Colosio: los 23 años

Colosio: los 23 años

Bulmaro Pacheco

 

Luis Donaldo Colosio Murrieta, de vivir, hubiera cumplido 67 años el pasado febrero. En 1994 hubiera ganado por amplio margen la elección presidencial, dejando en segundo lugar a Diego Fernández de Cevallos y en tercero a Cuauhtémoc Cárdenas.

 

Estuviera cuajado y con la experiencia de haber gobernado México de 1994 al 2000. Hay muchas cosas que Colosio, de vivir, estaría haciendo ahora.

 

Seguiría con el recuento de sus acciones de gobierno. Tenía muchos proyectos antes de ser asesinado: Chiapas, la economía, la pobreza, el desarrollo social y la reforma política, entre otros.

 

No tengo la menor duda de que hubiera eliminado el IVA y a cambio hubiera trasladado un impuesto al consumo hacia los estados para financiar proyectos de desarrollo municipal, de seguridad pública y los programas  educativos. Se hubiera avanzado en la reforma del poder, la inclusión social y el desarrollo económico. Las instituciones de seguridad social hubieran experimentado importantes reformas estructurales para asegurar su viabilidad. Igual los sistemas pensionarios estatales que le preocupaban.

 

Se Hubiera dado un amplio desarrollo regional, una política de penetración hacia las zonas pobres y quizá la cuarta etapa del PRI; una etapa que lo obsesionaba y que dejó avanzada en su XIV Asamblea Nacional con grandes reformas. Él mismo afirmaba que si en 1929 hubo visionarios que crearon el PNR, en 1938 lo cambiaron a PRM y en 1946 formaron al PRI, no había razones para seguir posponiendo el cambio que con urgencia ya demandaba al partido, para fortalecer su viabilidad y dinamismo.

 

Con él, se hubiera fortalecido el pacto federal y los gobiernos estatales habrían experimentado un cambio radical en los mecanismos de control y vigilancia de los fondos federales destinados a programas de colaboración en las políticas concurrentes. Se hubiera distanciado gradualmente de las prácticas políticas viciadas y recurrentes ofensivas del sentido común y el prestigio de la política como herramienta  para conciliar y sumar.

 

No hubiera habido “error de diciembre” y seguramente la economía hubiera tratado a su gobierno sin las enormes complicaciones que generó dicho error durante todo 1995 y hasta hoy, cuando seguimos pagando las cuentas de los desbarajustes que se originaron por aquella decisión tardía de devaluar, en medio de las tensiones políticas del momento.

 

Tampoco, creo, hubieran fraguado el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, en septiembre de 1994. El guerrerense, a sus 71 años ahora, estuviera consolidado, ocupando el lugar que dejó vacante Don Jesús Reyes Heroles como ideólogo del PRI y el gobierno mexicano.

Ruiz Massieu, seguramente junto a Ernesto Zedillo, Fernando Ortiz Arana y Jaime Serra Puche, hubieran sido los finalistas para la sucesión presidencial de Colosio en 1999.

 

Carlos Salinas de Gortari quizá hubiera llegado a liderar la Organización Mundial de Comercio y no se hubiera dado la ruptura entre Colosio y el expresidente. Con toda seguridad, Guillermo Hopkins hubiera gobernado Sonora entre 1997 y el  2003.

 

Ni a principios ni a  finales del sexenio de Colosio, ni la economía ni la política mexicana hubieran llegado al nivel de complicación que experimentaron con las fuerzas políticas enfrentadas y en franca descomposición por causa de los asesinatos políticos. ¿Hubieran ganado las izquierdas la Ciudad de México en 1997? Quién sabe.

 

Colosio había registrado muy bien la tragedia política  del PRI en la capital del país y el Estado de México en 1988, cuando Cárdenas arrasó. También es cierto que el PRI con Colosio en el liderazgo, se repuso en 1991.

 

Ante esa situación, ni el PAN ni Vicente Fox hubieran ganado la elección del 2000, que se dio principalmente -no por el reclamo democrático que los panistas esgrimen- por los asesinatos políticos, la crisis económica, las rupturas en el PRI y con el ex presidente y la corrupción pública y privada exhibida en esos momentos de caos y tensiones políticas.

A casi 17 años de haber dejado el Poder, Colosio sería seguramente muy demandado para dar conferencias e impartir cursos sobre  sus experiencias de gobierno y la transición democrática de México, aquí y en el extranjero.

 

Estoy seguro de que ni por asomo hubiera salido rico de la Presidencia, y viviría con austeridad de la pensión otorgada a los ex presidentes, de algún negocio ganadero en Magdalena y en El Ocuca, de sus conferencias y de una que otra clase impartida en alguna institución educativa.

 

Habría escrito cuando menos unos cinco libros sobre México y sus problemas. Ahí seguramente, nos enteraría de las enormes dificultades para gobernar México y de las resistencias y oposiciones a los proyectos renovadores que él había encabezado en su proyecto de gobierno.

 

Pero Colosio no llegó al Poder; lo asesinaron antes. Su magnicidio, al igual que los de John y Robert Kennedy, Olof Palme, Rajiv Gandhi, Anwar Sadat, Isaac Rabin y otros en el mundo, ha quedado en el misterio y cada día se aleja más la posibilidad de que se sepa más del mismo, más allá de las razones de Mario Aburto, que encarcelado en la Ciudad de México como el autor material del mismo cumple una larga condena ante una opinión pública insatisfecha de sus razones y cansada de las explicaciones dadas sobre el caso, con dudas que permanecen en el aire: ¿Fue solo Aburto? ¿Hubo conjura? ¿Hubo resistencias en actores del entramado político mexicano para que Colosio no llegara al Poder?

