Idealidad y realidad histórica de la mujer

Idealidad y realidad histórica de la mujer

Héctor Rodríguez Espinoza

 

El tema de la mujer pertenece a las dos dimensiones de la existencia humana: la naturaleza y la sociedad. Ciencias y Filosofías que se ocupan de estudiarlas, lo han hecho desde sus particulares enfoques -en su diferencia genérica del hombre-, de cuyo análisis y crítica ha resultado un rico y heterogéneo subproducto educativo y cultural con su autonomía conceptual, amén de constituir una catapulta ideológica y ética, para una lucha milenaria por su reivindicación y conquista de su propio espacio en la sociedad internacional.      

 

La palabra (del latín mulierem) significa hembra, persona del sexo femenino de la especie humana; esposa, hembra dotada de las cualidades que caracterizan la madurez síquica. Femenino es lo propio de la mujer, individuo apto para producir células fecundables y con frecuencia para abrigar el desarrollo del producto de la fecundación (huevo fecundado, semilla). Hembra, por su parte, del latín, seres vivos que tienen los órganos de reproducción femeninos. En la tecnología, es la pieza que tiene un hueco o agujero en el que se introduce y encaja otro llamado macho.

 

Macho, del latín musculum, seres vivos que tienen los órganos de reproducción masculinos.

 

Fecundación es la unión de dos células sexuales, masculina y femenina (gametos), cada una de las cuales contiene n cromosomas, de la cual se origina el huevo o cigoto, cuyo desarrollo da lugar a un nuevo individuo.         

 

ANA MARÍA PORTUGAL

 

Periodista, feminista y lleva 20 años viviendo en Chile, pese a que de vez en cuando se escapa a su natal Perú. Tuvo acercamiento inicial con el feminismo desde el plano del periodismo. Sin embargo, la vida le cambió cuando comenzó a militar en el primer colectivo feminista que se creó en Lima el año 1973. Hoy, en su calidad de coordinadora de Isis Internacional, comenta sobre los cambios y desafíos de esta institución.

 

"A través de los siglos las mujeres han sido nombradas desde la ambigüedad, la sospecha y el mito. Miradas de soslayo, atrapadas en el lenguaje de la mistificación y la afrenta, las mujeres han quedado al margen de la historia oficial.

 

Es cierto que en el devenir del tiempo las mujeres han empezado a salir de las sombras gracias a la labor de rescate de historiadoras y antropólogas feministas, y al protagonismo de los movimientos de mujeres.

 

Sin embargo, seguimos observando que en el umbral del siglo XXI no existe ninguna voluntad de rectificación frente a este ocultamiento. Son los medios de comunicación, en especial, los que mantienen una especie de ley del silencio en sus informes cronológicos, reportajes y comentarios sobre los sucesos más relevantes del milenio, donde las mujeres, cuando aparecen, quedan difuminadas y/o reducidas a simples caricaturas.

 

Pese a ello, en mil años de historia de la humanidad, las huellas que ellas han dejado se nos aparecen de manera abrumadora. Esto es lo que pudimos constatar durante una preliminar búsqueda y recopilación que hicimos en Isis Internacional, utilizando como fuente principal nuestro Centro de Información y Documentación.

 

En el milenio que empieza, se gesta una nueva conciencia en las generaciones de mujeres y hombres que tendrán la tarea de hacer posible una civilización incluyente, integradora y humanista, donde la mitad del género humano no siga siendo invisible.

 

ORIOL FINA

 

Autora de Gigantes de la Filosofía, refiere que la mujer ocupaba en Grecia un lugar totalmente sec1undario. En modo alguno intervenía en la vida pública ni asistía a las reuniones de los hombres. Se hallaba relegada a un segundo plano, entre el hombre libre y el esclavo. Sócrates solía repetir que estaba agradecido a la fortuna por ser hombre y no animal, por ser varón y no mujer y por ser griego y no bárbaro. Es decir, a un lado lo positivo —hombre varón y griego—, y al otro lo negativo —animal, mujer y bárbaro—. Según esto, parece que era preferible ser varón bárbaro que mujer griega, lo que en boca de un ateniense es muy significativo. Esta posición explica que la cultura de las mujeres fuera muy rudimentaria, prácticamente nula. La esposa de Sócrates, Jantipa, no es en esto una excepción. Nos es presentada como una mujer vulgar y de reacciones primarias; mucho más joven que Sócrates. Era frecuente que ella interrumpiera las reuniones del maestro con sus amigos o discípulos y que le increpara a gritos, y aun que le zarandeara cogiéndole por el manto. Hasta tal punto se repetían estas situaciones que alguien se atrevió a preguntarle cómo aguantaba tales gritos. Sócrates se limitó a contestar: "Me he acostumbrado a sus gritos lo mismo que al ruido continuo de la polea del pozo; del mismo modo que tú aguantas el graznido de tus gansos". "Pero mis gansos me dan huevos y crían", contestó el interpelante. "Y a mí, Jantipa me da hijos", dijo Sócrates. A nadie puede pasar inadvertida la ternura que encierra esta respuesta, en el sentido de que a ella se le podía perdonar todo, hasta sus malas maneras, porque le había dado tres hijos. Pese a estas airadas manifestaciones de furor, ella sentía también un acentuado cariño hacia su esposo. Después de estas escenas de gritos e increpaciones, acostumbraba a reaccionar arrojándose llorando a los brazos de su marido. Es conocida la expresión de Sócrates. "Cuando Jantipa truena, termina siempre por llover".

