde temprano en la tarde y se prolongó hasta entrada la mañana.
Como las vecinas, las casas de la calle Rosales eran sencillas, pero protectoras.
Las otrora bulliciosas tardes y noches del pueblo, cuando la muchachada corría de un lado a otro jugando a las escondidas, al bote robado o simplemente por el gusto de desfogar energías, desaparecieron de un día para otro.
La Consuelo, Chelo para todos desde que nació, era una de las mujeres de la calle Rosales. Era la misma a la que, años atrás, la mujer que se aparecía en el árbol le había robado al marido…
Como las vecinas, las casas de la calle Rosales eran sencillas, pero protectoras.
Esa mañana, cuando el sol calentaba los techos y el té de manzanilla aminoraba los dolores, por fin, después de tres días de trabajo de parto, parecía que el octavo hijo de doña Naty vería la luz.
En mi pueblo la hora no la marcaba el reloj. Existían pocos, sin embargo, todos sabían la hora. Primero y a temprana hora, la iglesia con sus campanadas anunciaba la misa de seis. Para esa hora ya todos andaban en pie.
Otra de las mujeres que vivían y convivían en la calle Rosales era mi madre.
Otra de las mujeres que habitaban las casas de la calle Rosales era la Guillermina Cano. Bastaba verla caminar para saber que no había nacido en el pueblo.
La Lola de Pancho Pacheco era una mujer chaparrita, de amplias caderas y poco frente, es decir poca pechuga, la cual parecía querer compensar con sus largos rizos que le llegaban exactamente a la altura del busto.
Así debieron llamar a doña Mercedes, porque sobre ella descansaban los sueños, las necesidades y los errores de toda una familia.
De las vecinas en la calle Rosales allá en el pueblo, la Clotilde era la internacional. Casada sin marido, con hijos de todas las edades, iba y venía muy seguido al otro lado; cruzaba la frontera como quien cruza la calle.
La Luisa era una mujer que se distinguía de todas las otras vecinas de la calle Rosales por su gran estatura, aunque ahora que me pongo a pensar, todas aquellas mujeres tenían algo que las hacía distintas.
Mi Tata sacó la escopeta después del desayuno. La limpió sentado a la mesa mientras nadie hablaba. Solo se escuchaba el roce del trapo contra el metal y, afuera, el jadeo cansado del Musta.
En mi casa siempre hubo más de un perro y un gato. A uno de los perros alguien lo bautizó con el rimbombante nombre de Mustafá, aunque siempre entendió por Musta. Era de los catalogados perros criollos, sin pedigrí, pero muy fiel con la familia.
La Licha, la del güero lechero, era mujer de mucho trabajar.
En el pueblo le decían simplemente así: la que no se amarra. Y con eso bastaba. No hacía falta nombre completo ni explicaciones, porque todos sabían de quién hablaban cuando la veían pasar, con su paso firme y esa forma suya de mirar como si el mundo no tuviera dueño.
El día que al Juaneras lo hicieron “hombre serio” En los pueblos, las ideas no nacen en oficinas ni en discursos: nacen en la conversación floja, en el chisme bien servido y en la risa que se pasa de mano en mano hasta volverse decisión.
El Juaneras (antes de que el pueblo lo volviera historia) En los pueblos, la memoria no se escribe: se murmura. Y en esos murmullos vive la historia de la Carmen de Pablito, mujer viuda que cargó la vida como pudo, con tres hijos que parecían tres formas distintas de la misma desgracia.
El Pablito, el segundo hijo de la Carmen de Pablito, también nació con un problema: no creció como los demás. Se quedó chiquito, con las piernas cortas, los brazos cortos y la cabeza grande, como si su cuerpo se hubiera quedado a medio camino.
La Angelina no lloró el día que salió de la casa de la Carmen de Pablito, su madre. Nadie lo notó, pero tampoco hubiera importado. Ella nunca había hecho ruido para nada. Ni al nacer, ni al crecer, ni al irse.
En mi pueblo donde el polvo se levantaba antes que el sol y las esperanzas llegaban siempre tarde, otra vecina era la Carmen de Pablito. Así la conocían todos, por la herencia que le dejó su difunto marido y ya saben las mujeres hasta hace poco necesitaban colgarse de un nombre para existir.