 

La muerte de Colosio, junto a la de José Francisco Ruiz Massieu en 1994, sumió al país en una crisis moral y política de la que todavía no salimos.

 

Ellos, al igual que en su momento los hermanos Kennedy y Martín Luther King en los Estados Unidos, representaban ideales, proyectos de cambio y  aspiraciones concretas de la gente. Por eso la frustración, los lamentos y la demanda original de explicaciones y causas. Por eso la incredulidad y las diversas versiones acerca de las razones, los presuntos implicados en los asesinatos y la desaparición de importantes testigos.

 

Quien dude de que esos magnicidios cambiaron el curso de la historia tanto en México como en los Estados Unidos, deberá revisar los principales impactos sentidos -del antes y el después- en ambas naciones.

 

Allá, el surgimiento de los movimientos de protesta y pacifistas, la crisis por la guerra de Vietnam y la revuelta juvenil de 1968, la contracultura y la resistencia social, Watergate, los conflictos raciales y la lucha por la ampliación de los derechos civiles. (Vietnam y luego el Watergate dejaron a muchos americanos llenos de odio hacia el lenguaje ambiguo y anhelantes de franqueza y sinceridad).

 

Acá, la violencia y la descomposición política; la frustración colectiva por los llamados gobiernos del “cambio”, que solo reprodujeron la corrupción y las malas maneras en el ejercicio de la política que tanto combatieron; y las complicaciones en el sistema político, que obligaron a realizar cambios radicales tanto en 1994 como en 1996 y del 2012 en adelante; la independencia de los instrumentos electorales; la ampliación de la representación política en las Cámaras; la derrota del PRI en la Ciudad de México y la mayoría en la Cámara de Diputados en 1997; la participación de la Suprema Corte de Justicia en el arbitraje electoral, a través del TEPJF; y las alternancias en los gobiernos estatales (hasta hoy 27, desde 1989, cuando a Luis Donaldo Colosio le tocó enfrentar la primera derrota del PRI en una gubernatura (Baja California).Los asesinatos políticos de 1994 sumieron a México en una crisis de Confianza que todavía perdura.

 

¿A quién o a quiénes les convenía la desaparición de Colosio de la política mexicana? ¿A quién dañaron con el asesinato? ¿Quiénes ganaron y quiénes perdieron con su muerte? ¿Pensarían los autores del magnicidio las consecuencias para México de la desaparición de Colosio? ¿Habrán calculado los daños para cuando menos dos generaciones?

 

Señala Schlesinger: “El beneficiarse del viejo orden adopta formas mucho más serias que hacer dinero con él. Los intereses creados son variables. Pueden ser personales: dedicar una mente y una carrera en un sistema particular de creencias. Pueden ser institucionales: las ideas encarnadas en instituciones se vuelven especialmente difíciles de abandonar. Pueden ser sociales: La entrega a un sistema de creencias que protege el poder de un grupo o clase. Cualesquiera que sean sus formas, los intereses creados rechazan las líneas de pensamiento que son inquietantes para la personal disciplinaria institución o los arreglos de poder existentes”.

 

México ha perdido mucho en su historia con los asesinatos políticos. Perdió mucho con el asesinato de Madero, en 1913. Muchos años y mucha sangre para salir de aquella descarnada lucha por el poder.

 

Perdió mucho con el asesinato del presidente Carranza, el impulsor de la Constitución de 1917. Ahí se recrudecieron los conflictos derivados del relevo en el Poder presidencial que todavía en 1994 hicieron crisis.

 

También los asesinatos de Zapata, Villa, Serrano, Gómez, Diéguez, Belisario Domínguez, Carrillo Puerto, Salvador Alvarado, y tantos más, que generaron la sensación de que habíamos perdido el rumbo.

 

Se perdió mucho con el asesinato del presidente electo Álvaro Obregón, en julio de 1928. Las turbulencias del asesinato influyeron hasta 1936, incluida la rebelión renovadora de 1929 y el Maximato.

 

Y perdió mucho México también, con el asesinato de Colosio el 23 de marzo de 1994, apenas 23 años atrás, cuando suponíamos que ya no se iban a presentar eventos de violencia política y de relevos en el Poder. ¿Por qué lo suponíamos? porque pensábamos que habíamos superado lo que antes nos dividía y no nos dejaba avanzar, pero no, a decir de Octavio Paz, “la política como el reino de lo imprevisible, que pesimismo y optimismo son etiquetas y dicen poco. Que la democracia es una idea pero así mismo es una cultura y una práctica, un aprendizaje. Triunfa allí donde se convierte en costumbre y segunda naturaleza. Y una advertencia: la política es el teatro de los espejismos; solo la crítica puede preservarnos de sus nefastos y sangrientos hechizos”

 

Los efectos de aquél fatídico año todavía se sienten en México y ha sido mucho lo que nos han enseñado. Dice el historiador Timothy Snider que “La historia no se repite, pero enseña”. Cuánta razón.

 

bulmarop@gmail.com

 

 

 

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