 

La postura adoptada por Sócrates ante el carácter de su mujer no era tampoco de una total pasividad. En cierta ocasión se sobrepasó en sus manifestaciones de mal genio, y entrando en la habitación en que se encontraba Sócrates con uno de sus discípulos, le insultó y acabó volcando la mesa. El discípulo se marchó espantado. Entonces el maestro se limitó a hacer a su esposa esta consideración: "Tú no habrías aguantado esto ni a una de tus gallinas que hubiera entrado revoloteando. Yo, ya ves, no me enfado".

 

Jantipa reaparece el día en que Sócrates iba a morir. Ante los llantos y exclamaciones de dolor de la esposa, la hace salir para poder charlar tranquilamente con sus amigos. Unos momentos antes de que beba la cicuta, vuelven a entrar su mujer y sus hijos, uno de ellos todavía en brazos de Jantipa, repitiéndose la misma escena de incontrolado griterío.

 

JOSTEIN GAARDER

 

 "Es curioso que a pesar de la opinión tan positiva que de ella tenía Platón, no era así la de Aristóteles. Éste pensaba que a la mujer le faltaba algo. Era un "hombre incompleto." En la procreación la mujer sería pasiva y receptora, mientras que el hombre sería activo y el que da. Aristóteles pensaba que un niño solo hereda las cualidades del hombre, y que las del propio niño estaban contenidas en el esperma del hombre. La mujer era como la Tierra, que no hace más que recibir y gestar la semilla, mientras que el hombre es el que siembra. O, dicho de una manera genuinamente aristotélica: el hombre da la "forma" y la mujer contribuye con la "materia". Naturalmente, resulta sorprendente y también lamentable que un hombre tan razonable en otros asuntos se pudiera equivocar tanto en lo que se refería a la relación entre los sexos. No obstante nos muestra dos cosas: en primer lugar que Aristóteles seguramente no tuvo mucha experiencia práctica con mujeres ni con niños. Es segundo lugar, muestra lo negativo que puede resultar que los hombres hayan imperado siempre en la filosofía y las ciencias. Y particularmente negativo resulta el error de Aristóteles en cuanto a su visión de la mujer, porque su visión, y no la de Platón, llegaría a dominar durante la Edad Media. De esta manera, la Iglesia heredó una visión de la mujer que en realidad no tenía ninguna base en la Biblia. ¡Pues Jesús no era anti-mujer!

 

Desgraciadamente Tomás de Aquino también se quedó con la visión que de la mujer tenía Aristóteles. Estos pensamientos armonizaban, según Tomás de Aquino, con las palabras de la Biblia, donde se dice, entre otras cosas, que la mujer fue creada de una costilla del hombre. Conviene añadir que el que algún mamífero pone huevos no se supo hasta 1827. Por lo tanto quizás no fuera tan extraño que se pensara que el hombre era el que daba la forma y la vida en la procreación. Además debemos tener en cuenta que, según Tomás, la mujer es inferior al hombre sólo físicamente. El alma de la mujer tiene el mismo valor que la del hombre. En el cielo hay igualdad entre hombres y mujeres, simplemente porque dejan de existir todas las diferencias físicas entre los sexos.

 

EN ROMA

 

Su Derecho consuetudinario se basa en ejes definidos: la salvaguarda del patrimonio y la autoridad del padre, único titular de derecho. La mujer aparece privada de toda capacidad jurídica y pasa, tras el matrimonio, de la potestad del padre a la del marido. La potestad del padre sobre sus hijos incluye que puedan disponer libre y arbitrariamente de los recién nacidos, pudiendo eliminar a los hijos nacidos con deformidades o, simplemente, no reconocerlos como hijos. Cierta limitación a esta patria potestad puede considerarse la norma según la cual el padre que vendía a su hijo, no una sino tres veces consecutivas, perdía todo derecho sobre él, quien, a su vez, adquiría plena capacidad jurídica. El delito considerado más grave es el parricidio.

 

LA DESEABLE FEMINIZACIÓN DE LA FAMILIA, LA SOCIEDAD Y EL ESTADO

 

La legítima lucha de un calificado segmento de la mujer occidental   por acceder al disfrute de sus derechos humanos y libertades fundamentales y sus consecuentes responsabilidades sociales -¡qué duda cabe!-, da sus frutos, algunos agridulces.

 

 La mujer latina, en especial, ya cuenta en su patrimonio jurídico natural,  con valores fundamentales de la persona individual, y exige le sean respetados: a la vida, a la salud física y mental, a la libertad en sus distintas manifestaciones, a la educación, cultura y recreación, al empleo, a la seguridad social y pública, a la vivienda y al gobierno de sus comunidades, los más conocidos.

 

En México, una élite de ese sector femenino, desde hace décadas, con la conquista del voto para elegir sus gobernantes -sea cual fuere todavía el respeto de los organismos y autoridades electorales-, ocupa cada vez más importantes espacios en instituciones escolares, sea como alumnas, docentes o directivas; en puestos de mando en los sectores público, social y privado; y en cargos en los Partidos políticos y en los Poderes legislativos, ejecutivos y judiciales, en los dos fueros y en los tres órdenes de gobierno.

 

Desde luego que ha sido, es y será siempre deseable y hasta necesaria esta feminización del mundo. Los valores genéticos característicos y diferenciados de la mujer, aquellos que nos trasmitieron nuestras madres, de maternidad responsable, dulzura, ternura, pudor, escrúpulo, desinterés, desprendimiento, honra, honestidad, sacrificio, abnegación -según los más reconocidos psicólogos, como Erich Fromm en su clásico "El arte de amar"-, son un antídoto contra tantas deformaciones, vicios y corruptelas que históricamente hemos dejado como ominosa huella los varones, en una sociedad hecha por y para hombres, todavía gobernada por un machismo  moderado.

 

Hasta aquí todo estaría muy bien. Pero en los últimos tiempos, al lado de la basura moral producida por el llamado sexo fuerte, con la que nos alimentamos cotidianamente en los amplificadores medios masivos de comunicación, escritos y electrónicos y redes sociales -en un sistema de vida que pareciera ya dar síntomas de osteoporosis e incapacidad de  controlar sus esfínteres morales-, la página roja incluye cada vez más casos de mujeres acusadas de conductas ilícitas y hasta criminales, lo cual es una luz roja en el semáforo ético de la sociedad moderna.

 

 Ciertamente que no se trata de algo nuevo y que, históricamente, la criminalidad instintiva no tiene sexo, como se consigna en serios textos doctrinales (v.gr. La criminalidad femenina, de la Dra. María de la Luz Lima Malvido). Es, en todo caso, producto de la triste condición humana. Es un conjunto de casos aislados en los cuales, invariablemente, existe complicidad de algún varón, magnificados y pintados de un amarillo intenso.

 

Pero podrían ser paradigmáticos de un tobogán conductual inédito y específico digno de alarma, para procurar su freno, minimización o cancelación.

 

Que en el fondo de las cosas está una crisis de la familia y de la escuela mexicanas, se demuestra con el sólo hecho de reflexionar que todos esos actores se criaron y pasaron por nuestros hogares y aulas educativas. Por algo un experto propugna por la creación de una Secretaría de Reeducación Pública.

 

Bienvenidas, mujeres, a la praxis de  la lucha por el disfrute de los derechos que, por su naturaleza, han conquistado en la sociedad  y en el Estado.  Implica riesgos (como el que corro yo mismo de acusárseme de misoginia, por éste texto de buena fe; o el de la anorexia y bulimia, males que crecientemente padecen las Ejecutivas norteamericanas de éxito).

 

Bienvenidas, también, al pragmatismo del cumplimiento de sus deberes y responsabilidades que -sin abandonar su corresponsabilidad en el sagrado seno del hogar-, conllevan sus conductas, tareas  y puestos, en la sociedad civil y en la sociedad política.

 

Pero en su imprescindible nuevo lugar, ¡feminicen la pradera laboral! ¡No se masculinicen! ¡Apórtenos su innovación y creatividad!

 

 Es posible que la guerra por conquistar su espacio en la sociedad, las haya empujado a acopiar y utilizar el abigarrado arsenal de armas inventadas por los varones.

 

 No nos imiten. Con ello, no solamente destruyen su seno familiar, sino el hogar patrio. Persistan en transformar el mundo -sin rupturas, traumas ni desgarramientos estériles- con su natural dotación genética, ética y estética superior.

 

Maquiavelo fue varón (aun cuando Juan Jacobo Rousseau, su histórico, ético e ideológico  antagonista, también).

 

Todo, absolutamente todo lo anterior, no nos excluye, a los hombres ("…necios que acusáis a la mujer, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis...".)  de una urgente reforma interior y externa, que se traduzca en apreciar, valorar y respetar la compañía de la mujer. Como me afirmó una alumna: "No hay dama sin caballero, maestro."

 

Que a la sentencia El hombre es el lobo del hombre, no se le sume la de que La mujer es la loba de la mujer.

 

Las necesitamos femeninas.

 

Para seguir siendo, por siempre, esencialmente  mujeres.

 

Imagen

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